miércoles, 12 de marzo de 2008

ASIMÉTRICAS VARIACIONES ALREDEDOR DE UNA LÚDICA QUIMERA DE ANDREI TARKOVSKI


(Espejismo lúdico de un ensueño)

Una buena metáfora refresca el entendimiento.

LUDWIG WITTGENSTEIN, Aforismos, 4.

Una imagen es… una impresión de la verdad

A la que podemos dirigir nuestra mirada desde

Nuestros ojos ciegos.

ANDREI TARKOVSKI, Esculpir en el Tiempo.

En las numerosas ocasiones en las que mis delirios de la noche me han sido arrebatados por las crueles insanías dialécticas del insomnio, he venido a preguntarme por todos esos arcanos misterios que construyen para nosotros las recónditas y asimétricas razones que dibujan el sentido de todos nuestros más hábiles juegos de gente adulta –y dentro de ellos, quizá el juego de la vida haya de ser tal vez el más inabarcable de todos nuestros juegos-, inquiriéndome entonces sobre la manera insólita en que nuestros juegos dibujan la inescrutable topografía de un mapa secreto: el mapa de nuestro lento, aunque efímero transcurrir histórico a través de nuestras propias arquitecturas helicoidales del Tiempo. Ahora bien, pensemos durante unos breves instantes que todo juego habría de ser una equilibrada y acaso simétrica manifestación de la armonía que, durante nuestros instantes de lúdico desenfreno, se conjugaría entonces en nuestros dos lóbulos cerebrales: el izquierdo, analítico y autoritario, dialéctico y racional, en suma, bibliográfico; y el derecho, imaginativo e intuitivo, acaso sentimental y apasionado, en suma, audiovisual.

Mis nocherniegas especulaciones partían de cierto par de premisas conspiradas alguna vez por la teutona pluma inmortal del poeta Schiller, mientras reflexionaba yo entre la oscura tibieza de mis sábanas que, en primer lugar todo juego habría de comportar una serie de reglas, reglas estas que habrían de constituir la parte racional y analítica del solaz en sí: esto vendría siendo entonces responsabilidad directa de nuestro metódico lóbulo cerebral izquierdo; pero también, en segundo lugar todo juego habría de comportar una cierta liberación de cargas emocionales que vertimos nosotros a la manera de una divertida participación lúdica en las alegrías de poder jugarlo con gracioso sentido del humor: habría esto de ser entonces claramente una responsabilidad directa de nuestro intuitivo lóbulo cerebral derecho: a la sazón querría esto decir que el adecuado equilibrio del uso de ambos lóbulos a lo largo de los instantes que abarque la completa duración del juego, proporcionará pues el apropiado y justo desempeño lúdico de todos y cada uno de los participantes que se lancen a experimentarlo: sería entonces aquí donde habría de radicar el simbiótico equilibrio mental que advertimos al participar de todo juego: nuestro lóbulo cerebral derecho habría de abandonarse entonces a las divertidas intuiciones que nos permitirán construir, con las sólidas estrategias que habrán surgido de nuestro lóbulo cerebral izquierdo, nuestra, quizás, irónica participación en el divertimento a través de una reglas preestablecidas de antemano; y postulo irónica -aunque tal vez hubiera sido mejor haber postulado socarrona- puesto que públicamente hemos sido capaces de afirmar, con cierto aire de arrogante vanidad, que efectivamente habríamos nosotros de habernos lanzado al solaz del juego con el ánimo de divertirnos; pero, secretamente siempre sabemos que lo hemos hecho para vencer y humillar a nuestros oponentes de partida, para gozar después de nuestra victoriosa, aunque efímera, superioridad gloriosa que habrá de distinguirnos del montón, intentando nosotros demostrar con nuestra victoria que jamás serán ellos nuestros iguales.

Pero, rabiosamente, al terminar el plazo del juego retornamos siempre a nuestra condición de pobres diablos amaestrados en los mejores rigores de la cultura del consumo y el capital: pobres dementes infelices que juegan toda su vida buscando los laureles del triunfo y la gloria, soñando con el gobierno del mundo para ser sus amos indiscutibles y eternos, soñando siempre con alcanzar la victoria en nuestros juegos vitales como sólo los Césares de Roma lo hubieron de lograr en sus siglos pretéritos, en medio de los abigarrados esplendores de un mundo decadente y cruel hasta la insanía: jugamos, como ellos, para alcanzar la inmortalidad, juiciosamente vigilados desde el Elíseo por la sabia y experimentada mirada de Augusto César; jugamos para arrebatarle al mundo unas pocas limosnas de su empírea gloria, mientras avanzamos dando tumbos a través de la turbia oscuridad en la que hemos nacido y en la que habremos de morir, germinando y pereciendo por siempre en lo más profundo del misterio: la vida, amigos míos, no es otra cosa que el suspiro arrebatado que expiramos todos los hombres cuando decidimos soñar con el juego de los dioses para arrebatarles la Ambrosía de la inmortalidad. Sin embargo, para la mayor transparencia del onirismo delirante de todos nuestros juegos y de nuestro acérrimo e intransigente discurso fenomenológico, durante el transcurso de esos lúdicos instantes de desenfreno reglamentado pensamos entonces en la necesaria presencia de un guía, de un stalker que nos ayude a descifrar las condiciones oscuras del más sombrío de todos nuestros juegos soñados: el conocimiento del sí mismo. De hecho, todos los juegos vitales que hemos inventado para colorear nuestras pálidas y acaso aburridas existencias, son, precisamente, nada más que el inmejorable territorio de juego en el cual jugamos nuestras vidas hasta la muerte mientras recorremos el sendero en compañía del stalker, acaso el genial soñador de las más insondables lúdicas de la Verdad Profunda.

