lunes, 17 de marzo de 2008

FICTICIOS ARBOTANTES DE UNA CATEDRAL FURTIVA

(Onírica propuesta para la construcción de un laberinto)

¿Qué es el insomnio sino la obstinación
Maníaca de nuestra inteligencia en fabricar
Pensamientos, razonamientos, silogismos,
Y definiciones que le pertenezcan plenamente,
Qué es sino su negativa de abdicar a favor
De la divina estupidez de los ojos cerrados
O de la sabia locura de los ensueños?

MARGUERITE YOURCENAR, Memorias de Adriano.

Nosotros no inventamos nada, no creamos nada.
Todo está en todo. Nuestro microcosmos no es
Más que una partícula ínfima, animada, pensante,
Más o menos imperfecta, del macrocosmos. Lo que
Creemos descubrir por el solo esfuerzo de nuestra
Inteligencia existe ya en alguna parte. La fe nos
Hace presentir lo que es; la revelación nos da de ello
La prueba absoluta.

FULCANELLI, El misterio de las catedrales.

Pero un edificio gótico no es sólo un sistema
Dinámico en sí, sino que además moviliza al
Espectador y transforma el acto del disfrute
Del arte en un proceso que tiene una dirección
Determinada y un desarrollo gradual. Un edificio
De este tipo no se deja abarcar en ningún aspecto
De una sola ojeada, ni ofrece desde parte alguna
Una visión perfecta y satisfactoria que abarque
La estructura del conjunto, sino que obliga al
Espectador a cambiar de posición, y sólo en forma
De movimiento, de acto, de una reconstrucción,
Le permite hacerse una idea de la obra total.

ARNOLD HAUSER, Historia social del arte y la literatura.


¿Habrá posiblemente una delectación mayor que sucumbir con dulce tranquilidad ante la eflorescencia carnívora y noctámbula de todos esos mitos nuestros de la noche que prosperan cuando la oscuridad nos arrincona bajo la tibieza pura y noctívaga de nuestras sábanas? ¡Qué derroche de energías durante nuestras rutinas diarias para poder extinguirse después bajo los suspiros de ese cansancio que habrá de llevarnos ulteriormente al paraíso soñado de nuestras propias incertidumbres de la inconsciencia!; ¡y qué fatuo despilfarro de energías nocturnas para verle después expirar finalmente con el último sollozo de nuestros ensueños! Una cadavérica intimidad es lo que nos traen las ficciones del ensueño: es el polvo de nuestras propias carroñas mortuorias lo que contemplamos durante el espectáculo virtual de nuestros reposos soñados por el ángel de la muerte, pues sabemos los hombres morir de tanto en tanto cada vez que las cenizas de Morfeo acaparan la orbicularidad de nuestras pupilas para hacernos naufragar después en el océano etéreo de todos nuestros fantasmas; el frío de la noche se convierte entonces, a través de unas idílicas teogonías encubiertas de poesía bajo los mantos del delirio y las ficciones alucinadas, en el frío metafísico de nuestras propias intimidades con la muerte.

¿Podría acaso existir un arte de los fenómenos más puro y musical que la sombra oculta de todas esas cenizas fantasmagóricas que escanciamos en las noches sobre la tumba de los instantes a la mayor gloria del no ser? Tal vez el arte de mi sueño perfecto pudiese hallarlo sólo durmiendo en el principesco sepulcro de Hamlet, o quizá tan sólo pernoctando furtivo sobre los fríos adoquines de aquella calle solitaria donde Nerval se ahorcó, o acaso reposando mi ensueño eremita sobre las lozas impasibles del cementerio donde fue sepultada Marie Rogêt; posiblemente la mismísima tumba infame de todos esos poetas asesinados envidiosamente por la iniquidad recelosa de Nerón pudiera ser la única capaz de trasportarme cándidamente sobre las melifluas eufonías espectrales del fantasmagórico arte poético de las propias enjundias de mis onirismos más delirantes: ¿habéis podido alguna vez llegar a imaginar la infinita magnitud de la pureza que se alza sobre vuestras cabezas durante las crueles agonías del efímero decurso de una pesadilla?; ¿habéis podido en algún momento discernir la inabarcable complejidad que se extiende lironda por la penumbra de todos esos valles sombríos de la noche que se dibujan cuando soñáis con el preciso instante en el que se desarrollan los postreros sucesos de vuestra muerte irremediable? Quizás no hubiere de haber en toda la extensión del Cosmos nada tan inigualable como el hecho de poder transformarnos, a través del ensueño, de oscuras personificaciones rutinarias del intelecto soñadas por nuestra vanidosa voluntad de poder, en las confusas y ubicuas entelequias de las alucinadas fantasías del delirio soñadas por nuestra secreta vocación por el absurdo.

¿No sería entonces ésta secreta vocación por las paradojas nuestra mejor armadura para enfrentarnos a los fantasmas de todo ese horror que nos inspira clandestinamente el vertiginoso vacío de nuestra propia libertad? ¿No habría de ser en realidad el ejercicio de nuestros sueños la mejor fuente de inspiración para todas esas manías nuestras del entendimiento que después habremos de transformar los actos de nuestra vida despiertos?: quizá la mejor de nuestras poesías fenomenológicas pudiere surgir entonces de lo más recóndito de nuestras simbologías de pesadilla, o quizá de nuestros mayores oscurantismos líricos del gemido de nuestros sueños, para terminar convirtiéndose después, quizá, en algún suceso fallido de nuestra propia demencia libertaria que nuestra memoria ya no quiere abandonar. Ya no habríamos de seguir retrocediendo entonces ante el ejercicio de nuestras verdaderas posibilidades frente a la libertad del mundo, puesto que gracias a la poesía de nuestros sueños se habrían desvanecido a la sazón todas nuestras incertidumbres sobre la validez de todos nuestros actos. No obstante, no debemos perdernos en las falsas certidumbres de una fe ciega por la desenfrenada lírica caótica de nuestros propios poemas nocturnos; cuidado: aquello también podría terminar convirtiéndose en una prodigiosa trampa mortal de incalculables proporciones; recordadlo siempre: en todos los rincones milagrosos de vuestra propia libertad, habrían de encontrarse acechando también la locura y la muerte.

Concebid entonces el mapa de vuestros propios ensueños a la manera de una descomunal catedral gótica en la que acaso pudierais llegar a perderos si desconocierais las insólitas simbologías del laberinto de sus arquitecturas: tendréis entonces una furtiva rapsodia arquitectónica para eludir a la muerte mientras buscáis la luz en vuestras propias incertidumbres. Pero para la mejor estructuración de esta catedral deberéis proyectar primeramente en vuestros interiores noctámbulos el furtivo rompecabezas laberíntico sobre el que habréis de levantar después las bóvedas de crucería que os protegerán entonces de la inefable oscuridad de vuestras propias sombras: habréis de sublimar pues para tal menester todos vuestros fantasmas convirtiéndolos en la enigmática construcción de un laberinto, el laberinto de todos vuestros delirios y todos vuestros deseos truncados por el Tiempo dibujado ahora sobre el suelo a la bizantina manera de un mosaico de cerámicas esmaltadas. Luego habrá de ser necesario que pongáis especial atención a vuestras propias tinieblas, tinieblas estas con las que posteriormente habréis de formular los cristalinos decorados de las vidrieras. Acaso pudiera ser que quisiereis que vuestros vitrales llegasen a expresar para vosotros tan sólo el dulce hálito de los sueños más tibios y confortables; pero, creedme, es mejor que tampoco perdáis nunca de vista las oscuridades más inefables y recónditas de vuestros espíritus, porque de lo contrario sólo habríais de terminar mintiéndoos mientras os regocijáis en vano por vuestros efímeros logros y vuestras mediocres felicidades. Dejad la tibieza exclusivamente para la cromática concordia del colorido de los cristales y para el mosaico que habrá de dibujar el cerámico dédalo abstracto de los suelos, para de esta manera poder permitiros diseñar vuestras imágenes sin ningún tipo de escrúpulos o de falsas certidumbres: limitaros a ser para poder concebirlas sin ningún espécimen de ataduras, mientras vuestro intelecto sólo duerme en el sueño de los demiurgos y vuestra imaginación delira entonces en el sueño de los poetas.

Deberéis recordar, sin embargo, que los arcos ojivales que habrán de sostener las fuerzas que mantendrán alzadas las bóvedas de todo el edificio se encuentran apuntando siempre hacia las insondables alturas del infinito, y que asimismo constituyen ellas el agraciado símbolo de nuestros impulsos por disolvernos en las inmensidades inabarcables de los cielos; por lo tanto, vuestras imágenes oníricas habrán de adolecer de un cierto equilibrio que os permita conjugar en el laberíntico palacio de vuestras quimeras más paganas, absolutamente todas las infamias y todas las imprecaciones de las que habríais sido capaces en vuestras vidas despiertos junto con absolutamente todos vuestros actos notables y todos vuestros recuerdos inofensivos. Y por supuesto, no habrá nunca de ser necesario que vuestras imágenes reposen solamente en los cromáticos rompecabezas de las vidrieras; desde luego podríais también, además, embellecer los capiteles de las columnas fasciculadas que sostienen los arcos ojivales con hermosas alegorías de vuestras tinieblas más espectrales, así como también con preciosas alegorías de vuestras felicidades más eufónicas. Podréis asimismo acomodar donde os plazca (quizá bajo la luminosa presencia de las vidrieras) las diversas evocaciones escultóricas de vuestras propias alquimias de la existencia o de vuestras propias ficciones de la noche; podéis también pensar en tallar sublimes frisos para los arquitrabes, frisos estos llenos de magnificentes altorrelieves esculpidos sobre la inmortalidad de los mármoles de todas vuestras memorias, altorrelieves estos que quizá debieren de expresar para vosotros los iconos de todas esas parábolas que formuláis para justificar vuestros disfraces de la vida despiertos. De la misma manera, deberéis también conspirar una metonímica simbología para la ficción de las imágenes notables sobre la alquimia de vuestras pasiones, imágenes estas que habrán de decorar los tímpanos del pórtico y los estilóbatos de sus contrafuertes; así también deberéis conspirar una simbología obrada a base de sinécdoques para las agraciadas imágenes del coro y el deambulatorio, imágenes estas que podrían versar sobre la furtiva concepción onírica de vuestro propio Apocalipsis, esto es, la amarga corazonada de vuestra propia muerte; y finalmente, deberéis imaginar una simbología de metáforas para decorar icónicamente las circunvoluciones radiales del ábside, en las cuales habréis de verter el espíritu de todo lo que esperáis encontrar cuando busquéis vuestra propia libertad verdadera.

Ahora bien, el dédalo fraguado por el mosaico de cerámica esmaltada deberá entonces constituir para vosotros la proyección cartográfica que habrá de serviros como modelo para la proyección arquitectónica de todo el laberinto de vuestro edificio; primeramente, deberéis saber que por razones de un mejor desarrollo simbólico de las arquitecturas de vuestra catedral, habrá de ser necesario que imaginéis el espacio del laberinto, ya no contenido dentro de una cruz latina, sino quizás al interior del dominio de un cuadrado de cuyas cuatro fronteras habrán de desprenderse las cuatro semicircunferencias correspondientes a los medios mandalas que proyecta el hemiciclo de los coros y sus respectivos deambulatorios y ábsides, formando entonces el simétrico crisol de una cruz trebolada de pétalos innumerables; imaginad además que las ojivas del pórtico habrán de alzarse en el ábside occidental, para que pueda este ser iluminado por los rayos del sol crepuscular, exactamente de la misma manera en que el lugar de la principal vidriera oriental, donde deberéis ubicar después el sitio del presbiterio de vuestro santuario, habrá de recibir toda la luz del sol temprano luego de haber sido profetizado por los rosáceos dedos de la aurora: saldréis entonces de las tinieblas entrando por el Occidente para refugiaros en la luz encaminándoos hacia el Oriente. De esta manera deberéis continuar por imaginar que los infaltables y eflorescentes rosetones de vitral habrán de decorar la principal de las capillas radiales de los cuatro ábsides, y desde luego, el mayor de todos estos rosetones habrá de acicalar el pórtico con el cromatismo cristalino de sus matizadas luces; en los demás absidiolos podréis regocijaros en acomodar la entera completitud de las vidrieras en la cantidad que más os plazca, pero teniendo siempre la prudente precaución de agruparlas en unos muy pitagóricos conjuntos de tres.