Ahora bien, jugando este oscuro retozo del conocimiento del sí mismo mientras somos soñados por él podríamos nosotros llegar a engañar a nuestro stalker, pero, lamentablemente para muchos de nosotros, no podremos nunca llegar a violar las reglas que habrá por terminar de imponernos; porque de hecho hacerlo comportaría entonces una muerte que podría antojársenos tanto infinitesimalmente súbita, como indeciblemente dolorosa y lenta. Tal vez podamos engañar al stalker, incluso tal vez podamos sobrevivir si violamos en secreto una que otra de sus reglas, alejándonos circunstancial e instantáneamente de su protector manto de lazarillo y guía de nuestro juego; sí, tal vez podamos hacerlo, si disponemos de una audacia como la que ostentaba el preclaro Odiseo en los poemas de Homero. Pero, la mayor trampa que esconde nuestro juego vital radica en que no podremos nunca llegar a engañar al campo de juego, tan infinitamente vivo como las mismas células de nuestra propia y torrentosa sangre, como si fuese este campo un escenario de carne y hueso donde los espejos del ensueño se multiplicasen infinitamente dentro de la carne interior de nuestros propios espíritus, logrando él leer cada uno de los pasos que habrían de estar dando nuestros agitados y turbios pensamientos sobre el mundo, leyendo todos y cada uno de los crímenes que furtivamente planeamos en silencio para apoderarnos de los laureles de la gloria, leyendo todos y cada uno de los ínfimos destinos de cada una de nuestras horas más solitarias…

Inquietante invento este de un campo de juego perfectamente consciente de su propia existencia, y tan capaz de protegerse a sí mismo, como si fuese un artero animal de rapiña dotado de avezados instintos de conservación; precisamente tal y como la vida misma: un campo de juego que pareciera encontrarse respirando sus hálitos vitales en medio de su ajetreado transcurrir de sucesos, los volátiles sucesos anodinos de nuestras vidas efímeras, vidas en las que pretendemos siempre estar jugando con impecabilidad un juego acaso tan descomunal como la misma geografía que lo contiene: una vez más, la vida ha sido infinitamente más sabia y sagaz que sus humildes e imperfectas criaturas, los vástagos de una ajetreada y desconsoladora Historia Universal que han venido a dominar la Tierra con su necia voluntad de poder y sus instintos de muerte y de violencia, convertidos invariablemente en ridículos Calígulas del tedio y de la amargura, convertidos en los voraces amantes de ese insaciable instinto de consumo que con tanta habilidad hemos disfrazado perpetuamente con nuestras más totalitarias retóricas del progreso y la evolución, inventos estos que hemos concebido para creer con ellos que siempre hemos sido dignos de una milenaria Historia Natural que continuamente termina por rebasarnos a cada uno de nuestros más torpes instantes sobre la Tierra.

Soñamos jugar su divertimento en el papel de los bufones de la amargura y el olvido, pernoctando nosotros secretamente en los territorios de una guerra solapada y eterna en la que nuestros más acérrimos y descarnados enemigos habrían de serlo nuestros propios espejos, los espejos de cierta perenne mascarada que encubre de alegrías nuestro universo de imperturbables agonías y de miserables derrotas: no se le puede ganar a la vida durante demasiado tiempo; tarde o temprano termina por traernos ella el mísero instante de la capitulación, el instante moribundo en el que habremos de abdicar mientras lamentamos todo el rigor de nuestras teatralidades más farsescas y desconsideradas: tal es la naturaleza de nuestro juego, el juego del conocimiento del sí mismo a través de la vida misma, una vida que se nos escapa en medio de nuestros más distorsionados aullidos de dolor y desenfreno, como si fuesen los crispados lamentos que hemos entonado quedamente sobre la muerte de un aciago campo de batalla.

Pero el sueño de este juego existe desde mucho antes de nuestro nacimiento, desde los mismísimos remotos y pretéritos instantes aquellos en los que sólo existía el Verbo, como si fuese el hálito de un Dios asqueado del tedio de su propio e infinitesimal silencio cósmico. Desde luego, habría de tratarse este de un juego voluble y volátil que temporal y, quizá, accidentalmente ha creado seres bípedos inteligentes dotados de una infinita capacidad de amargura, una capacidad que ellos hábilmente disimulan con su inagotable habilidad para practicar, sobre el mármol sus propios sepulcros, la sonrisa plena de sus efímeras alegrías: un juego así debería ser atroz, tal vez perverso; un juego en el que todos hayamos de correr para que al final ganemos el derecho a quedarnos quietos, totalmente tiesos ante la impertérrita mirada de los arcángeles del crepúsculo de nuestros instantes, los mismos arcángeles que con sus espadas de fuego habrán, como las Moiras griegas, de segar el hilo de argento con el que han tejido ellas la telaraña de todos nuestros destinos.