Los rosetones habrán, quizá, de proyectar para vosotros el símbolo geométrico de una flor estrellada de color rojo cuyo corazón deberá adolecer de seis pétalos, para multiplicarse después, en una circunferencia concéntrica exterior a este mismo corazón, en otra de dieciséis; esta flor acaso habrá de representar para vosotros el emblema mismo de la divinidad del fuego sagrado del sol, la estrella luminosa por excelencia; la sempiterna sacralizad de este fuego sagrado habrá de protegeros milimétricamente durante todas vuestras locuras del día, para después descender y venir posteriormente a reposar luminosamente en los latidos de vuestros corazones mientras soñáis, como los demiurgos, con las metafísicas líricas infinitesimales que habrán de dibujar entonces todos vuestros laberintos de la noche. Tendremos entonces que el mapa trazado por el dédalo cerámico del suelo habrá de serviros en aquel momento para proyectar la distribución de todas esas pesadillas de vuestra existencia, pesadillas estas que habréis de verter entonces entre las arcadas ojivales y los trifolios del interior, poderosamente sostenidas estas por la tensegridad de unas vigorosas columnas fasciculadas; aquellas arcadas luminosamente enérgicas habrán asimismo de sostener las innumerables claves de las nervaduras cruzadas de las bóvedas que protegerán la entera completitud del dominio cuadrado de aquel espacio que habréis vosotros de recorrer después, siguiendo entonces los senderos demarcados por el laberinto circular que debisteis haber dibujado primeramente mediante vuestro mosaico de cerámica, utilizando para tal menester los colores negro, blanco, amarillo, rojo y azul; naturalmente, en el centro de este laberinto circular habréis de diseñar la mayor de vuestras imágenes simbólicas, esto es, una que represente para vosotros la finalidad última de vuestra propia Gran Obra, es decir, el sentido mismo de vuestras propias existencias. No obstante, los senderos de vuestro dédalo no solamente habrán de desembocar en el centro de este arcano, sino que deberán también, además, poder conduciros después hacia las místicas evocaciones narrativas emplazadas en los ábsides y en los deambulatorios; para tal menester, podéis ahora imaginar que a cada una de las piezuelas de este mosáico habrá de corresponderle, a la sazón, la imagen de alguno de todos vuestros pensamientos y la de alguno de todos vuestros sueños: por tanto, para poder acceder a las imágenes reveladoras de cada uno de los ábsides de los cuatro deambulatorios y, principalmente, a las revelaciones del presbiterio de vuestro santuario, habréis de tener que recorrer vuestro laberinto como quien se ejercita disciplinadamente en el adiestramiento de sus técnicas de exégesis hermenéutica: “¡Cuántas maravillas, cuantas cosas insospechadas no descubriríamos si supiésemos disecar las palabras, quebrar su corteza y liberar su espíritu, la divina luz que encierran!” [1]. Entonces deberéis tener en cuenta que las imágenes narrativas que habréis de tallar en los capiteles de las columnas del interior tendrían que arrojaros alguna luz para la mejor dilucidación de vuestro laberinto, así como también deberéis proyectar con prudente cautela las imágenes de las vidrieras que os iluminarán en vuestros sueños.

Cada uno de los absidiolos del hemiciclo habrá entonces de hallarse separado de los demás por medio de la tensegridad arquitectónica de unos robustos contrafuertes, contrafuertes estos que tal vez podrían ir culminados por la valentía vertical de un pináculo que habréis de embellecer con el florón flamígero que simbolice la flor que más os guste, y que habrá de representar para vosotros el lirio dormido de todos vuestros deseos. Podríais llegar a decorar bellamente cada contrafuerte con la inclusión de un pequeño trifolio engalanado con un emblemático tríptico de vitral, donde quizá pudiereis representar alegorías de vuestras propias concepciones metafísicas sobre el envejecimiento y los movimientos temporales del Universo. En la parte exterior de los contrafuertes, y justo debajo de los trifolios de vitral, podríais tal vez acomodar las gárgolas del desagüe por donde habrán de circular las aguas diferidas de vuestras sombras, y que depositaréis después en el acueducto de los laberínticos espacios de una anular cripta subterránea, el sitio donde habrán de dormir después todos vuestros secretos más oscuros para rendir a continuación el posterior culto a vuestros fantasmas, auspiciado quizás por una bella imagen obrada en bronce a la maternal y universal diosa Isis, cuya esplendente inagotabilidad de sus senos y radiante luminosidad de sus ojos podrá acaso ayudaros en el mejor ejercicio de la resurrección de vuestros propios misterios olvidados; ahora bien, posiblemente habréis de desear la utilización de una figura mitológica para aquel menester del desagüe: para ello podría quizás resultar inmejorable que llegaseis a esculpir esfinges en la firme roca de unos agraciados bloques de granito negro, esfinges estas que habrían de remitiros entonces al mito de Edipo y su arcana relación con los enigmas. Y, por último, desprendiéndose entonces de los contrafuertes, una sucesiva secuencia de arbotantes habrá de socorreros en el sostenimiento de todas esas ojivas que se alcen después como el sustento exterior de las paredes que soportarán las altas bóvedas de crucería; podría llegar a ser simbólica y arquitectónicamente significativo y conveniente que a cada contrafuerte le correspondiese un juego de tres arbotantes, arbotantes que acaso pudieren ir engalanados con la presencia de triglifos y de escultóricas metopas sobre vuestras mitologías de la vida cotidiana.

En último lugar, habrá entonces de ser necesario en este punto repetir nuestros comentario de que se debe poner mucha atención en el tipo de imágenes que se utilicen para proyectar las vidrieras con las que habréis de aderezar las ojivas y los trifolios de las paredes sostenidas por vuestros ficticios arbotantes de melancólicas alucinaciones nocturnas; recordadlo siempre: deberán ser estas unas imágenes que conjuguen en el rompecabezas de sus cristales lo más pagano de todas vuestras tinieblas con lo más luminoso de todas vuestras felicidades. Finalmente, cuando hayáis completado entonces las labores arquitectónicas en la construcción de vuestra propia catedral onírica, a la sazón tendréis suficiente tiempo para abordar después todas sus simbologías en la búsqueda del conocimiento pleno de vosotros mismos y de la verdadera naturaleza de todas vuestras acciones en la vida despiertos, para de esta manera llegar a continuación a acceder al indudable conocimiento de la auténtica libertad, un conocimiento que habrá de enseñaros a no retroceder y a no excederse nunca, en ninguno de todos esos pliegues del Tiempo que modelan segundo a segundo cada uno de los rincones del orbe mientras se agitan ellos epilépticamente durante el convulsivo decurso de su existencia, ante el ejercicio de la verdadera independencia. En aquel momento sólo habrá de ser necesario aprender a no extraviarse bajo las nervaduras cruzadas de vuestras propias bóvedas, mientras descubrís por vosotros mismos la significación de todos vuestros símbolos cuando os halléis buscando la manera de no extraviaros en los verdaderos senderos de la libertad.

Marzo 9 de 2005, 2: 44 a. m.

[1] FULCANELLI, El misterio de las catedrales, III, p. 53, editorial AMÉRICA IBÉRICA S. A., 1994.

EL DESPOSEÍDO


(Onírico retrato de una pesadilla cotidiana)

El sueño no es comparable a los sonidos irregulares
Producidos por un instrumento musical bajo el ciego
Impulso de una fuerza exterior y no de la mano del músico.
No es desatinado ni absurdo, ni presupone que una parte
De nuestro acervo de representaciones duerme, en tanto
Que otra comienza a despertar. Es un acabado fenómeno
Psíquico, y precisamente una realización de deseos;
Debe ser incluido en el conjunto de los actos comprensibles
De nuestra vida despierta, y constituye el resultado de
Una actividad intelectual altamente compleja.

SIGMUND FREUD, La interpretación de los sueños, IV.


Mientras los árboles estiran sus ramas hacia el cielo, la niebla me impide ahora ver más allá de unos cuantos pasos, y sin embargo, puedo saber que el camino se encuentra todavía allí. Me pregunto entonces con ingenua inocencia, ¿hacia dónde llevará este camino? Sólo caminamos y caminamos cargando estos pesados trastos sobre nuestros hombros de mujeres y hombres pobres, completamente olvidados de Dios y del Mundo. Sí, así es, puedo saber que están ahí el serpenteante camino, la espesa ceniza volcánica oculta bajo la niebla y el interminable llanto de los niños que ya no soportan más el frío y el cansancio. Miro hacia atrás y veo entre la niebla como se acercan sus cuerpecitos cargados de trastos, avanzando con sus pacitos llenos de melancolía. Sus madres, en silencio, se van desvaneciendo lentamente mientras se alejan entre la bruma. Sí, lo recuerdo bien; era una bruma como esta la que se alzaba aquella noche entre las paredes de nuestras casuchas de la invasión cuando decidimos tomarnos la parte trasera del volcán: un sitio de nadie y sin nada, el perfecto agujero para nuestro destino errante y miserable. Sí; lo recuerdo con detalle: los vecinos del viejo barrio no se cansaban de repetirme en aquella última reunión nuestra que no había ninguna otra opción para gente nosotros. Que Dios me perdone pero no podía yo lograr evitar el hecho de que sus palabras me sonasen completamente huecas, mientras que tampoco podía impedir el flujo intranquilo de mis pensamientos, así como tampoco podía sobreponerme a la idea de otro destierro, otra derrota para los que no tenemos nada: todo ha sido para nosotros cárcel y exilio.

Es verdad que habíamos principiado a tener problemas con los servicios: ya no teníamos luz y el agua comenzaba a escasear en todos nuestros aljibes; los camiones del gas ya no venían hasta la invasión y teníamos que traer los cilindros alquilando mulas de carga. Y por supuesto estaba también el problema de la Guardia; la Guardia ya se había tomado la molestia de habernos anunciado el desalojo conminándonos con su autoridad y sus uniformes a que irremediablemente tendríamos nosotros que irnos, “aunque tan sólo fuese para evitar una masacre”.

¿Cómo olvidarlo?, la habitación aquella donde habíamos intentado realizar pacíficamente la última reunión apestaba como si se tratase del matadero municipal de este pueblo de mierda, y el frío se colaba entonces por todas partes, penetrando en la habitación por todos los resquicios de sus latas oxidadas y de su madera podrida; es cierto que aquella virulenta irritación que no podía dejar de sentir me impedía percibirlo; ¿pero que otra cosa podía hacer mi cuerpo sino irradiar el calor de su propia desesperación? Y por supuesto, allí se encontraba el hombre de la valija y el traje gris delante de nosotros, explicándonos su negocio: el muy desgraciado nos había vendido como mano de obra barata para las minas a cambio de unos pedestres lotes en donde según él, podríamos edificar de nuevo nuestro barrio. Y ahí estaba aquel hombre, delante de nuestros pobres intelectos, disculpando ante nosotros su traición infame, alegando haber conseguido el pan para los nuestros: pobre infeliz; como buen burócrata sabía bien como utilizar su poder. En cierto momento él me observa y yo entonces lo observo, y en aquel momento logro discernir en su rostro todas las falacias de su espíritu; después él desvía la mirada hacia ninguna parte y levanta las cejas con ese ademán de falsa compasión que estilan todos los hipócritas. Sin embargo, sus palabras no podían llegar a ser más ciertas: si no aceptábamos el negocio, de otra manera seríamos desalojados y condenados a mendigar con nuestros hijos en las calles; pero si aceptábamos, pensaba yo en aquel instante, tendríamos que resignarnos a la idea de morir pesadamente en las profundidades arañando el subsuelo.

Es verdad: siento entonces ganas de atacarle, de masacrarle y de torturarle hasta la muerte; pero, desde luego que no sería posible, pues el muy cobarde ha venido fuertemente acompañado por dos centinelas de la Guardia que lo escoltan con sus armas y un juez que lo protege con sus decretos pacientemente firmados por nuestros verdugos; a decir verdad, dañarle sólo empeoraría las cosas. Y es en ese momento cuando todo en mi interior se revuelve: el bullicio, el mal olor, los sentimientos de dolor y de impotencia que ahora me están corroyendo el alma. Me retiro entonces a la habitación contigua donde me esperan. Entro y cierro la puerta silenciosamente tras de mí. Voy a sentarme pacientemente en un rincón y me cubro el rostro con las manos rasguñándome las mejillas mientras comienzo a llorar con profunda desesperanza: incluso Dios también se da el lujo de abandonar a sus pobres… Uno de los vecinos se me acerca con timidez para después sentarse a mi lado. Hablamos sobre lo que nos espera, las largas jornadas dentro de las minas, los hijos mayores arañando el subsuelo y los pequeños muriéndose de hambre, algunas mujeres con suerte lavando ropa sucia en la casa de los patronos. Todo me parece como el mismo doloroso infierno de siempre: créanme; no hay para los hombres un infierno tan pesado y punzante como su más viejo infierno. De repente un fuerte estrépito rompe con el monótono silencio de la calle. Nos levantamos con terror y nos conducimos hacia fuera para salir a mirar lo que ahora sucede en nuestras calles. Afuera todo se confunde: los gritos, los golpes, sombras que giran y se chocan, disparos. Pregunto a un vecino por lo que sucede ahora y me dice que otro de los vecinos acaba de matar al hombre de la valija y el traje gris. Entonces, todo para nosotros se torna confuso y se deshace ahora en la niebla, o mejor debería decir, en la tiniebla…

Ha oscurecido pronto y los demás me han dejado atrás. Miro hacia delante y veo sus sombras alejarse entre la noche. Trato de correr para intentar darles alcance, pero el abominable peso de mi carga me hace tropezar y me tira al suelo casi aplastándome. Siento entonces ahora la elemental tierra del mundo comprimiéndose contra mi cuerpo. Trato inútilmente de incorporarme, una y otra vez, pero me es imposible ahora: estoy verdaderamente exhausto y hambriento. Intento vanamente de arrastrarme como una lombriz, pero mis brazos me duelen y entonces sólo me queda gritar y esperar. Ahora ellos vienen, vienen en mi ayuda. Cierro los ojos mientras aguardo y otra vez me encuentro en aquella noche tan fatídica y amarga para nosotros. En las calles ahora todo resulta ser nada más que confusión, una confusión eterna e inabarcable. Los centinelas han dado ya aviso por radio de la muerte de su escoltado, el negociante y traidor hombre de la valija. Ahora la Guardia está ya en la invasión, han venido por nosotros. Así es; lo tengo muy presente en la memoria: en la mañana siguiente, descubrimos en medio de la sangre y de la carne destazada que la noche se ha llevado ya a la mitad de los nuestros diezmados por las balas de la Guardia, y sólo hemos quedado con vida quienes vivíamos más lejos, en medio de los bosques. Ya no nos queda nada, ni ranchos, ni barrio, ni esperanzas; ahora sólo nos quedan el volcán o los pedestres lotes de la mina.