Ahora bien, deberé anotar yo aquí que desde luego este juego ciertamente habría de poseer el sueño de su propia estética; trataríase entonces esta estética de una que habría de hacer mover la entera naturaleza de nuestro juego, transformándole a cada minuto en la mayor de las fantasmagóricas metamorfosis que habrán de moldear por siempre nuestros perecederos instantes: un juego que se metamorfosea, pero que nunca envejece ni que tampoco se desactualiza; uno que se mueve mientras continúa, y que continuará moviéndose por siempre, preservando eternamente la adusta seriedad de todos sus inmortales rigores, muy a pesar de la ingenua ineptitud de todo nuestro universo de generaciones sucesivas, que siempre habrán de terminar por parecernos absolutamente incapaces tan siquiera de llegar abarcarle por completo, o tan sólo de poder describirle con sus memorias de una manera siquiera someramente adecuada: es una estética de la reinvención que se manifiesta en nuestro mundo a velocidades inconmensurables, pero que nuestro instinto de supervivencia tiñe con los extraños tintes de nuestras aparentemente largas y monótonas vidas, plagadas de días idénticos en los que habrían de estar transcurriendo las lágrimas de nuestras amarguras: la felicidad vendría a ser tan sólo uno de los efímeros chispazos que habrían de estar brotando de las articuladas coyunturas de semejante metamorfosis de estética lúdica; porque, desde luego, nuestra vida es también una suerte de estética, que sólo los más aventajados han sabido articular con la armoniosa precisión de una sinfonía de Shostakovich o de la cromática concordia de un lienzo de Leonardo.

Pensemos ahora en esta estética lúdica a través de las metamorfosis del cine; pensemos específicamente en el sueño de esa estética de la lúdica de un director como Andrei Tarkovski, quizá el más poético de todos los grandes directores que hubieron de nacer en la moderna Rusia de los antiguos zares. Porque, desde luego, hay una suerte de lúdica en esa estética suya, tan devota de los ritmos pausados y sosegados, del monólogo atormentado y psicológico, de la fotografía discreta y el claroscuro accidental, de la cita artística y la referencia estética, de los acompasados movimientos de cámara, del onirismo y lo sobrenatural. Y esta estética suya habría de constituir entonces una suerte de lúdica, porque al interior de su cinematografía habrían de hallarse magistralmente fusionadas las funciones neurálgicas de nuestros dos lóbulos cerebrales, esto es, lo analítico y lo lúdico, coexistiendo juntos armónicamente en una estética que tendría entonces tanto de intuición como de reflexión: una estética que juega con las travesuras del sueño, como si fuese un lúdico tiovivo rodeado de espejos que distorsionan nuestras imágenes del mundo, pero en el que, jugando sobre sus falaces corceles de madera, retornamos nosotros por unos brevísimos instantes a nuestros más felices días de la infancia.

Es el suyo el sueño de un cine del movimiento, el sueño de un cine que habría de haber imitado los secretos movimientos del mundo mientras los traduce a imágenes en un inmejorable dominio de la gramática cinematográfica: actores que se mueven a lo largo de los espacios encuadrados mientras la cámara los persigue, o los descubre, a través de pausados travellings que evocan la metamorfosis que transforma a la entera completitud de nuestro juego segundo a segundo. Es el suyo un arte en el que asistimos al más perfecto equilibrio de razón e intuición, de cálculo y sentimiento, de imagen y parlamento: es el suyo el sueño de un disipado juego que se desarrolla de acuerdo a sus reglas intrínsecas e inmanentes. Lúdica entre las lúdicas, Stalker es sin lugar a dudas su película más explícita y sinceramente onírica, por no decir fantástica, y que quizá pudiere llegar a recordarnos ciertas fantasías literarias que se tornasolan en un abanico que podría ir desde el onirismo más siniestro de un Kafka, hasta las fantásticas ficciones más verosímilmente oníricas de un Borges o un Bioy Casares, pasando por las perversas fantasías de una Silvina Ocampo o de un aciago Edgar Allan Poe. Stalker no solamente habría de representar para mí el intríngulis mismo de la estética lúdica de Tarkovski, sino que vendría siendo, además, una historia lúdica: la historia de un juego sobrenatural que nos convence de ser real gracias a los mejores esfuerzos que hace su lazarillo, el stalker, por convencernos de que así es.

Pensemos por unos instantes en este stalker, singular personaje ilustremente encarnado por Sergei Kaidanovsky, notable director de cine que hizo las veces de actor para cristalizar una de las más trascendentales fantasías de su maestro Tarkovski, fantasía que habría de ser, del mismo modo, una inmejorable metáfora del juego mismo de la vida: una metáfora que habría de simbolizar el propio campo de batalla donde consuetudinariamente jugamos nuestro juego; este extraño campo de batalla, o mejor, campo de lúdico desenfreno, nos es referido en la película como una extraña región en la que ha ocurrido algo particularmente insólito: en cierta y lejana ocasión hubo de impactar en la región un aerolito caído de los cielos, contaminando una vasta porción de aquél territorio con una magia secreta y extravagante: cosas inimaginables suceden al interior del extraño lugar, a donde ha enviado el Estado ejércitos y brigadas policíacas que han desaparecido por completo sin dejar rastro, o que han enfermado con brutalidad sin que jamás se haya podido develar el misterio de tan extraña contaminación; quizá radiaciones de rayos cósmicos, o quizá una corrupción radioactiva por efecto del foráneo y celeste aerolito maligno. Las autoridades han tomado sus medidas y han cercado la zona levantando unos pesados linderos vigilados por soldados robustamente armados; quien intente franquear estos linderos, morirá. La contaminada y vigilada región es, también, el insondable símbolo de nuestro campo de batalla, la inefable metáfora de nuestro tablero de ajedrez cósmico, que recibe el simple y modesto nombre de LA ZONA.

Mágicamente, la ZONA habría de poseer ciertos secretos insólitos que pronto habrán de convertirla en un mito: se dice que en su centro hay una habitación mágica que tiene el don de cumplir el deseo más profundo de quien la habite en el instante preciso en que el deseo se ansíe. Se dice también que la ZONA es sabia, y que no se puede llegar a engañarle, puesto que ella misma podría leer el corazón de quien la habite, y entonces sabrá perfectamente qué es lo que el visitante en verdad sueña y anhela; habría de poseer a la sazón esta misteriosa ZONA una extraña inteligencia, una inteligencia que le permitirá descifrar en el rompecabezas de nuestras almas el verdadero y auténtico deseo más profundo que se haya agazapado en los rincones más remotos de nuestros inicuos corazones de hombres, tan llenos de ambiciones y de proyectos, pero también, de deslealtades.

Pensemos ahora en la secreta función que habrá de tener el stalker al interior de la ZONA. Como ya habíamos comentado antes, con cierta torpeza, todo juego habría de requerir de un cierto conjunto de reglas que precisamente habrá de darle coherencia y solidez como juego mismo; y desde luego, todo juego habría también de necesitar de la ineludible presencia de un moderador que haga las veces de guía, pero, también, las veces de juez de toda la conspiración estratégica de nuestras acciones, acciones estas con las que, oscuramente, ya sea con pérfida infamia o bien con modesta honestidad, hemos pretendido llegar a vencer a nuestros enemigos para poder arrebatarles los laureles del triunfo, o cuando menos poder evitarnos la humillación de tener que atravesar el término al último, tal y como suelen hacerlo ciertas gentes que despreciamos en secreto, y que al contemplarlos en su derrota nos hacen regodearnos en nuestros falaces instintos de superioridad, una superioridad que, por supuesto, jamás hemos poseído y que probablemente jamás llegaremos a poseer. Este sabio, y además necesario, moderador habrá de llevarnos con la mayor de las sutilezas por los equívocos senderos de nuestro campo de batalla -que tal vez pudiere ser en realidad tan sólo un campo de encuentros truncados-, mientras nos desplazamos nosotros a través de sus geografías para preparar entonces todos nuestros ataques.

Y como también todo juego habría de comportar cierto número de trampas, nuestro stalker habrá de conducirnos sanos y salvos a través de estas invisibles fullerías que quizá hubieren de estar poblando el íntegro territorio de la ZONA: personaje hábil y sagaz este stalker, quien habrá de impedir que muramos acorralados por nuestra propia imbecilidad, imbecilidad esta que, cegada por los innumerables y narcisistas sueños de nuestra falaz autosuficiencia, no sabría ella conducirse adecuadamente por los senderos de la vida y que, precisamente, por la naturaleza estúpida de su ciega inteligencia, podría entonces hacernos perder el juego antes de intentar jugarlo: el stalker habría entonces de estar con nosotros para evitar que nos matemos los unos a los otros mientras vigila que la ZONA no nos vaya a despedazar por culpa de nuestros estúpidos y lamentables descuidos. Ahora bien, ¿quién es este singular personaje que hace para nosotros las veces de stalker? Un hombre humilde que vive en un rancho miserable en el que duerme con su hija y su esposa en la misma cama; su condición de soledad sublimada le asemeja a los santos: un hombre pobre que no quiere nada para sí mismo, pero que lucha constantemente para que los demás cumplan su mayor deseo, conduciéndolos en aquel momento en un misterioso juego a través de los infames peligros que secretamente oculta la fantástica, aunque acaso letal ZONA.

¿Quiénes han recurrido ahora a los servicios de este santo renegado que no busca la santidad, sino la paz? Un aguzado y taciturno científico que secretamente busca la gloria del premio Nobel, pero que también guarda para sí otro oscuro y mortal objetivo. El otro jugador, un escritor pesimista y desesperanzado que sin embargo quiere ser leído y aplaudido por las multitudes: habría entonces de ser esta una extraña y lúdica pareja de intelectuales que ha sucumbido ante el sueño de los mitos de una fantasmagórica realidad, aunque demasiado bien custodiada bajo el celo del Estado como para que haya de tratarse de una simple y falaz impostura; esta pareja habrá pues de simbolizar el deseo de la humanidad por alcanzar las más altas esferas del conocimiento, tanto del interior como del exterior: el científico ha buscado sus respuestas en el cuidadoso estudio de la materia que compone nuestro universo externo, mientras que el escritor habría de haber preferido los profundos e insondables secretos del alma humana que componen nuestro secreto universo interior: somos nosotros mismos, representados aquí con la sabiduría de Tarkovski a la manera de dos arquetípicos buscadores de la verdad.