Despierto cerca del fuego; me dicen ahora que ya hemos llegado. Es verdad: el fuerte olor a azufre nos irrita la respiración. Y es precisamente aquí donde vamos a quedarnos, justo entre la nada y el mismísimo infierno. A mi alrededor puedo ver que las cenizas se extienden hasta donde alcanza la vista. Y a lo lejos, a lo lejos veo la Luna, redonda y pálida, como una remota esperanza al final de este oscuro túnel.


*****

Ya no había más verdes esperanzas para nadie. Las casuchas del barrio del volcán se erguían valientemente en medio de la niebla espesa que se alzaba sobre las cenizas, irguiéndose ellas con infinitas ganas se seguir permaneciendo de cara al sol, como si estuviesen tratando de pertenecer a un universo que se negaba a incluirlas en toda la vastedad de su inabarcable dilatación. Y es verdad que estas pobres gentes, los desposeídos, nunca hubieron de llegar a ser parte de la realidad imaginada por el estado oficial, siendo ellas consideradas nada más que de manera simple y meramente estadística bajo el nombre de la marginalidad, hombres y mujeres sin importancia. Infortunada y lamentablemente para ellos, estas gentes solían ser consideradas estrictamente como una gran masa de mano de obra barata que podía ser adquirida en cualquier calle, como si fuesen ellas meras masas de contrabando o como si fuesen, quizás, bultos y arrobas de trebejos reciclables o inútiles. Y hubo de ser aquello, precisamente aquello, mis queridos amigos lectores, lo que habría de haberles sucedido la extraña e inverosímil noche de las vísperas de su desalojo. El hombre de la valija y traje gris se había tomado la perentoria molestia de haber negociado con los patrones el futuro de todo ese barrio enorme de invasión, adquiriendo aquéllos toda su fuerza de trabajo, de hombres, mujeres y niños, a cambio de unos pedestres lotes que pertenecían a las minas y en donde supuestamente tendrían que vivir los desposeídos para, desde luego, trabajar en ellas hasta la muerte.

Naturalmente, esto hubo de ser posible lamentablemente gracias a que estas pobres y marginadas personas no poseían ningún tipo de educación o de cultura que acaso les hubiere de haber permitido la mera posibilidad de defenderse de los continuos abusos de los patrones. Y ahora, luego de haber sido masacrados por la Guardia como cobarde y virulenta represalia por el asesinato del hombre de la valija, se habían visto ellos irremediablemente obligados a invadir los escarpados terrenos de las laderas de la parte trasera del volcán, un lugar al que algunos bien llamaban las faldas del infierno. Un cruento y desalmado desalojo se les había anunciado con anticipación: los terrenos sobre los que hubieron ellos de haber levantado su antiguo barrio habían comenzado ahora a ser reclamados por una preclara familia de burgueses, quienes tenían en su poder los pergaminos documentales que demostraban ineluctablemente su propiedad de los amplios y escarpados terrenos sobre los que ahora se había alzado la invasión. Imaginad entonces, amigos lectores, que con la mayor de las naturalidades hubo de ser esta una reclamación vehemente, y puesto que aquella familia tenía importantes y muy estratégicos contactos dentro del gabinete ministerial, el estado hubo entonces de acelerar aquel proceso de devolución prometiendo a los burgueses su entrega inmediata. Ahora bien, la mudanza de todo un barrio hacia el sitio del volcán hubo de ser entonces de lo más terriblemente difícil: sólo algunas pocas familias tenían dinero suficiente como para alquilar un furgón en el cual pudiesen llevar sus desvencijados trastos; otras pudieron solamente alquilar un par de mulas de carga, mientras que a la gran mayoría le hubo de ser necesario cargar con el peso de todas sus cosas sobre los hombros hasta el término mismo del volcán.

El nuevo barrio se había alzado entonces con una prolija profusión de pobres y miserables casitas endebles obradas en madera, cartón y tejas de zinc; si bien todos tenían ahora un lugar donde pasar los fríos de la noche, la gelidez del invierno y las repentinas lluvias de ceniza volcánica, sólo unos cuantos habían logrado mantener su trabajo, y, desde luego, era ahora el hambre lo que se hallaba asolando a las humildes gentes del barrio. Deberemos anotar nosotros aquí que, curiosamente, la gran mayoría de los hombres sabían desempeñarse con habilidad y presteza en el muy conocido oficio de la mampostería, oficio este que habría de hacerlos útiles para las labores de construcción. No obstante, desde hacía largos meses no se había construido nada en el pueblo, y, para las discontinuas y poco consuetudinarias reparaciones locativas la gente del municipio había preferido siempre a los viejos albañiles que habitaban en el centro, debido esto a que eran conocidos por todos bajo el epíteto estatutario de maestros, y desde luego también a que estos abuelos resultaban siempre ser, con mucho, más baratos que los jóvenes albañiles de la invasión, quienes por supuesto no habrían de estar solos y que seguramente habrían de estar haciendo un gran esfuerzo para poder llegar a alimentar a sus familias, y por lo tanto, necesariamente tendrían ellos que resultar más costosos que los maestros solterones del pueblo; pero, al mismo tiempo, la prejuiciosa gente del municipio desconfiaba además de los albañiles jóvenes considerándolos nada más que unos pobres chapuceros de la espátula y la plomada, completamente desconocedores ellos de la manera antigua de trabajar, tan rica en detalles y en finas maneras de acabar.

Y aunque si bien algunas mujeres con algo de suerte habían conseguido humildes plazas trabajando como lavanderas de ropa sucia o como mucamas en las lujosas y confortables casas de las familias acomodadas del poblado, la mayoría de las familias de la sumisa invasión del volcán estaba padeciendo hambre: dormir se había vuelto la única cura inmediata y posible para poder dejar de sentirla; mas sin embargo, en el irremediable momento del despertar, la vida habría de convertirse nuevamente para ellos en un infierno mientras que la angustia y la desesperación comenzaban a adueñarse rápidamente de quienes lentamente habrían de ir despertando en aquellos desconsoladores instantes.

José Raquel Atehortúa, el hombre aquel que se había desmayado justo en el día de la mudanza porque la debilidad que le habría de haber producido el hambre le había impedido seguir soportando la pesada obligación de su cargamento de sus trastos y demás baratijas del hogar, era uno de aquellos hombres que conocía el oficio de la albañilería y que se encontraba sin la manera de alimentar a sus hijas. Varias veces había pensado José Raquel en irse a trabajar a las minas a cambio de no ver más a sus hijas morirse de hambre. Muchos habían sido los aventureros del antiguo barrio que se habían aventurado rumbo a las minas en busca de un mejor y más cómodo futuro para sus familias; pero, hasta el momento ninguno de aquellos valientes viajeros había regresado, y lo más extraño, ninguno de ellos había siquiera enviado algo de dinero. Por lo demás, aunque todo el mundo hablaba de las minas sin haberlas visto nunca, su imagen habría de ser siempre algo habitual en las cabezas de muchos de los hombres del nuevo barrio del volcán, y que a semejanza de José Raquel, se hallaban barajando ellos la posibilidad de irse a trabajar en sus recónditas profundidades. Naturalmente, resultaba algo azarosamente peligroso irse a trabajar en las minas: acaso podría uno llegar a morir en un derrumbe, o llegar a morir quizás en una explosión de grisú, o tal vez venir a morir asfixiado, o probablemente podría uno terminar muriendo envenenado por el gas. Adempero, las minas comportaban una posibilidad real de superación que les estaba siendo completa e injustamente negada en el pueblo.

Cuando, en una mañana, cierto imprevisto y tormentoso temporal hubo de haber arrojado por el suelo a la mayoría de aquellas miserables casas de madera y techos de zinc, José Raquel habría entonces de haber tomado la firme decisión de viajar después hasta las minas con tal de no seguir viendo a sus hijas morirse de hambre ni padecer más penurias en esa miserable casa de madera que se venía abajo con el menor ventarrón. Luego de reconstruir su rancho con los pobres desperdicios de las fábricas del pueblo -madera podrida, manido cartón y latas oxidadas-, José Raquel hubo entonces de tomar firme la decisión de irse a las minas para trabajar en ellas como un esclavo. Dejó entonces sus hijas al cuidado de su comadre Flor María para después emprender su periplo en busca de aquellos yacimientos jamás vistos por él con anterioridad. Luego de haber descendido José Raquel por la inclinadísima y escarpada ladera, hubo de darse después a la tarea de atravesar el extenso valle que separaba al temible y subrepticio volcán de las pintorescas y acaso folclóricas arquitecturas del casco urbano del pueblo, siendo acompañado él casi en la totalidad del recorrido por una niebla impenitente y unas impredecibles lluvias de cenizas. Estando ahora sobre la pequeña estepa del vallecito aquel, debería entonces caminar primero hasta el pueblo y, después de haberlo atravesado en su íntegra completitud, debería entonces tomar la ruta hacia el occidente y caminar por ella en línea recta hasta toparse finalmente con la primera de aquellas minas. Lo siguiente que debería hacer después de haber conseguido arribar hasta los primeros túneles habría de ser entonces instalarse en algún hostal bien económico para después dedicarse al ejercicio de comenzar a buscar trabajo en alguna de aquellas cavernas.

Pensó pues José Raquel durante aquellos fríos y reflexivos instantes que, con toda seguridad, quizás no hubiere esta labor de resultar tan difícil, puesto que, si todo lo que sus conocidos le habían comentado de aquellos sitios comportaba una certeza, lógicamente los capataces e ingenieros de aquellas minas habrían entonces de estar urgidos de trabajadores, y, apenas al aparecer José Raquel por allí, los patrones seguramente habrían de delegarle al forastero alguna función dentro del subsuelo. Después, al estar instalado él y encontrándose además usufructuando el fruto de su trabajo, debería entonces mandar por sus hijas y vivir con ellas en alguna pensión mientras construían su casa en el lote que, por razones del contrato formado con el hombre del traje gris, habría de corresponderles legal e ineluctablemente. Con proverbial seguridad su casa habría de ser primeramente de lata, naturalmente; pero, como el humilde trabajador asalariado que era y mediante las prestaciones a las que habría de tener derecho si se afiliaba al sindicato, percibiendo mensualmente de esta manera su sueldo fijo podría él ir transformándola con lenta y esforzada paciencia en una de concreto y ladrillo en la cual vivirían, eso sí, con digna humildad pero mucho más cómodamente. Mientras caminaba, entretúvose José Raquel pensando ahora en la enigmática y misteriosa desaparición de todos aquellos aventureros que habían viajado antes que él al desconocido sitio de las minas: no solamente ninguno había regresado de su ambicioso periplo sino que, además, ni siquiera habían dado ellos alguna mínima señal de vida. Según sus conocimientos, ninguno hubo nunca de haber enviado dinero a su familia, ninguno hubo de usar el teléfono o hubo siquiera de escribir alguna carta: su suerte era en realidad un completo e incómodo misterio.

Imaginose entonces José Raquel que tal vez los arduos y consuetudinarios trabajos en aquellas minas acaso pudieren resultar ser mortales, y que quizás aquellos aventureros de su barrio habían perecido triste y miserablemente en el subsuelo, sufriendo ellos, tal vez, un continuo infierno de inenarrables atrocidades interminables. No obstante, aquella conjetura suya no explicaba para nada el asunto ese del por qué no hubieron ellos de haber enviado dinero a sus familias, puesto que, sin embargo, muy a pesar de sus sufrimientos habrían de haber logrado sobrevivir durante algunas semanas, meses quizá, antes de haber llegado a perecer en las minas. Ahora bien, como nadie había visto nunca aquellos lugares, José Raquel imaginó entonces que probablemente los temerarios aventureros de su barrio quizá no las hubieren de haber encontrado nunca, y que seguramente la inaudita vergüenza de no haberlas podido hallar les impedía naturalmente comunicarse con sus familias. Imaginó también que quizá la vida en aquellas minas no fuese en realidad tan dura, y que tal vez los aventureros habrían logrado amañarse allí y que plausiblemente habían ellos iniciado vidas nuevas al lado de otras mujeres, fundando segundas y prosperas familias. Inmediatamente hubo nuestro protagonista de desechar esta posibilidad porque el hecho de olvidar a sus familias para fundar otras resultaba para él mucho más inhumano que abandonarlas para irse a trabajar en las minas, y esto no podía caber en la cabeza de un hombre como José Raquel, un hombre humilde que se había caracterizado siempre por su manera conservadora e ingenua de ver la vida.

Se encontraba él en estas divagaciones cuando hubo por fin de arribar al centro del pueblo. Su comadre Flor María, que trabajaba en el mismísimo pueblo lavando ropa sucia, le había dado unos cuantos pesos para que pudiera mantenerse durante un breve tiempo mientras se organizaba y conseguía alguna plaza trabajando en las minas; así que entonces decidió él entrar en una de las tiendas del centro que estaban abiertas para después sentarse en la barra y pedir un aguardiente: había pensado José Raquel que tal vez pudiere ser bueno desinhibirse un poco y conversar con la gente del pueblo antes de abandonarlo. Luego de haber apurado él los dos primeros aguardientes, hubo de sentirse lo suficientemente desinhibido como para poder entablar conversación con un anciano enjuto y misterioso que se encontraba en esos momentos bebiendo en la barra pequeños sorbos de su botella de brandy barato casi desocupada. La conversación hubo entonces de girar, previsiblemente, sobre el ineludible tema de las minas: el pobre de José Raquel no pudo resistirse las ganas de preguntar por el misterio de aquellos hombres desaparecidos allí.

-Las putas- hubo de contestarle el anciano con una autoridad que parecía casi milenaria-. Dicen los que saben que allá son ellas las mejores y que lo hacen como la mismísima vida soñada de los ángeles, pero que lamentablemente terminan eliminando a todos con sus venéreas malparidas.

Hubo de pensar entonces José Raquel indudablemente que este decrépito y acaso senil hombre anciano no podía estar más que equivocado y trató en aquel momento, vanamente, de refutar su tesis de remolienda afirmando que resultaba imposible imaginar a todo un ejército de hombres acorralados por las prostitutas, y que todos, sin excepción, hubieren de haber muerto atropellados por una venérea. Y desde luego, despreciando la inquisitiva tesis de nuestro amigo albañil, el viejo no hubo entonces de hacerle el menor caso a su comentario, para después continuar él hablando de las voluptuosas y melifluas delicias de los prostíbulos de las minas. Curiosa y hasta ridículamente, la tesis del anciano hubo de ser apoyada después por uno de los parroquianos de la barra que había escuchado la conversación por accidente y que ulteriormente hubo de agregar que las minas eran una cosa infernal donde todo el mundo desaparecía. Animosamente hubo de sumarse después a la conversación el tendero argumentando que en realidad todo el patrimonio de los patrones era de origen maligno y que las minas sólo eran el endiablado sitio por donde surtían de almas al infierno. Posteriormente, José Raquel hubo de abandonar el local considerablemente ebrio luego de tantas y tan amables invitaciones a tomarse otra caña a cuenta de la casa: todo a nombre del nuevo aventurero que ahora se aprestaba a desaparecer en las minas junto con los de su temeraria índole.

Luego de varios días de camino, José Raquel hubo de descubrir que su viaje hacia las minas estaba resultando, por lo demás, bastante más que arduo, principalmente debido a que, además de la imposibilidad de poder pagar él un transporte que lo condujese con rápida y eficiente velocidad a través de las accidentadas carreteras sin pavimentar, permanecía lloviendo constantemente convirtiéndose el polvo de los caminos en una incómoda y escabrosa masa de asqueroso barro putrefacto e infecto que le hacía resbalar incesantemente; y debido precisamente a que José Raquel habría de estar recorriendo la mayor parte del trayecto a pie, estaba comenzando ahora a enfermar por haberse mojado tanto. Ahora bien, después de un intenso y largo trayecto de afanosa y penosa búsqueda, misteriosamente no había logrado él encontrar siquiera el menor rastro de las minas en el sitio donde se suponía que deberían estar. El camino se había dilatado y dilatado y no había aparecido aún algún incipiente rastro de la primera: todo el tiempo había seguido José Raquel las indicaciones que le iba proveyendo la gente que se encontraba en el camino, pero al llegar a los lugares por ellos indicados, infructuosa y frustrantemente resultaban ser equívocos. Mas sin embargo sabía nuestro amigo que no estaba perdido, puesto que todo el tiempo no había hecho otra cosa que seguir al pie de la letra las indicaciones de la gente. Pero en cierto momento, José Raquel decidió conjeturar, muy a su pesar, que efectivamente tal vez lo estaba. Con fragorosa y afiebrada imaginación, José Raquel hubo entonces de imaginar que acaso las minas hubieren de estar emplazadas en los remotos confines del mundo conocido, en un lugar tan remotamente alejado que tal vez por eso sus antecesores no hubieren de haber podido nunca comunicarse con sus familias; es posible que aquellos aventureros estuviesen ahora envejeciendo completamente incomunicados bajo la tierra de unas minas que acaso pudieren quedar en medio de las recónditas selvas o de la agobiante vastedad de un desierto infinito.

De vez en cuando uno que otro camión aceptaba llevarlo de buena gana para hacerle más fácil su penosa travesía, pero, con la incomprensión propia de los misterios, ninguno hubo de dejarlo en el sitio propio de las famosas minas sino solamente en medio de sus supuestas cercanías, y, cuando José Raquel las buscaba por allí, infructuosamente ninguna de ellas habría entonces de aparecer ante sus ojos. Desde luego hubo de parecerle sospechoso a nuestro albañil el significativo, aunque misterioso hecho de que ninguno de los camiones transportase algún mineral, sino solamente objetos diversos pareciéndole también sumamente extraño, además, que ninguno de ellos fuese directamente hasta el sitio de aquellos yacimientos subterráneos: el misterio de las minas estaba creciendo ahora considerablemente. Ahora bien, luego de varias semanas de búsqueda, habiendo hecho José Raquel un gran esfuerzo por economizar al máximo el poco dinero que le había concedido su comadre Flor María, nuestro protagonista hubo de conjeturar entonces con amarga lógica que posiblemente las minas aquellas en realidad no existían y que tal vez sólo eran el fruto de la desesperada y hambrienta imaginación de las pobres gentes sin futuro. Hubo después José Raquel de darse cuenta durante su periplo de regreso que lo más fácil resultaba en realidad dedicarse a buscar trabajo como albañil en alguno de los pueblos del camino para después mandar por sus hijas; sintiose entonces nuestro albañil sinceramente estúpido por no haber pensado en esa posibilidad antes de haber tomado la decisión de irse para las minas. Pensó también, además, que quizá precisamente en ese rasgo tan obsesivo de querer trabajar en ellas radicaba la naturaleza demoníaca de aquellos sitios, puesto que de alguna manera evitaban que el hombre común llegase a pensar en otras posibles soluciones.

Pero si antes no se había perdido buscándolas, hubo él de hacerlo lamentablemente mientras intentaba olvidarlas para poder regresar a su casa con una nueva y valiosa experiencia para relatar a sus hijas y a sus condiscípulos. Se había extraviado José Raquel mientras agradecía al cielo por no haber corrido con la misma suerte de sus antecesores al tiempo que se encontraba desesperadamente en la búsqueda de un atajo que pudiere sacarlo del incómodo trance que estaba viviendo ahora en uno de los tantos e interminables bosques de robles que había en el camino. El pobre albañil hubo de errar en círculos al interior del espeso bosque durante largas horas en las que inevitable e irritablemente hubo él de irse llenando de un sentimiento de angustiosa desesperación, justo hasta que en el momento del crepúsculo hubo de producirse, ante la perpleja admiración de sus ojos, un inexplicable hallazgo en medio de la espesura de aquel monte: frente a él se erguía ahora una vetusta mansión completamente cubierta de hiedra y demás maleza del bosque. José Raquel hubo entonces de imaginar que, indudablemente, habría de tratarse esta imponente construcción de la casa de algún patrón, teniendo en cuenta las inabarcables dimensiones de la casa que ahora le mantenía cautivo, completamente preso de una inenarrable sensación de inusitado asombro. Como las luces se hallaban todas encendidas, José Raquel hubo entonces de tomar la decisión de preguntar a sus habitantes por el posible sitio donde acaso hubiere de alzarse la escurridiza salida del bosque; pensó incluso en indagar con ellos por la misteriosa y resbalosa ubicación de las minas, al menos como para salir de la penosa duda de su verdadera y auténtica existencia sobre la faz de la Tierra. Hubo entonces él de acercarse hasta el enorme portón de hoja doble, dudando ante aquél por largos y silenciosos segundos hasta que, finalmente, decidió tomar el aldabón con su mano derecha para después golpear en la puerta con tres fuertes y sucesivos golpes de aldaba.

Afanosamente luego tuvo él que insistir varias veces más, porque misteriosamente nadie se había aparecido por allí para abrir el imponente portón de roble perfecta y pulidamente barnizado con sutiles lacas transparentes. Imaginose entonces que posiblemente hubieren de hallarse sus habitantes departiendo una merienda en los jardines traseros, porque una casa como aquella necesariamente tenía que tener jardines traseros, y tal vez por ese motivo no habrían ellos de haber escuchado el insistente golpeteo del aldabón de la puerta. A la sazón, rodeó pues José Raquel la mansión para descubrir después que efectivamente poseía la casona unos hermosísimos jardines traseros, pero, lamentablemente para su suerte de penoso buscador de las minas, tampoco había nadie por allí. Acercose entonces a una pequeña puerta que a todas luces parecía conducir al sitio de la cocina y también en ella tocó tres veces usando esta vez sus desnudos nudillos. Desde luego, tampoco nadie hubo de aparecer entonces por allí, imaginando en aquel tiempo José Raquel que la casa se encontraba del todo vacía, pensando también que posiblemente los patrones tenían la costumbre de dejar las luces encendidas, quizá como precaución. Ya se iba a ir nuestro todavía joven albañil cuando entonces descubrió él que la puerta en realidad se encontraba abierta: a la sazón hubo de pensarlo José Raquel cuidadosamente durante varios minutos, porque entrar en una casa ajena de esa manera indudablemente comportaría un delito, y ni siquiera la disculpa de estar buscando a alguien que lo ayudase a salir del bosque lo eximiría del hecho de estar allanando una casa que no era la suya.

Pero la verdad sea dicha por nosotros aquí: nuestro amigo protagonista sentía ahora una inmensa curiosidad de saber como habría de ser aquella casa por dentro, pues José Raquel jamás había entrado en una casa de semejante porte y arquitectura. Toda su vida había vivido en barracas, en lugares que sólo por definición se llamaban casas y nunca había estado en una de verdad, una como la que se alzaba frente a él en ese momento, perdida ella en medio del impertérrito y denso bosque de inveterados robles traídos de continentes lejanos. Entonces, en aquel instante preciso decidió José Raquel estirar su mano hacia el picaporte dorado para después empujar suavemente la oscura puerta de ébano. Se produjo en aquel momento un suave chirrido de las bisagras que parecía ahora haber detenido el mundo a su alrededor, eliminando pues la ilusión fantasmagórica con la que debería de comportarse de ahora en adelante si era verdad que la casa estaba vacía.

Luego de haber atravesado exitosamente la puerta, encontrose entonces José Raquel al interior de una inmensa y muy lujosa cocina donde las ollas colgaban del techo y el enchapado de preciosas baldosas color azul turquesa resplandecía fulgurante de inmejorable limpieza. Hallábase sobre uno de los fogones de la moderna estufa integral de cuatro puestos una olla enorme de la cual manaba un delicioso aroma de puchero casero inmejorablemente cocido. Sobre el mesón también enchapado de impecables baldosas azuladas, y ubicados junto a la estufa, se hallaban dispuestos en un ordenado montoncito varios conejos desollados que estaban esperando ahora ser cocidos en algún momento: pensaba entonces José Raquel que al parecer aquella noche la casa habría de relucir rebosante de invitados, a juzgar claramente por el tamaño de la olla y la cantidad de conejos. Algunos instantes después el albañil buscador de las minas se dio el lujo de inspeccionar quedamente el interior de la alacena descubriendo en su interior infinidad de manjares que él en su vida jamás había probado. Tomó entonces una verde manzana que yacía junto a otras en una pequeña una cesta artesanal infinitesimalmente obrada en palma de cera y, olvidando que estaba en casa ajena, hubo José Raquel en aquel momento de comenzar a comerla tranquila y pausadamente mientras continuaba silenciosamente con su inspección.

Luego de haber comido uno que otro bocado exótico prácticamente metido de cabeza dentro de la espaciosa alacena, diose entonces José Raquel a la tarea de recorrer la vasta dilatación del resto de la casa: los salones del primer piso resultaron ser de tal amplitud, que nuestro perplejo amigo hubo de pensar entonces que cualquiera de ellos perfectamente podría contener a su rancho entero. José Raquel admiró después la manera en la que el exquisito mobiliario de amanerada ebanistería estilo Luís XVI hacía impecable juego con la prolija decoración de los salones, armonizando con todas las alfombras y con todos los tapices, con todas las vajillas y todas las porcelanas. Ulteriormente hubo él de descubrir que en uno de los salones había colgadas en la pared innumerables fotografías que confirmaban que la casa era la de algún patrón: las fotografías, enmarcadas ellas con el más refinado y costoso de los gustos posibles, revelaban una familia numerosa que había sabido rodearse de incontables amistades. José Raquel hubo de pensar entonces, alegremente, que si en verdad se trataba de los patrones segura y fácilmente podrían darle algún trabajo al interior de la casa, porque si se trataba de ellos, indudablemente habría de haber trabajo por montones. El vestíbulo de la entrada principal resultó ser también dos veces más grande que la propia cocina de la mansión. En él se hallaban las imponentes escaleras dobles que aparentemente habrían de conducir ineluctablemente al segundo piso. Desde su altura José Raquel pudo contemplar la majestuosidad del finísimo parquet recién pulido que se encontraba casi del todo oculto debajo de aquellos primorosos tapetes persas de intrincados diseños que se extendían sobre el parquet casi como una alfombra mágica.