Algo verdaderamente misterioso se esconde tras esas empalizadas vigiladas con ferocidad: transgredir sus linderos para internarse en los peligros que guarda la ZONA habría de comportar asimismo un peligro que podría quitarnos la vida; cientos de soldados armados la custodian con el celo propio que ostentan todas las doctrinas militares: ingresar en el juego letal de la ZONA habría entonces de comportar otro juego casi tan letal como el primero. Pero el stalker es un hombre verdaderamente hábil que con los años ha logrado dominar con silenciosa perfección las artes de su humilde oficio, y prontamente habrá de enseñarnos a escurrirnos en la oscuridad bajo las balas que disparan nuestros primeros obstáculos mientras vamos en busca de la iluminación por las vías de los misterios y de los enigmas del deseo: la metáfora de nuestro juego vital ha comenzado ahora; hemos de comprender después, que quizá el juego habría de haber comenzado ya desde pretéritos tiempos remotos, y que ha sido tan sólo ahora, palpitando nuestras células al presnete bajo la carne de las nuevas generaciones, cuando hemos tenido el coraje suficiente y la furiosa voluntad para jugarlo verdaderamente, arriesgando nosotros hasta el último milímetro de nuestra piel en pos de un objetivo vago y casi irreal de tan fantástico y descomunal, como si estuviésemos decididos a naufragar en los océanos interminables de nuestras más audaces fantasías alucinadas de la noche.

Entretanto, la música electroacústica de Eduard Artemeiev nos ha transportado ahora a un cosmos tan paralelo y sobrenatural como los reflejos del mundo en nuestros espejos: sabemos que ese mundo está ahí, puesto que somos capaces de verlo, pero ignoramos por completo la verdadera naturaleza que habrá de estar animando al universo de todas sus imágenes; dependemos entonces de nuestro stalker para aprender a descifrarlas. Ahora bien, luego de haber esquivado valiente y osadamente los fusiles que nos impedían entrar, en un largo trayecto a través de los rieles que surcan la mítica ZONA -recorrido este en el que el claroscuro del blanco y negro nos ha abandonado para dar paso al color, que habría de brillar ahora al interior de la mítica región mientras reverbera sobre todas y cada una de las hierbas que la colman-, nos hemos adentrado lentamente en la magia secreta de la ZONA.

Durante unos instantes de sigilosa soledad en la que nuestro stalker habría de obsequiarle un saludo a las verdes frondas de un paisaje que le es infinitesimalmente familiar, lo vemos entonces experimentar una especie de regressus ad uterum, como si estuviese retornando a su verdadera y única naturaleza, una naturaleza de la que se ha visto cruelmente separado para servir de intermediario entre dos mundos paralelos que adempero habrían de ser como dos circunferencias que se tocan tangencialmente: dos universos separados que necesitan el uno del otro para su habitual existencia y que sólo comparten un único punto de milagrosa tangencialidad, punto este a través del cual quizá podríamos llegar a caer a los más profundos e inenarrables abismos de la existencia, o quizá podríamos llegar a conquistar nuestro derecho a la paz y a la serenidad de una vejez cómodamente tranquila y sosegada, después de haber alcanzado el cabal Conocimiento Supremo de toda la infinita sucesión de aconteceres sobre la Tierra: la magia de la ZONA podría permitirnos la mayor de todas las sabidurías, o podría proveernos la mayor de todas las desgracias: todo ello en un mismo y efímero instante, puesto que al hombre habría de bastarle nada más que con sólo un segundo para acabar descendiendo a los infiernos del Tártaro de por vida; cruel destino este de la vida humana: una sola decisión, un solo segundo de descuido, un solo instante de distracción podría terminar por acarrearnos todo un universo de insospechadas y amargas consecuencias.

Ahora bien, ¿cuál habría de ser el aciago juego secreto de engaños que estaría ocultándonos la ZONA?: con la perversidad propia del sobrenatural paganismo de una desalmada herejía, cual campo ferozmente minado la ZONA habría de estar plagada de ciertas trampas invisibles, unas que habrían de ser como virulentas licuadoras de carne que habrán de esparcir nuestras moléculas por el espacio si torpe y estúpidamente llegásemos a caer en alguna de ellas; por lo tanto, habría entonces de resultarnos prácticamente inadmisible intentar atravesarla en línea recta, así como tampoco podríamos sencillamente dar un simple rodeo para poder llegar después hasta la muy célebre y muy mágica y misteriosa habitación de los deseos: tendremos entonces, sin lugar a dudas, la improrrogable necesidad de recurrir a la astucia del stalker para poder movernos en su interior sin llegar a perecer accidentalmente; no obstante, podemos nosotros al presente ver nuestro ansiado destino a unos cuantos y pedestres pasos: la famosa habitación de los deseos habría entonces de estar, sin más, solamente frente a nuestras heladas y congestionadas narices; pero bien sabemos ahora que la ZONA habrá de impedirnos un inocente acercamiento directo a aquella tan sólo caminando en una simple, pero suficiente línea recta.