Ahora bien, hubo después de descubrir José Raquel que en el segundo piso, luego de las escaleras perfectamente alfombradas a la usanza aristocrática de la Gran Bretaña, se alzaba ahora un extenso pasillo que se extendía en ambas direcciones, y en el cual hallábanse sendas puertas para cada una de las habitaciones. Azarosamente José Raquel hubo entonces de tomar el pasillo de la izquierda aprestándose ahora a inspeccionar el primero de los dormitorios. Luego de haber atravesado su umbral, descubrió después él que indudablemente se trataba esta alcoba de una habitación de mujer, y de mujer joven, a juzgar por la exquisita decoración tan juvenilmente femenina. La atmósfera de la habitación desprendía además un delicioso aroma de incienso de sándalo y se encontraba también ésta envuelta por una romántica media luz que manaba bondadosa y melifluamente de las lámparas que yacían encendidas sobre las mesas de noche. Ulteriormente hubo de parecerle a José Raquel que ciertamente la doble cama de la habitación le resultaba descomunalmente gigantesca y que parecía también ser de lo más cómoda. Enseguida ambicionó él probar la comodidad de la cama y hubo entonces de lanzarse de espaldas sobre ella, sintiendo ahora que se hundía sobre una nube. En aquel instante comenzó entonces José Raquel a sentir verdadero rencor, porque sabía que las camas como aquella estaban destinadas a pocas personas, realmente muy pocas personas, mientras que de manera muy injusta a él le tocaba dormir en un desvencijado catre hediondo a sudor. Imaginose entonces además que seguramente habrían ellos de despilfarrar el agua caliente y que la comida medio probada sería pecaminosamente después arrojada a los perros, mientras que en su barrio había que luchar por el agua fría y la gente debía soportar continuamente tortuosas y severas jornadas de hambre. Luego hubo él de molestarse consigo mismo por enfadarse injustamente con una gente que no conocía y que tal vez habría de darle trabajo; pero, secretamente, continuó él detestándolos en lo profundo de su alma.

Cuando posteriormente hubo él de intentar dirigirse hacia la segunda habitación, encontrose súbitamente con una imprevisible sorpresa: un hombre alto y corpulento estaba esperándole afuera apostado en el pasillo mientras le apuntaba ahora a la cabeza con su escopeta de doble cañón. Ingenuamente se preguntó entonces José Raquel como es que había logrado ser descubierto, y sólo en ese momento hubo de recordar que torpemente había dejado abierta la puerta de la cocina, dilatada de par en par. Ciertamente el hombre de la escopeta vestía de manera refinadamente elegante, pero sin dejar él de dar la impresión de ser nada más que meramente un sirviente. Éste hombre, quien efectivamente pertenecía a la servidumbre de la casa desempeñándose él como el mayordomo principal, había imaginado que el pobre de José Raquel era nada más que un vulgar ladronzuelo de medio pelo que había entrado por la puerta accidentalmente dejada abierta, sospechando el intruso que la casa en aquellos momentos se encontraba vacía. Mientras que el mayordomo lo conducía hacia el sótano para encerrarlo en la cava mientras llegaban las autoridades, José Raquel, profundamente nervioso, hubo de intentar relatar atropelladamente su historia en el bosque; pero, naturalmente aquel hombre sirviente no quiso creerle ni una sola palabra: no hasta el preciso y justo momento en el que hubieron de ser mencionadas las minas.

Durante aquel minuto exacto su semblante de mayordomo habría entonces de pasar a expresar una conmocionada y angustiosa sorpresa, sorpresa esta que infortunadamente José Raquel nunca pudo llegar a notar, porque cuando el hombre aquel hubo de ordenarle al intruso que se diera la vuelta muy lentamente, el mayordomo se encontraba haciendo a la sazón su mejor esfuerzo por disimular lo que durante aquellos angustiosos momentos se hallaba ahora sintiendo. El mayordomo bajó entonces su escopeta y preguntó a José Raquel por cuánto tiempo había estado él buscando las minas, a lo que éste hubo de contestar que durante un dilatado periplo de varias semanas. El mayordomo condujo enseguida a José Raquel hasta la cocina y estando allí hubo él de destapar una de las varias botellas de vino que estaban dispuestas sobre el mesón para la cena de esa noche, para después escanciarlo en dos copas de fino cristal de roca que a José Raquel se le antojaron como bastante enormes. Hubo entonces el mayordomo de ofrecer una al viajero desconocido para después dedicarse los dos a beber de sus copas en el más completo de los silencios. José Raquel habría de imaginar entonces que el curioso gesto del mayordomo podía tratarse tal vez de una extraña cortesía que seguramente debiera de ser ofrecida por los patrones a todo aquel que buscase las minas. Luego de haber bebido varias copas juntos y hallándose ahora los dos un poco más desinhibidos, el mayordomo hubo entonces de apagar la estufa en aquel momento para después tapar la olla donde hervía el puchero.

-Venga conmigo- dijo el mayordomo-. Tengo un secreto que revelarle y que es necesario que usted conozca.

En seguida hubo el mayordomo de conducir a José Raquel hasta el segundo piso para ulteriormente girar hacia el pasillo de la derecha, en donde se alzaba la puerta de una sola habitación. La entrada a la alcoba era una enorme puerta de hoja doble con picaportes dorados en forma de látigo, obrada ella en oscuro ébano finamente lacado. Hubo entonces el sirviente de hacer un cierto ademán ceremonioso antes de abrirla, para que después su mano derecha girase el picaporte empujando con suave solemnidad una de las dos hojas. Posteriormente habría él de hacer seguir primero a José Raquel para luego encender la luz de una pequeña lámpara. Sorpresivamente, el secreto de la enorme habitación era la presencia de varias camas cubiertas por hermosos y enormes velos níveos y suaves como la seda que se hallaban suspendidos sobre las camas a semejanza de los mosquiteros. Se acercó el albañil a una de las camas más próximas para descubrir durmiendo en ella a una mujer joven que creyó haber reconocido como una de las jovenzuelas que aparecía en alguna de las fotografías del salón del primer piso. Era una familia muy numerosa, a juzgar por el número de camas. Pareciole a José Raquel entonces singularmente extraño que toda la familia se encontrase durmiendo a la misma temprana hora y en el mismo cuarto.

-Están durmiendo el sueño de los dioses- afirmó el mayordomo-. Por favor, venga conmigo. Debo despertarlos cuidadosamente a las nueve para realizar la cena.

Sólo en ese momento hubo de parecerle entonces sospechoso a José Raquel que no hubiera más empleados en una casa tan grande.

-¿Por qué habría usted de estar solo en una casa tan grande cuidando a una familia tan numerosa?- interrogó pues José Raquel con cierto aire de tímida suspicacia.

-La servidumbre se encuentra toda de vacaciones- hubo de ser la fría respuesta del mayordomo.

Sin embargo, habría algo en la manera tan afectada en la que el mayordomo hubo de dar la respuesta, algo que hizo a José Raquel descreer de ella y sospechar del insólito lacayo solitario; no obstante, el pobre albañil decidió acompañarle. Salieron entonces de la habitación y bajaron nuevamente a la cocina en donde hubieron ellos de beber más vino. Luego salieron en silencio al vestíbulo y allí el hombre se hubo de abrigar con un pesado sobretodo de paño para el invierno y se colocó después su gorra inglesa de jugar golf. Luego de colocarse los guantes hubo de dirigirse entonces nuevamente a la cocina para salir de allí después con su escopeta.

-Por favor, tenga la amabilidad de acompañarme. Tengo algo muy importante que revelarle- fue lo último que hubo el mayordomo de comentarle a José Raquel dentro de la casa.

Salieron después a caminar por las dilatadas espesuras del bosque nocturno, iluminados nadas más que por una lámpara de queroseno que amablemente portaba José Raquel. Sólo en ese momento hubo el albañil de interrogar por la necesidad de haber traído la escopeta, a lo que el mayordomo sólo hubo de contestar con servil impasibilidad que el bosque resultaba ciertamente un lugar muy peligroso de noche y que algún oso acaso podría atreverse a sorprenderlos. Caminaron después durante veinte minutos en dibujando una completa línea recta en medio de los robles hasta que hubieron de llegar a la orilla de un extenso lago. Luego hubieron de caminar sobre los firmes maderos del muelle para después subirse a un pequeña balsa que había atada a él mediante los nudos marineros de un grueso cabo náutico. El mayordomo pidió entonces a José Raquel que por favor remase hasta el centro del lago mientras él se sentaba en la popa de la balsa manteniendo su escopeta sobre las piernas. El misterio sólo crecía y crecía y José Raquel pronto hubo de imaginarse a sí mismo compartiendo un secreto que seguramente habría de hacerlo partícipe de algún trabajo importante dentro de la mansión; y entonces, nuestro protagonista a la sazón preguntó:

-¿Qué demonios tenemos que ir a hacer en medio del lago a estas horas de la noche?

-Lo que tengo que decirle es muy secreto y debo asegurarme que nadie más lo escuche-, contestó entonces el mayordomo.

No quedándole más remedio, José Raquel en aquel instante hubo de comenzar pues a remar pausada y esforzadamente sobre las gélidas aguas del lago, imaginándose él que seguramente habría de ser éste muy profundo.

Cuando hubieron de arribar justo al centro del enorme lago, el mayordomo, con cierto índice de ebriedad en el tono, ordenó entonces a José Raquel que se detuviera. Cuando hubo José Raquel dejado de remar, el inicuo maestresala apuntó entonces su escopeta hacia la cabeza del pobre albañil. Entonces, y sólo entonces José Raquel hubo a la sazón de darse cuenta de que había caído estúpidamente en una trampa. Maldijo entonces su ilusa estupidez preguntándose además cómo diablos se había atrevido a confiar en un hombre armado que ya le había mentido sobre la servidumbre. Acto seguido, José Raquel no hubo entonces de tener más remedio que arrodillarse para después rogar humildemente por su vida, al tiempo que secretamente imaginaba que había comportado un gravísimo y letal error haber mencionado las minas: si no lo hubiera hecho, simplemente le hubieran tomado por un simple y vulgar ladronzuelo para después, sencillamente, haberlo arrestado haciéndole pasar a lo sumo un par de noches en el calabozo del pueblo; imaginaba también que si sólo hubiera tomado la precaución de cerrar la puerta, el mayordomo jamás habría sabido que había un intruso dentro de la casa, y entonces habría podido él escurrirse fácilmente al notar la presencia del lacayo. Aunque a decir verdad, en realidad nunca ha debido entrar en esa maldita casa. Y hubo de ser entonces, durante el decurso de aquellos aciagos instantes para José Raquel, cuando comenzó el mayordomo a revelar su secreto.

-Algunas sectas del Indostán -comenzó por decir el mayordomo-, habrían de afirmar que el universo manifestado no sería nada diferente a una onírica creación del sueño de Brahma: mientras el señor Brahma haya siempre de mantenerse soñando, el mundo continuará entonces siendo lo que es y lo que ha sido hasta el momento; el mundo es nada más que un sueño de los dioses, mi querido amigo. Por otro lado, habré yo de comunicarle ahora que ciertamente en los sueños habríamos nosotros de ser semejantes a los dioses, pudiendo nosotros recrear al entero universo a nuestro antojo mientras soñamos con él: durmiendo es como nos convertimos verdaderamente en los amos del mundo no pudiendo entonces detenernos ninguna fuerza; habría de ser entonces por esta razón que los patrones habrían de estar durmiendo.

Indudablemente hubo de parecerle a José Raquel esta revelación nada más que un secreto ridículo, sintiéndose ahora él considerablemente harto de este sirviente patético que no sabía hablar de otra cosa más que de sueños.

-¿Y a quién carajo le va a venir a importar una familia de ricachones haraganes que se pasan la vida durmiendo? -hubo entonces de replicar José Raquel-. Si ese es todo su secreto, le juro por mi Dios santísimo que no voy a contárselo a nadie, pero por favor, déjeme ir; se lo suplico.

-Me temo que no ha entendido usted nada de lo que le he dicho, señor. La vida real de los patrones habría de estar verdaderamente en sus sueños: a excepción de unas pocas casas como la del bosque, todo el patrimonio de mis patrones es soñado.

-Por favor déjeme ir -suplicaba entonces nuestro albañil-. Yo no quería entrar en la casa, solamente estaba buscando la manera de salir del bosque, créame. ¡Fue un accidente!

-No, no, mi querido amigo; en verdad no habría de tratarse de ningún accidente. En realidad sólo habría de tratarse del destino: la empírea voluntad de Dios quiere que los hombres que acaso hubieren de hallarse buscando las minas revelen después el secreto; y es por esto que todos ellos tarde o temprano han encontrado la casa. Algunos, los menos, hubieron de descubrirlo por sí solos; otros, como usted, hubieron de enterarse sólo por mi boca. Lamentablemente, mi querido José Raquel, si yo le hubiera dejado ir, tarde o temprano usted habría vuelto y seguramente no habría de venir solo, y entonces, con usted y los suyos se hubiera revelado nuestro secreto. Con el debido perdón de Dios, tenemos que evitar a toda costa que eso pase, mi querido forastero. Mientras hayan siempre de existir mayordomos como yo, el secreto de los patrones habrá entonces de mantenerse a salvo y el mundo seguirá girando sobre la entera completitud del eje de sus mitos y de sus creencias. Las minas son nada más que uno de otros tantos mitos, pero mientras existan esos mitos, el mundo seguirá siendo lo que es.

José Raquel hubo de sentir entonces, completa e interiormente derrotado, un profundo odio hacia todos los patrones del mundo, pues resultaba para él una rotunda e indigna atrocidad el hecho de que la culpa de todas las injusticias del mundo la tuvieran unas pocas familias que se dedicaban nada más que a soñar para llegar ellas a poseer la íntegra completitud del orbe. Imaginó entonces nuestro desposeído protagonista que el secreto de los patrones habría de conservarse por quién sabe cuantas décadas más, siglos quizá, manteniendo de esa manera a todas las tristes familias de su barrio completamente prisioneras de la miseria, al igual que mantendría al resto de la gente por entero cautiva de sus esclavizantes trabajos. Hubo entonces José Raquel de deshacerse en aquel instante en copiosas lágrimas y nuevamente hubo de implorar una vez más por su vida: para este menester hubo él de comenzar a referir, mediante infinitesimales palabras, la entera anatomía de su rancho, para después comenzar a enumerar a cada una de sus tres hijas incluyendo una descripción de sus virtudes con el ánimo de conmover al impasible mayordomo para pedirle al final, inútilmente, que por el amor de Dios lo dejase ir.

El impertérrito mayordomo hubo entonces de ponerse de pie acercando después el cañón de su escopeta al cráneo hirsuto de José Raquel, y, con suprema displicencia, hizo fuego entonces sobre su cabeza.

Bogotá, enero 31 de 2006.

jueves, 13 de marzo de 2008

LAS ONÍRICAS METAFÍSICAS DE LO SOBRENATURAL EN UN ENSUEÑO MÍSTICO DE ANDREI TARKOVSKI

(Simbología onírica de un sacrificio)

De modo que toda convicción profunda va acompañada

De cierta desesperación: es tan enorme la fe que el hacerla

Andar se toma mucho tiempo.

GEORGE KEITH CHESTERTON, Ortodoxia.

Nuestra inteligencia, en el estricto sentido de la palabra,

Está destinada a asegurar la perfecta adaptación de

Nuestro cuerpo al medio que lo rodea, a representar las

Relaciones entre las cosas exteriores, en suma, a pensar

La materia.

HENRI BERGSON, La evolución creadora.


Los filósofos, extraviados en el intenso, aunque imaginario universo de los sistemas y las falaces verdades objetivas, manteniéndose sin embargo perseverantes en su andar a través de la infinitud que dibujan las interminables geografías de nuestro mundo, deberían practicar ese hipnotismo mágico que sobre el hombre curioso han ejercido todas las ciencias de lo sobrenatural: los inexplicables rumbos de las más abstractas metafísicas podrían liberar en sus mentes las oníricas utopías de unas sabidurías acaso tan antiguas como Hermes Trismegisto, quizá más antiguas aún; solamente los enigmáticos arcanos de la realidad codificados en el pretérito culto a la maternalmente primordial diosa Isis, podrían agregarle a la insípida voracidad de nuestras existencias más conocimiento sobre el devenir de los sucesos del cosmos que cualquiera de los tratados ontológicos de la filosofía occidental. ¿Qué podría revelarnos Kant que antes no nos hubiera dicho ya toda la progenie de alquimistas que hubieron de poblar el mundo desde mucho antes que el inventor del criticismo idealista? ¡Hay más verdad en las genialidades más líricas del Fausto de Goethe que en toda la Crítica de la Razón Pura!

En este tórrido mundo nuestro, donde rigen infamias como las guerras de NAPALM o como la miserable pobreza de los pueblos sometidos al diezmo de los Imperios, las mayores sabidurías siempre han estado de parte de los más herméticos misticismos del ocultismo o de los más incandescentes ardores de los pensadores viscerales: un San Agustín, o un Kierkegaard, o un Nietzsche, no tienen nada que envidiar a las mayores lucubraciones de los místicos y los teósofos; están al mismo nivel en cuanto a las agudezas de sus pensamientos, los unos entregados a las metafísicas de lo sobrenatural, y los otros entregados a las metafísicas de lo racional. El mundo del misterio se erguirá siempre sobre nosotros rebasando todos y cada uno de nuestros silogismos, todas y cada una de las ociosidades de nuestro más haragán instinto de reflexión: todas nuestras filosofías no habrían de ser nada más que el sueño desquiciado de todas esas sofisticadas invenciones que las amarguras de la existencia nos obligan a conspirar en el abandono de nuestro tiempo libre; mirad quienes profesaban el oficio de la filosofía entre los pueblos griegos, y encontrareis a toda una sarta de completos inútiles que hacían las veces de portadores del conocimiento mientras que sus esclavos mantenían el orden dentro de sus dominios, rompiéndose ellos la espalda en nombre de una democracia que sólo conocían sus amos, los hombres libres que podían perder el tiempo ejerciendo el privilegio de su ciudadanía, y a veces, también, de su homosexualidad, en todas esas inútiles discusiones filosóficas que ardían al interior de sus ágoras o de sus academias.

Pero ciertamente más verdad había en los arrebatos extáticos de las pitonisas de Apolo o de las coribantes de Eleusis que en toda esa jerga que Aristóteles y Platón se encargarían de sofisticar después, pregonando con sus sistemas el advenimiento de toda la posterior y decadente cultura occidental. Desde los presocráticos, incluyendo a todos los sofistas, todos los filósofos han sucumbido al flagrante y craso error de querer entrar en detalles para dedicarse a soñar mejor todos sus alucinados sistemas sobre los delirios del mundo; he ahí el abismo que impide a los filósofos llegar a ser verdaderos poetas, y que habrá de negarles esa frescura y esa profunda sencillez que sólo poseen los místicos y los poetas verdaderamente inspirados. Pero, como bien habría de exponer Johannes Pfeiffer en su librito sobre la poesía, el lenguaje de la filosofía no puede, ni debe, explorar por esos oscuros y acaso herméticos territorios de las retóricas de la lírica, puesto que su lenguaje busca, ante todo, la exactitud en la exposición de los razonamientos y la precisión en la postulación de sus argumentos, mientras que el lenguaje poético habría de regodearse siempre en esas furtivas vaguedades del verbo, buscando ella la conmoción en lugar de la convicción, la imagen en lugar del silogismo. La jerga filosófica vendría a ser, por tanto, nada más que el enmascarado y subrepticio verdugo de todos nuestros mayores instintos líricos, y habría de ser por eso que cada uno de los silogismos que hemos conspirado con nuestro lóbulo cerebral izquierdo no vendría siendo otra cosa más que el abortivo de algún irrepetible paseo lírico de alto vuelo que hemos asesinado nosotros con infamia sobre los horizontes de nuestro lóbulo cerebral derecho.

Pensemos ahora, si el Tiempo no ha de traicionarnos antes de que culminemos con éxito nuestras ineptas reflexiones, en la inteligente manera en la que habrían de coexistir, con una sabiduría acaso milenaria, estas dos tendencias del pensamiento, el hermetismo y la filosofía, en la hábil y sofisticada cinematografía de Andrei Tarkovski, una cinematografía que tendría para nosotros, sutilmente, tanto de introspectivamente filosófico y racional como de misteriosamente lírico y hermético. Ya habíamos hablado en alguna otra página de lo que hay de lúdico en las estéticas de Tarkovski, entendiendo la estética de la lúdica en el mismo sentido que tenía para el poeta Schiller, acaso el primero de todos los clásicos alemanes que hubo de plantear la búsqueda artística como si fuese el más sublime de todos nuestros juegos: una equilibrada coexistencia del impulso irracional de la inspiración con las directrices racionales de una técnica disciplinada que le permita al artista cristalizar sus ideas, entendiendo cada artista el oficio de su arte como un juego en el que las reglas no le impidan disfrutar del divertimento. Ahora bien, las estéticas de la lúdica también permiten la existencia de un equilibrio en el campo de las reflexiones que hayan de nutrir todo el arsenal de nuestras ficciones más elaboradas, incluso también de las más inverosímiles; Tarkovski supo combinar en sus películas, con irrevocable maestría, no solamente los impulsos de sus dos lóbulos cerebrales, sino además, las dos tendencias filosóficas más importantes de toda nuestra Historia Universal: en los ensueños de la cinematografía de Andrei Tarkovski las especulaciones de las metafísicas más platónicamente idealistas se combinan hábilmente con las disertaciones de los dogmatismos más aristotélicamente materialistas; cada una de sus películas es una especie de, si nuestro filosófico oximorón es tolerable, entelequia arquetípica que habría de reflejar tanto las problemáticas más inmediatas de nuestro mundo exterior, así como también las más profundas interioridades de nuestros más insondables abismos espirituales.

Todo lo que habría de haber de sobrenatural en la reducida cinematografía de Tarkovski, procedería sin lugar a dudas del ensueño penetrante y recóndito de unas reflexiones profundas sobre la condición del hombre en el Universo, y por supuesto también de un profundo conocimiento de los instrumentos lingüísticos de la lírica y de la filosofía, puesto que toda poética y toda filosofía no habrían de ser otra cosa diferente a las infinitas reverberaciones sintácticas de las simbólicas fantasías del lenguaje, reverberaciones estas que habrían de refugiarse vertiginosas al inclemente interior de nuestros atareados cerebros de durmientes entelequias de carne y hueso; para citar a propósito una idea sublime que hubo de concebir el pretérito filólogo decimonónico Wilhelm von Humboldt, nuestro lenguaje no habría de ser otra cosa más que el uso infinito de medios finitos, siendo cada una de nuestras más elaboradas páginas, incluso cada una de nuestras frases más sólidas, la victoria misma que habrá de socorrernos del atroz naufragio de la monotonía estertórea de nuestros días y nuestras horas, elevándonos ella sobre la gracia marginal y transitoria de nuestra propia mortalidad mientras que, mediante la sublime perfección de todas nuestras retóricas, habríamos de hacer un guiño irónico a los ángeles de la Muerte mientras sobrevivimos a la letalidad de su hálito mediante la infinita inmortalidad de nuestras palabras; repetiremos algo que ya hemos expresado en alguna otra página: nuestra literatura no vendría siendo nada más que el guiño sutil que los hombres hacemos al vacío de la eternidad del instante, instante que habrá de sobrevivirnos cuando hayamos arribado al horizonte de todas nuestras horas mientras habrá él de permanecer incólume durante el continuo y voluptuoso alumbramiento de la Historia Universal en medio del tórrido fervor de sus minutos.

Por supuesto, el lenguaje del arte habría de poseer el mismo espíritu tramposo con el que intentamos evadirnos de los crepúsculos del Tiempo mientras conspiramos el sueño de nuestras alucinadas líricas del ensueño; y dentro de los lenguajes del arte, acaso el lenguaje del cine haya de representar la mayor sofisticación de todas nuestras invenciones retóricas, pudiendo entonces entenderse el lenguaje cinematográfico de Andrei Tarkovski como una especie de dialéctica fusión entre las más exasperadas verbosidades de la filosofía y los más perspicaces tropos literarios de la ciencia lírica. Ya lo había sentenciado el inmejorable poeta granadino Federico García Lorca en una de sus conferencias que vería la luz por el pretérito año de 1927:

La hija directa de la imaginación es la “metáfora”, nacida a veces al golpe rápido de la intuición, alumbrada por la lenta angustia del presentimiento. Pero la imaginación está limitada por la realidad: no se puede imaginar lo que no existe; necesita de objetos, de paisajes, números, planetas y se hacen precisas las relaciones entre ellos dentro de la lógica más pura. No se puede saltar al abismo ni prescindir de los términos reales. La imaginación tiene horizontes, quiere dibujar y concretar todo lo que abarca[1].

El cine de Andrei Tarkovski rebosa de esas juiciosas metáforas que sólo habrían de ser el patrimonio de las mentes más avezadas que profesan el oficio de la poesía, pero cuyas imágenes literarias habrían de revelarnos todo el subrepticio universo de sus más recónditas reflexiones metafísicas. Una buena metáfora refresca el entendimiento[2], sentenciaba Wittgenstein en uno de sus aforismos, y, precisamente, las metáforas de Tarkovski no sólo podrían refrescar nuestro entendimiento sino que, además, podrían llegar a ensancharla en toda la dilatación de sus densas posibilidades filosóficas.

Una interesante reflexión en los labios el propio Tarkovski podrían iluminar mejor este punto de lo que acaso pudieran hacerlo nuestras torpes argumentaciones:

Como cualquier otro arte, también el cine posee su sentido poético específico, su determinación especial, su destino propio. Nació para reflejar una parte concreta de la vida, una dimensión del mundo aún no comprendida, que ninguna de las otras artes ha podido expresar. Como ya dijimos en otro lugar: cuando surge un arte nuevo siempre es el resultado de una necesidad espiritual; y, como tal, siempre juega un papel especial en la expresión de problemas profundos, que se plantean en nuestro tiempo[3].

Estos problemas profundos acaso pudieren ser aquellos que reflejasen mejor el agitado decurso de nuestro último siglo: la atroz pérdida de la personalidad individual de los hombres, quienes finalmente habrían de haber sucumbido ante la lenta, pero implacable estandarización de los sujetos al interior de la industriosa sociedad de los mercados, y que habrían de haber extraviado todos los rastros de la verdadera comunicación que alguna vez existió entre los individuos. Reflexiona Tarkovski en su libro Esculpir en el Tiempo, que cuando el individuo fenece ante una dependencia directa de su artificial, pero lucrativo destino social, y cuando la estandarización del hombre, extraviado él en los opresivos rigores de la cultura de las masas, se convierte en un peligro altamente real, habrían entonces de surgir el cine como arte y como oficio de los poetas de la imagen en movimiento[4].