No nos queda más remedio que soñar mientras continuamos jugando con las reglas de nuestro stalker; pero a pesar de ello, y como el oscuro y secreto interior de nuestras mentes habría en verdad de ser pérfido hasta el delirio y nuestro corazón rencoroso hasta la saciedad, conjeturamos nosotros entonces que nuestro miserable y anónimo guía posiblemente pudiere haber imaginado todo para tratar de timarnos y quedarse con nuestro dinero mientras se ríe de nuestra crédula ingenuidad; en aquel momento, con la venenosa arrogancia propia de nuestros peores malestares más ególatras, intentamos entonces desobedecerle mientras comenzamos a avanzar hacia nuestro objetivo por donde nos place, caminando siempre en línea recta para tratar de desenmascarar al stalker. Sus gritos de angustiada desesperación no se hacen esperar; sin embargo, algo muy dentro de nosotros nos repite con desenfrenada insistencia que hemos sido ahora demasiado estúpidos al contravenirle, pero, lamentablemente para nosotros, las voces de nuestro orgullo resultan, con mucho, ser fundamentalmente mayores, y por eso, con pausado sigilo continuamos avanzando en aquel momento: cada vez habríamos de encontrarnos más y más cerca de donde queremos estar, cada uno de nuestros nuevos pasos nos promete ahora la gloria, pero los gritos del stalker, proferidos en el momento con desgarro en medio del imperturbable y tenso silencio de la ZONA mientras son acompañados únicamente por una inquietante melodía de Artemeiev, habrían de resultar para nosotros ser algo demasiado violentamente patético como para que se trate de una falacia impostora; nuestro orgullo entonces, con la arrogancia propia que le es característica cede apenas cuando la incertidumbre y el temor se vuelven demasiado insostenibles; comprendemos a la sazón que todo podría ser, sin más, una trampa, y que nosotros en medio de nuestra infinita y arrogante ingenuidad hemos interpretado los halagadores reflejos de la realidad como la verdadera y única realidad; pero ahora nos damos cuenta que estos vanos reflejos podrían ocultar también una secreta e inopinada trampa mortal: la trampa de una infinita y diversa concatenación de realidades múltiples que habrían de estar entretejiéndose en una sola y absoluta imagen, imagen esta que a su vez habría de estar rodeándonos mientras nos contiene cautivos en el denso rigor de sus inverosímiles ejercicios vitales: cada palmo de tierra a nuestro alrededor podría llegar a ser una inesperada trampa, una licuadora mortal que quizá pudiese despedazar nuestras carnes para terminar propagándolas por el aire. Entonces, derrotados por el terror de haber cometido un error acaso demasiado estúpido, volvemos tras nuestros pasos para refugiarnos en las reglas de nuestro guía mientras sentimos nosotros el escalofriante y típico espanto que se aviene luego de haber superado una desgracia quizá demasiado inminente.

Ahora bien, ¿cuál será entonces la argucia que habrá inventado el stalker para poder desplazarnos a través de las invisibles trampas de la ZONA, y que a la vez habrá de mantenernos con vida? He aquí otro juego interesante: hemos atado unos jirones de impecable tela blanca al pesado metal de unas tuercas enormes, para, sistemáticamente, irlas lanzando después con toda la fuerza de nuestros brazos en las direcciones que vislumbre la intuición de nuestro guía; si el jirón repentinamente desaparece frente a nuestro ojos, significará entonces que deberemos modificar nuestro camino puesto que delante de nosotros habría de estar irguiéndose impenitente una de las invisibles y letales trampas de la ZONA. Ahora bien, como una especie de extraña dificultad concebida perversamente por el amo del juego, un amo invisible y bribón, las trampas nunca habrán de encontrarse reposando siempre en el mismo sitio; de haber sido lo contrario, hubiera bastado sencillamente con la simple proyección cartográfica de un mapa que bien podrían haber dibujado los antecesores de nuestro stalker.

Pero tal habría de ser la naturaleza sobrenatural del juego que nos contiene, y tal habría de ser también la intrincada y abstrusa naturaleza metafísica y ontológica de sus reglas: no puede haber ninguna clase de mapas que entonces nos ayuden a descifrar la tenaz geometría epiléptica que dibuja secretamente el juego de nuestras vidas; para jugarlo sólo habremos de poseer algunas cuantas argucias que alguien habría de haber inventado por nosotros en algún pretérito tiempo para ayudarnos a sortear las trampas eficazmente; pensamos entonces en unas palabras de Borges, referidas por él en su poema inmortal sobre el celebérrimo I CHING: El camino es fatal como la flecha. / Pero en las grietas está Dios, que acecha; y esto, amigos míos, vendría a resultar irrefutablemente cierto: alguna mente divina responsable de la creación nos ha entregado la libertad para poder nosotros llegar a escoger nuestro propio camino, pero quizá el afectado ejercicio de nuestras libertades podría llevarnos también hasta la más inadvertida de todas las trampas, incluso podría terminar llevándonos hasta el sitio marginal de nuestro propio sepulcro: si acaso hubiere de haber algún dios que se hallase conduciendo entonces nuestro camino, naturalmente podría también estar conduciendo el de todas las trampas que consuetudinariamente nos acechan y nos asfixian en el inicuo juego este del que no podemos escapar más que jugándolo con impecabilidad.

Pensemos ahora en el Tiempo; esa cruel monotonía de efímeros instantes sucesivos que nos asesina con decrépita y amarga, pero implacable lentitud. Perezosamente, el inefable y tenaz decurso del Tiempo iría entonces mutilando infinitesimalmente todas y cada una de nuestras horas, y por tanto dispondríamos nosotros progresivamente de un número menor de minutos para continuar con la impostura de nuestros juegos de la vida adulta; adempero, sólo sabemos que nuestro stalker no habría de ser un impostor como nosotros; no, no: es mejor que nunca pudiera llegar a serlo, porque de resultar lo contrario toda la humanidad estaría irremisiblemente perdida en el fango de su propia inmundicia, completamente incapaz de trascender las fantasmagóricas visiones de un mundo que cruelmente habría de estar siendo devorado siempre por el olvido y la agonía, una agonía demasiado larga, quizá eterna, o quizá tan sólo inabarcable de tan duradera; lo cierto es que ninguno de nosotros habrá de llegar a vivir lo suficiente como para poder saber exactamente cuando habrá de terminar el Tiempo, conocimiento este que podría llegar a sernos completamente inútil si primero no descubrimos cuál habrá sido el preciso sentido de semejante dilatación que la Historia Natural habría de haber recorrido para llevarnos entonces hasta los postreros pensamientos de su propio final.