Quizá haya de ser su película El Sacrificio, considerada por algunos como el imponderable testamento de su pensamiento audiovisual e ideológico, la que refleje mejor esta cruda y atroz sintomatología del siglo XX, una sintomatología que expresa muy bien ese viscoso y mercenario malestar cultural que algunos pensadores no han dudado en bautizar como la patología de la normalidad: todos nuestros acostumbrados rituales de consumo, todas nuestras imposturas corporativas, todas nuestras habituales máscaras de sociedad vendrían nada más que a reflejar el cruel y anémico padecimiento cultural que vendría a estar reflejándose continuamente durante el epiléptico decurso de nuestra Historia Universal a la manera de una enfermiza estandarización de nuestras existencias, estandarización esta que no sólo habría de encontrarse amenazando a la auténtica libertad de nuestras vidas, sino también a la auténtica afirmación de nuestros destinos y dentro de ellos al más insignificante y anodino detalle que habrá de participar en la sólida construcción de la individualidad de millones de personas anónimamente productivas y sórdidamente alejadas las unas de las otras, por completo abandonadas ellas en el intenso rigor de todas esas penitencias que hemos inventado para sobrevivir en este Purgatorio Incógnito que hemos hecho de la Tierra.

Y es precisamente eso, un Purgatorio, lo que tendrá que vivir Alexander, protagonista de El Sacrificio, para salvar el mundo de los hombres del inminente acabose de una guerra nuclear: metáfora esta del beligerante mundo los hombres, abandonados al cruento canibalismo de la voraz y posmoderna cultura occidental, quizá abandonados ellos por su Dios, pero nunca por el hombre mismo:

Sólo Dios tiene el privilegio de abandonarnos. Los hombres sólo pueden fallarnos[5],

sentenciaba Cioran en alguna de sus páginas. ¡Terrible infamia de nuestras soledades más extremas; las peores bufonadas de payasos sanguinarios como Nerón no se comparan con el terrible desprecio de unos dioses que habrían de hallarse tolerando y que, quizás, excitando nuestra propia autodestrucción! El stalker ahora ya no debe guiar, sino enmendar; enmendar todos los pecados de esta especie innoble que se arrastra sobre los viscosos desperdicios de sus propias podredumbres: el falaz progreso del hombre podría ser medido perfectamente por la dimensión de todas sus conquistas bélicas; la mayor sofisticación de nuestras armas habría de erguirse entonces ante nuestra civilización como la peor de todas nuestras más deletéreas paradojas: tal vez no haya de ser casualidad que nuestras inteligencias más notables, durante el disciplinado ejercicio de sus facultades, hayan inventado las armas que tarde o temprano habrán de desatar el colapso de una guerra bacteriológica o nuclear, una guerra que tal vez termine por acabar con las disparatadas agonías de nuestra frágil humanidad desquiciada, colocándonos entonces en el lugar del mamífero advenedizo más estúpido sobre la entera completitud de la Tierra: el animal que dirige todos los esfuerzos de sus instintos de superación en el progreso de su propia autodestrucción.

Desde luego, la atormentada acción que Alexander, protagonista de El Sacrificio, deberá consumar para salvar al mundo de su propia imbecilidad, sólo podrá llegar a cumplirse cabalmente a través de los senderos de una extraña y onírica metafísica sobrenatural: deberá intimar sexualmente con María, su ama de llaves, quien supuestamente habría de ser, además, una bruja poderosa quien tendría en su haber mágico y prodigioso la posible salvación del mundo entero. La supuesta sobrenaturalidad de este personaje habría de antojársenos en cierto momento como una mentira, como una ficción del alma enfermizamente lúdica, quizás mitómana, del cartero amigo de Alexander, cartero éste quien le ha comunicado a su amigo, en medio del secreto claroscuro de la íntima voz baja, que deberá se él, Alexander, y por gracia del poder de María, quien habrá de salvar al mundo a través de su sacrificio:

El hombre feliz no cree en milagros: sólo en la desgracia se aprende que el dedo de Dios dirige a los buenos hacia el bien[6],

afirmaba Goethe con tino en una de sus páginas; pero María es una bruja verdadera, y es la mujer que habrá de posibilitar mediante el sutil ejercicio de sus artes mágicas el milagro de nuestra salvación: los milagros sólo pueden ser posibles en la medida en que, derrotados por las desgracias que nos han traído los parásitos de nuestras propias infamias, a los hombres únicamente nos haya de quedar la infinitud de su fe proyectada en el verde y frondoso silencio de sus esperanzas; de ser lo contrario, el milagro habrá entonces de ser visto por nosotros como otro más de los insípidos sucesos de nuestro consuetudinario devenir: con la posibilidad de la existencia de los milagros en medio de nuestras infinitesimales amarguras, habrá triunfado pues el poder de nuestra subjetividad sobre las supuestas realidades objetivas del cosmos; naturalmente, nuestra subjetividad entendida como el vehículo idóneo para la manifestación de todo aquello que haya de parecernos como una revelación de lo sobrenatural, puesto que nuestra entera experiencia del Universo, y por extensión, de todos los mundos posibles que habría éste de contener, habría de ser de índole total e irrevocablemente subjetiva.

Ahora bien, previamente, antes de recibir el mundo la fría y desesperanzadora noticia de que se encontraba ahora en la guerra soñada por todas nuestras infamias más inicuas, nuestro protagonista se hallaba disponiéndose entonces a celebrar con sus familiares y amigos más íntimos -entre los cuales habría de encontrarse nuestro buen amigo el cartero hierofante de los sueños- una pequeña reunión festejada en el festivo nombre de su cumpleaños. El simbólico presente que aparatosamente ha traído para Alexander nuestro cartero profeta -inmejorable arquetipo él, que habría de simbolizar para nosotros al mensajero dios Hermes, el antiguo portador de las buenas y las malas noticias y encargado también de conducir las almas de los difuntos hasta el Tártaro, el reino de los muertos-, ayudándose torpemente este funcionario de correos de su laboriosa bicicleta, habría de constituir en verdad un extraño aunque profético símbolo sibilino: se trataría entonces este presente de un mapa antiguo del orbe, proyectado éste al mejor estilo de los antiguos cartógrafos, maestros ellos de las visuales topografías en dos dimensiones: ¿será acaso este mapa una extraña metáfora profética del vertiginoso movimiento que habría de hallarse alejando a toda la humanidad de la profunda sabiduría de todos sus valores más elementales, representados aquí por la antigua topografía de aquella vieja carta geográfica de un mundo que habría ahora de hallarse en guerra? Y como si fuese el símbolo de todos los rasgos presentes de nuestro mundo que prontamente habrán de desvanecerse en la difusa atmósfera de los instantes mientras se alejan de nosotros y de nuestros recuerdos con la velocidad inconmensurable de un aerolito cósmico, el viejo mapa habría entonces de estar siendo transportado por la férrea entelequia de una bicicleta que exiguamente se esfuerza por poder soportarlo: poética y dinámica metáfora esta de la aparente fortaleza de un mundo sometido a las vicisitudes de la fragilidad de los tiempos.

Entretanto, otro de los allegados de nuestro protagonista le ha obsequiado un grueso libro que habría de contener reproducciones de la antigua iconografía rusa de carácter religioso, iconografía esta que indudablemente habrá de simbolizar para nosotros la consciencia que tenemos los hombres de los mundos superiores, aunque abismales, de nuestras más profundas y recónditas espiritualidades; símbolo también del cariz sobrenatural que habría de teñir siempre nuestras reflexiones más metafísicas sobre el origen y la condición del hombre en el universo. No obstante, un mayor símbolo previo nos ha mostrado el carácter espiritual de nuestro protagonista; para hablar de él quizá debamos mencionar otra interesante reflexión que nos hubo de proponer el poeta García Lorca en la citada conferencia:

La imaginación es el primer escalón y la base de toda poesía…[7];

la imaginación es, quizá, la facultad psíquica que mejor habrá de comunicarnos por siempre con las realidades trascendentes, y acaso sobrenaturales, de nuestro espíritu; todas nuestras invenciones, todas nuestras palabras y todo el universo de nuestros objetos artificiales fueron antes una imaginativa ficción en la mente de alguien, el platónico arquetipo que reposaba oculto en las realidades de nuestra inconsciencia y que nuestra imaginación ha traído a la luz del mundo, primero como idea y, después, como entelequia de nuestro mundo material; y es precisamente mediante la imaginación poética que habrían de estar construidos todos y cada uno de los símbolos de esta película: y acaso el principal símbolo, el principal escalón y base de toda la poesía espiritual de esta historia haya de ser tal vez el árbol marchito que Alexander y su hijo siembran al principio de la película cerca de la orilla del lago cercano a su vivienda; un árbol que habrá de convertirse después en el símbolo espiritual de todas nuestras esperanzas, pero también en el símbolo de todos los sacrificios que deberemos consumar para mantener a salvo el mundo que nos hubo de ser entregado en los remotos tiempos inaugurales del Paleolítico, y que quizá los dioses hubieron de crear por un distraído descuido de su imaginación.

Ahora bien, habría de simbolizar también una pequeña y antigua fábula, la fábula aquella que nos enseña que el exiguo, aunque significativo sacrificio de regar con agua todos los días el despojo vegetal de nuestro árbol marchito, podría, sin más, hacerlo florecer y traerlo nuevamente a la vida; es una fábula que vendría resultando ser la inmejorable metáfora de todos los ideales y todos los valores por los que verdaderamente valdría la pena luchar a través del trabajo duro y disciplinado, unos ideales que habrían de representar también nuestras más profundas esperanzas en un mundo que, con la ciega torpeza de nuestras ansiedades más desesperadas, destruimos a cada uno de nuestros pasos mientras intentamos sobreponernos al universo de todas nuestras incertidumbres. Este pequeño y marchito árbol habría de simbolizar además la más disciplinada de todas las tradiciones de la alquimia, la tradición del trabajo constante en la Gran Obra, obra esta que vendría siendo entonces la constante búsqueda del sí mismo para lograr el conocimiento de lo universal, inquiriéndolo a través de un oficio que intenta convertir los más vulgares metales, como el plomo, en el oro furtivo que habrá de convertirse después en el fruto de la Piedra Filosofal, en el símbolo de la perseverante constancia que podría ayudarnos eficazmente a transformar las tenaces arquitecturas mundo a través del Tiempo, o cuando menos, las inefables arquitecturas de nuestro mundo en particular.

Y de nuevo García Lorca:

La luz del poeta es la contradicción[8];

podríamos agregar nosotros aquí que en realidad es la luz oscura que irradia a toda la humanidad, incluso al universo entero. La contradicción, para el poeta granadino, era la fuerza que permitía a su poesía renovarse con el paso de los tiempos, cambiando de opiniones el poeta a cada momento, flirteando a cada instante con estéticas que en unas ocasiones execra y que en otras adora. Asimismo, el inenarrable decurso de nuestra existencia histórica como infinitesimales marionetas del Tiempo habría de cumplirse turbiamente en las maneras más contradictorias y paradójicas, como si fuese este el juego perverso de un dios matemático que se complacería siempre en inferir aporías de los axiomas de sustentan a todo su divertimento, unas aporías que más tarde habrán de convertirse en las leyes de nuestro mundo. De esta manera, como uno de los perversos frutos de la contradicción como partogénesis de la Historia Universal, Alexander y su familia se encontrarían asistiendo entonces a la cruda revelación mediática de la noticia atroz de que el mundo estaba ahora en guerra, quizá la última de todas nuestras guerras, la definitiva y exterminadora guerra letal que habrá de terminar con la Historia en las torpes manos de nuestras mayores iniquidades políticas y culturales: pareciera avecinarse entonces el irrevocable final de los tiempos del hombre, tiempos de los que tal vez sólo hayan de sobrevivir después los amargamente expresivos esqueletos de nuestras máquinas y de nuestras arquitecturas desmanteladas, como si acaso hubieren ellos de ser los silenciosos despojos de una civilización que brillaba otrora en medio de todas sus ignominias y sus primaverales imposturas.

La crisis en aquel momento no se hace esperar; la esposa de Alexander estalla pues en lágrimas mientras en el mundo cesa el fluido eléctrico y sobrevuelan después el firmamento los ruidosos aviones de combate de nuestros ejecutores. Entretanto, el hijo de Alexander, el enmudecido retoño de sus esperanzas, quien simbólicamente ha perdido la voz luego de una intervención quirúrgica obrada en su garganta para extirparle las amígdalas (nefandas obstaculizadoras del Verbo), duerme tranquilamente en su habitación mientras que, abajo, en la estancia, su familia concibe los postreros pensamientos de su fin. En sus momentos de solitario descanso en medio de la crisis, Alexander experimenta una serie de sueños que ahora habrían de antojársenos como premonitorios: en uno de ellos, cientos de personas consumidas por el pánico se hallarían corriendo desesperada y caóticamente a través de la reducida topografía de un callejón urbano; la imagen se desvanece cuando comenzamos a contemplar posteriormente un delgado hilillo de sangre que habría de correr sobre un extraño cristal apostado sobre el callejón. En otra ocasión Alexander soñaría con su hija mayor, desnuda, mientras su delirio la imagina ahuyentando de las habitaciones a una bandada de inmaculadas palmípedas, como si fuese éste el símbolo surrealista de su despertar a lo milagroso y lo sobrenatural, a lo mágicamente inesperado.

Después, Alexander volvería a soñar ulteriormente con aquella turba agitada que acaso huía con desespero de sus propias incertidumbres autodestructivas; en esta ocasión, cuando vislumbramos de nuevo el frágil hilillo de sangre, podemos contemplar su inocente origen, que resultaría ser, ni más ni menos, el pequeño vástago impúber de Alexander quien habría de encontrarse durmiendo, quizás, en el oscuro sueño de la Muerte. Estas extrañas visiones habrán de arrojar después a nuestro protagonista, en el momento de volver con vida del delirio de sus sueños, hacia las más aciagas reflexiones que en seguida habrán de culmina con la férrea decisión indefectible de aceptar el sacrificio que podría terminar salvando al mundo: yacer amatoriamente en el lecho de su ama de llaves, la bruja María, la única mujer que podría devolverle al mundo su habitual equilibrio, la mujer arquetípica que habría de encarnar a la madre primigenia de todos los hombres, siendo ella el génesis de toda la progenie de Adán, quien hubo de ser el Primer Hombre y habría de haber encarnado en la persona de Alexander, quien a su vez vendría siendo el último de todos ellos, el último de todos los varones que morirán con él si no yace en amor con la madre primigenia, con esta Isis de los últimos tiempos y matrona del Infinito en las postrimerías de la Tierra.

De manera conveniente, la mujer vive en las cercanías del chalet de nuestro último primer hombre, en una vetusta casona casi desmantelada frente a la cual se pasean las innumerables ovejas de un rebaño que habita cerca de allí como su acaso hubieren de ser los símbolos, quizás, de nuestra extraviada inocencia; Alexander, quien furtivamente ha escapado de su casa huyendo por la ventana mientras porta en sus manos un huevo facilitado por el cartero hierofante y que nuestro portagonista no deberá romper, ha logrado en aquel momento arribar hasta el domicilio de María en la bicicleta que también le habría de haber prestado su amigo el cartero, abriéndose entonces paso con desesperada torpeza a través del fango; con anterioridad, antes de la partida de María desde la casa de Alexander hasta el frío silencio de su morada, los dos habían charlado sobre una pequeña maqueta que reproducía en miniatura las dimensiones de la vivienda campestre de éste, aparecida insólitamente sobre el fango de un lodazal de otoño que había quedado contiguo a la casa como la oscura y húmeda cicatriz de una profética tormenta. Se trataba de una maqueta obrada por el pequeño hijo de Alexander, explica ella, para entretenerse él durante sus juegos; esta pequeña y simbólica reproducción encerraba, también, otra extraña premonición sobre los últimos instantes de nuestro protagonista en el mundo de la consciencia ordinaria. De vuelta en la casa de María, el Último Hombre logra abrirse paso hasta la puerta en medio de la gélida neblina de una madrugada otoñal, quizás, su última madrugada sobre la Tierra.

La bruja aparece entonces en la puerta, sorprendida por tan inesperada visita, permitiendo después, desde luego, que su visitante penetre en su morada. ¿Cómo explicar a una mujer que en sus manos está la salvación de todo un planeta, cuando se sabe que ella, al igual que nosotros, ignora por completo el por qué? Torpes y atropelladas palabras son proferidas por Alexander para intentar explicar las intenciones de su imprevista visita; naturalmente, la mujer comprende solamente a medias, creyendo que su atormentado visitante sólo la desea carnalmente: evidentemente, ella desconoce sus propios poderes y su importante papel en el vastamente infinito drama cósmico; todo podría ser nada más que la acalorada fantasía del cartero, a la que Alexander ha sucumbido prisionero de sus mayores y más inenarrables incertidumbres. Pero, cuando al fin yacen juntos en el lecho de la inopinada bruja, sus cuerpos se elevan sobre los aires, cubiertos exclusivamente por la impoluta albura de las sábanas de María, como si estuviesen en una especie de tránsito a través del cual se hallaran recorriendo las astrales grietas del Tiempo, en busca de una redención que quizá los hombres no merezcamos, o que quizá tan sólo signifique para nosotros unos cuantos días más sobre la Tierra.

La noche lentamente se ha desvanecido y con las primeras luces de la aurora la Tierra respira nuevamente en el nacimiento de un nuevo día, un nuevo día que es el mismo día repetido infinitesimalmente por el transcurso de nuestras órbitas planetarias; el ahora Primer Hombre despierta de sus furiosas pesadillas en el sofá de su estudio, como si el mundo nunca hubiese estado en guerra, como si nunca hubiese pernoctado él bajo las sábanas de la bruja, como si sólo hubiesen transcurrido unos cuantos minutos desde que hubo de recostarse en el blando sofá de su gabinete para ulteriormente tener sus sueños premonitorios: con confusión, con terror, con alivio comprobaría después que su sacrificio había rendido el anhelado fruto. La casa, en esos instantes, se hallaba vacía: su hijo había salido temprano en la mañana para ir a regar su árbol marchito mientras que el resto de su familia departía fuera de la cabaña en un frugal desayuno campestre; después, ellos habrán de decidir tomar un paseo por el campo, mientras que Alexander alegaría no sé qué motivos para quedarse solo en casa: había llegado la hora de consumar la parte final del sacrificio. Todo sacrificio comporta la existencia de dos partes esenciales: primero, la ablución que habrá de purificarnos para acometer el rito, y después, las libaciones que habrán de consumarlo; la bruja María, la encarnación de la Primera Mujer, la Isis de las postrimerías y los crepúsculos del Tiempo, ha sido para Alexander el vehículo de sus abluciones; y ahora, en un ejercicio de infinita soledad, deberá cumplir con el ritual de las libaciones para consumar su sacrificio. Pero estas libaciones le exigen el abandono total, porque implican la gran renuncia al mundo que hacen los hombres sabios para abandonarse a las realidades de su espíritu en la soledad de la Naturaleza, tal como hubo de acontecer con el sabio Lao-Tse, el de Orejas Largas, hace cientos de años y quien hubo de retirarse en completo ascetismo a la inmaculada soledad de los bosques sureños del Imperio Chino, mientras que Buda y Confucio reflexionaban todavía sobre la condición del hombre en las mutaciones del Universo.

Para Alexander, las libaciones de su sacrificio, que lo introducirán a esa suerte de ascetismo que comporta la renuncia, estarán teñidas de un cierto matiz dramático de dimensiones sobrenaturales, puesto que habrá de acceder él a un estado superior de consciencia, acaso incomprensible para los demás, quienes posiblemente teman haber perdido a uno de los suyos viéndolo extraviarse por los oscuros senderos del misterio y la agonía; y en verdad habrá de resultar una completa agonía para Alexander renunciar a su mundo y, quizás, a su cultura de hombre civilizado que ha sido criado en los rigores materialistas del mundo occidental, pero que ha buscado respuestas para sus incertidumbres en las Humanidades y en las Artes: Alexander deberá ahora abandonar todo eso y más; deberá renunciar a sí mismo para lograr el conocimiento de lo universal a través del acto supremo de abandonar su propio yo y todo el universo de deseos que ese yo implica:

No existe para nosotros otra realidad que el hambre, ni hay otra cosa más sagrada que nuestros deseos… Todos los altares han ido cayendo uno tras otro a nuestra vista; uno sólo continúa inamovible; aquél en el que quemamos incienso a nuestro ídolo supremo: nosotros mismos[9],

comentaría el considerado por muchos como un clásico menor dentro de la literatura japonesa Kakuzo Okakura en su pequeña obrita sobre el culto oriental al té; y, precisamente, Alexander ha decidido renunciar a él mismo como ídolo de su propia realidad a través de la simbólica ablución ofrecida por él en el lecho de María, y ahora se ha liberado de todas y cada una de sus máscaras.

Pero, volviendo sobre las simbólicas libaciones que deberá cumplir todavía nuestro Primer Hombre, deberemos mencionar aquí que se trata de otro ritual simbólico de antiquísimo abolengo: el ritual de la purificación simbólica a través del fuego; Alexander decide entonces que su casa entera deberá arder, como si fuese el símbolo de su renunciación y de su entrada a las realidades trascendentes de un estadio espiritual más elevado. Unas palabras de Borges podrían ayudarnos a iluminar este oscuro pasaje en el mundo de los símbolos rituales:

La tiniebla y la luz habían coexistido siempre, ignorándose, y cuando se vieron al fin, la luz apenas miró y se dio vuelta, pero la enamorada oscuridad se apoderó de su reflejo o recuerdo, y ese fue el principio del hombre[10];

la sumatoria total de todas nuestras interioridades podría dibujar entonces el secreto y oscuro mapa que acaso pudiere llegar a describir la inenarrable topografía espiritual que se todavía agazapa en nuestras profundidades existenciales, y que es, quizá, un reflejo de ese primigenio encuentro entre la oscuridad y la luz del que nos habla Borges, y que en tiempos remotos hubo de dar origen al Primer Hombre, siendo además en sí mismo este primordial encuentro el originario ritual de sacrificio que hubo de engendrar a la posterior progenie humana al interior del Cosmos: la tiniebla hubo de sacrificar una parte de su oscuridad para que en ella habitase su memoria del efímero instante en que la luz hubo de mirarla directamente a su rostro, creando de esta manera, mediante su recuerdo, la luz que habría de alumbrar sus oscuras interioridades en la forma de la Especie Humana. Asimismo, el inopinado encuentro de las tinieblas y la luz en el lecho de la bruja María ha hecho resurgir al Primer Hombre en la persona de Alexander, pariéndolo en un mundo todavía amenazado por la Guerra Fría de entonces, colocándolo sin embargo en la posición de un solitario Adán de los horizontes postreros del mundo; pero un Adán que es, asimismo y de manera acaso insólita, origen y redentor de su misma progenie.

Repetiremos ahora algo que ya hemos escrito en alguna otra página: nuestro efímero paso sobre la tierra podría llegar a reducirse a tan sólo una cosa: la sumatoria total de todos los motivos que consuetudinariamente hemos inventado para el simple hecho de existir, y que al final habrá deconvertirse en la sumatoria de todos nuestros estragos. Precisamente, Alexander, mediante el acto supremo de prender fuego a su terruño, ha renunciado a esa sumatoria total de efímeras naderías y ha vaciado su mente y su corazón en una renunciación que se nos antoja más poderosa y trascendental que el mismo suicidio: si Alexander hubiese sucumbido a sus instintos de muerte voluntaria, habría despojado a la Historia Universal de todos sus posibles futuros y de todas sus posibles configuraciones; habría privado también a su hijo del privilegio de poder morir por sus ideales y habría fulminado a la entera humanidad a través del acto, ínfimo y cobarde, de un inopinado suicida:

El que mata a un hombre mata a un hombre. Y el que se suicida mata a los hombres; en la medida de sus fuerzas, aniquila al mundo. Simbólicamente considerada, su acción es peor que cualquier violación o atentado dinamitero; porque acaba con todos los edificios e injuria a la vez a todas las mujeres[11].

Ahora bien, un estado mental de inefable libertad como al que se ha sometido nuestro Primer Hombre a través de la suprema renunciación, quizá sólo podría ser equiparado con justicia a la aparente indiferencia del hombre sabio; pero, trágicamente, sus allegados no pueden entender la naturaleza de esta renuncia y, con la injusticia propia de la ignorancia, condenan entonces a su redentor al ostracismo habitual al que son sometidos los enfermos mentales: una ambulancia se ha aparecido por allí para conducir al pobre Alexander a la fría y aséptica salubridad de un sanatorio mental: una vez más, la humanidad se encargará de martirizar a sus redentores, ahogándoles en una artificiosidad que no les ha pertenecido a los santos más que para execrarla. Probablemente la sumatoria de todos nuestros estragos haya nublado nuestra capacidad de buen juicio, prohibiéndonos no sólo el acceso a la sabiduría, sino, además, al reconocimiento de ella en los ojos del otro, y tal vez esos mismos estragos nos hagan perecer antes de poder contemplar cómo el árbol marchito de nuestras vidas hubiese florecido de nuevo si hubiésemos cumplido a tiempo con nuestras abluciones y nuestras libaciones. Al final, sólo quedará la imagen de este árbol marchito, aguardando por los silenciosos y disciplinados trabajos de nuestro sacrificio.



[1] FEDERICO GARCÍA LORCA, Imaginación, Inspiración, Evasión, conferencia aparecida en Obras Completas, pp.1543-1544, AGUILAR, Madrid, 1955.

[2] LUDWIG WITTGENSTEIN, Aforismos, 4, p. 10. COLECCIÓN AUSTRAL, 1996.

[3] ANDREI TARKOVSKI, Esculpir en el Tiempo, p. 105.

[4] TARKOVSKI, Op. Cit., p. 107.

[5] E. M. CIORAN, Del Inconveniente de Haber Nacido, II, p. 41. TAURUS, Madrid, 1995.

[6] JOHANN WOLFGANG GOETHE, Hermann y Dorotea, II, obra contenida en Obras Selectas de Goethe, p. 485. EL ATENEO, Buenos Aires, 1965.

[7] GARCÍA LORCA, Op. Cit., p. 1544.

[8] GARCÍA LORCA, Ibidem, p. 1548.

[9] KAKUZO OKAKURA, El Libro del Té, VI, p. 200. EDICOMUNICACIÓN, 1999.

[10] JORGE LUÍS BORGES, Una Vindicación del Falso Basílides, ensayo aparecido en Discusión, contenido en Obras Completas de Jorge Luís Borges, p 214. EMECÉ, Buenos Aires, 1974.

[11] G. K. CHESTERTON, Ortodoxia, V, p. 142. CASA EDITORIAL CALLEJA, Madrid, 1917.