No, el stalker no puede ser un impostor como nosotros, puesto que sólo la sinceridad de su alma podrá llegar a arrojarnos por fuera de los linderos cinemáticas del Tiempo, liberándonos entonces de todo el peso cronológico de todas y cada una de las máscaras mediante las que habríamos de estar vistiendo todos nuestros instantes sobre la Tierra. Si el stalker acaso hubiere de ser un inopinado impostor, ¿entonces quién habría de guiarnos, quién habría de orientarnos en la búsqueda de nosotros mismos a través del Tiempo? Sin embargo, y muy paradójicamente, hasta la eternidad del Tiempo se agota, y comienza entonces prontamente a oscurecer sobre nuestras cabezas; la estética de nuestro juego ha comenzado, pues, su metamorfosis. Comprendemos entonces que deberemos dormir en medio de la insanía de este atroz mundo paralelo que simula muy bien parecerse al nuestro; dormiremos a la sazón, pernoctando en medio de la maniática pesadilla de sus peligros, mientras aguardamos con fe el hecho de no terminar despertándonos en las fauces de una trampa que acaso se hubiere de haber movido en la noche, flotando justo hacia el espacio que nosotros débilmente habitamos mientras dormimos soñando profundamente con los arcanos misterios del orbe.

Entretanto, semejantes al delirio perturbado de un dios ebrio, soñamos en aquel momento con el mundo que entonces se despliega para nosotros al interior de nuestros espíritus con el abigarramiento propio de un abanico oriental, mientras que la ZONA comienza pues a expresar sus extrañas manifestaciones de vida: el sitio en el que antes no había ni una sola gota de agua, rebosa ahora de una corriente que pareciera querer perseguirnos como si intentase perturbar nuestro sueño queriendo tragarnos, atormentándonos con su impávido torrente mientras naufragamos en él; pero estas precisas corrientes de agua habrían también de simbolizar el paso regular y simétrico del Tiempo: no en vano muchos de nuestros primeros relojes funcionaban como clepsidras que necesitaban de un sofisticado mecanismo a base de agua para poder existir en nuestro mundo de materia y carne, nuestro mundo de átomos volátiles, átomos que hoy miden la exacta precisión de nuestro envejecimiento mientras funcionan para nosotros a la manera de puntuales relojes atómicos… Tenemos ahora que bajo las aguas de la ZONA habrían de yacer ahora infinidad de objetos inútiles y abandonados, olvidados entre las sombras que oscurecen las aguas que los contienen; simbolizan estos objetos abandonados todo el peso de nuestro obstinado y lento progresar hacia ninguna parte, mientras avanzamos dando tumbos entre la mismísima niebla que cubre el completo universo de todas esas naderías que hemos inventado para jugar un juego del que sólo podemos atisbar su sentido a través de la profusa vaguedad de nuestras cavilaciones.

Mientras dormimos sobre el barro de la ZONA, un perro anónimo se pasea entre nuestras carnes yacentes en el paraíso de nuestro reposo, atravesando aquel las charcas de agua que ahora nos rodean casi por completo, como si fuese este cánido, quizás, el símbolo de una protección sobrenatural que ahora habría de estar vigilándonos desde el cielo y que habría de encarnar sobre la Tierra en la forma de los más inopinados e insignificantes seres, acaso tan sólo para hacernos un poco de gustosa compañía durante el torpe ejercicio de nuestra cegadora libertad.

Ahora bien; los hechos intermedios en el sueño de Tarkovski no habrían de importarnos para la naturaleza de nuestra argumentación; nos bastará con saber que el juego soñado de atravesar la ZONA se ha dilatado durante las ficticias horas que les ha tomado a nuestros protagonistas arribar hasta la mágica habitación que reposa en el centro de la ZONA. Entretanto, a través del penoso recorrido de nuestro juego, la sagaz sabiduría de nuestro stalker ha ido desenmascarando poco a poco el completo universo de todas nuestras imposturas y todas nuestras poses más maniáticas con las que hemos dibujado los fantasmas de nuestros delirios más ególatras; obligándonos él a seguir las reglas de su misterioso juego, y obligándonos también a creer en la verdad de sus palabras, nos ha ido despojando, con la proverbial lentitud de la tortuga de aquella aporía de Zenón de Elea tan primorosamente paradójica, de todas nuestras máscaras mientras nos desnuda para preparar mejor el territorio en el que después habrá de venir a habitar la Verdad, nuestra Verdad, la Verdad del sí mismo, una verdad que habría de ser igualmente una réplica microcósmica de la Gran Verdad Universal: conócete a ti mismo eran las sabias palabras que alguna vez estuvieron grabadas en el umbral del célebre templo de Apolo en Delfos, junto al imponente monte Parnaso; en esto radica la importancia del desenmascaramiento al que nos ha sometido el stalker: nos ha llevado al conocimiento de nuestro propio sí mismo a través de un juego misterioso, cuya estética lúdica simboliza el verdadero arte de jugar el juego de la vida.

Y es precisamente al interior de los espacios de la alcoba que precede a la mágica y poderosa habitación de los deseos, donde terminan por caer nuestras más acérrimas y problemáticas máscaras: el arquetípico escritor sólo desea la fama con la avidez propia de un rapaz mal alimentado; pero el científico, con mayor infamia aún, secretamente ha llevado hasta el sitio de la habitación una bomba atómica con el firme propósito de destruirla. ¿Cuáles habrían de ser sus argumentos?: evitar que mentes verdaderamente perversas, como quizás las mentes del Estado que ahora protegen celosamente la ZONA de miradas intrusas, lleguen a apoderarse de su milagroso poder para utilizarlo en la destrucción del mundo tan sólo por unos cuantos rublos más: bastante conocidas habrían de ser nuestras beligerantes voluntades de lucro y de poder, y bastante conocidos habrían de ser también todos los estragos que hemos cometido a lo largo de nuestra Historia Universal en el nombre del poder y del dinero, o mejor aún, en el nombre de nuestra voraz búsqueda del poder:

Lo importante es mandar: a ello aspira la casi totalidad de los hombres. Y tengáis en vuestras manos un imperio, una tribu, una familia o un criado, desplegáis vuestro talento de tirano, glorioso o caricaturesco: todo un mundo o una sola persona está a vuestras órdenes (…)[1],

hubo de escribir alguna vez el amargo y lúcido Cioran en alguno de sus corrosivos y sardónicos ensayos.

Adempero, los argumentos del stalker habrán de ser mucho más poderosos: la ZONA representaría precisamente esa porción de nosotros mismos que habría de hallarse en permanente contacto con nuestra inocencia, inocencia ésta a la que ahora habría de habernos traído de nuevo este humilde guía de hombres testarudos y pertinaces; la magia de la ZONA, imaginaria o no, vendría siendo entonces la misma magia que posiblemente habrá de hallarse todavía resplandeciendo en algún rincón de nuestras almas; el goce estético, por ejemplo, podría ser una gran prueba de ello: ¿quién no se ha sentido atravesando una especie un éxtasis paradisíaco durante la audición de su pieza musical favorita?; ¿quién no ha reflexionado con seriedad sobre su papel en el mundo después de leer su más querido libro de poesía?; ¿quién no a deseado profesar el oficio del arte contemplando entonces su lienzo más amado? Esa mágica porción de nosotros mismos no vendría siendo otra cosa más que nuestra esperanza; habré de repetir ahora algo que hube de escribir en alguna otra parte: el transcurso de nuestro presente es sólo una concesión que los hombres hemos hecho al futuro a través de la retórica de todas nuestras esperanzas. Somos los hombres nada más que las crueles víctimas del letal desmoronamiento de una Eternidad que se derrumba paso a paso en el decurso de las curvas del Tiempo: nuestra existencia histórica no habría de ser otra cosa más que la infinitesimal degradación de la Eternidad a lo largo de los laberintos helicoidales del Tiempo; y para que podamos nosotros sortear exitosamente este laberinto, sólo habremos de poseer nada más que nuestras verdes esperanzas.

El stalker nos ha traído de nuevo la esperanza, simbolizada ella por la catártica lluvia interior que se produce entonces dentro de la habitación, sorprendiendo repentinamente a los tres protagonistas de nuestra historia mientras, sentados en el más absoluto silencio, reposan ellos calmadamente el ensueño de sus propias pesadillas aguardando la iluminación que necesariamente habrá de proveerles la ZONA.

¡No juegues con las profundidades del otro! [2],

amenazaba Wittgenstein en uno de sus aforismos; pero el juego del stalker no solamente se ha dado el lujo de retozar con todas nuestras más secretas profundidades, sino que también las ha desenmascarado: el juego del stalker nos ha enfrentado con nuestras propias máscaras, trayéndonos también de nuevo a la inocencia. La existencia, mítica o no, de un lugar en el que se puedan cumplir nuestros más profundos deseos, nos acerca, a la manera de un arquetipo simbólico, a la inocencia de nuestros primeros días en la cuna. Nos enseña que a pesar de lo que nuestra inicua naturaleza ha hecho con el mundo, habría de seguir siendo éste un buen lugar para vivir. Se trataría este del sueño de un juego externo para llegar al sueño de un juego interno, de un juego ontológico del que quizás lleguemos a saber dos o tres cosas cuando lo estudiemos desde las academias, pero del que llegaremos a saberlo todo cuando decidamos violar nuestro propio cordón de seguridad para jugar correctamente el juego mientras nos internarnos en las profundidades recónditas de la ZONA, que a su vez no vendría a ser otra cosa que penetrar en lo más profundo de nuestras almas en busca del conocimiento de nosotros mismos; y desde luego, ello habría pues de tratarse de una tarea enorme.



[1] E. M. CIORAN, El ansia de primar, ensayo contenido en Breviario de Podredumbre, p.173, TAURUS, Madrid, 1997.

[2] LUDWIG WITTGENSTEIN, Aforismos, 117, COLECCIÓN AUSTRAL, LOSADA, 1996.

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