viernes, 7 de marzo de 2008

ALGUNAS INQUISICIONES DE PESADILLA SOBRE EL PROCESO DE KAFKA Y DE ORSON WELLS

(Diabólica pesadilla de un proceso)


En nuestros cuentos de hadas siempre hemos

Mantenido una clara distinción entre la ciencia

De las relaciones mentales, donde realmente

Existen leyes, y la ciencia de los hechos físicos,

Donde no hay leyes sino rutinas.

GEORGE KEITH CHESTERTON, Ortodoxia.

Cada vez que las cosas suceden, o suceden como deben,

Cada vez que aplicamos tranquilamente una buena regla

A un caso particular, (…), según un juicio determinante,

El derecho obtiene quizás –y en ocasiones- su ganancia,

Pero podemos estar seguros de que la justicia no obtiene

La suya. El derecho no es la justicia.

JAQUES DERRIDA, Fuerza de ley.

Se alza en el cielo la noche, esa acaso letal rutina del Tiempo que nos vigila desde el universo de todas las sombras, cuando el crepúsculo sangriento ha devorado la cumbre de los minutos solares arrojándonos a los estertóreos martirios de la penumbra y los enigmas de Morfeo: cotidiana luminosidad oscura que ha de brotar torrentosa desde las grietas de la Eternidad, convirtiéndose sus tinieblas en los sombríos fragmentos que habrán de nublar nuestro entero universo de pensamientos y, también, de agonías. Muere, sin embargo, cada vez que la aurora aparece sobre el horizonte para clausurar esos delirios cósmicos que nos han traído los luceros del firmamento, luceros estos que habrán de reposar incrustados entre la gélida brisa de la galaxia hasta el mismísimo final de todos los Tiempos: una muerte tras otra es lo que nos trae la noche, muriendo los hombres de tanto en tanto cada vez que el sueño acapara sus pupilas a través de esa fantasmagoría de instantes abandonados a los delirios de la intimidad efímera de las tinieblas, fantasmagoría que, adempero, habrá de permitirnos disipar la misma atonía de sus instantes mediante nuestras sugestivas y evocadoras invenciones de demiurgos ahítos de dionisiaca embriaguez, transportándonos hacia las afueras que bordean los aciagos linderos de las incertidumbres del Tiempo, a la vez que habrá de sumergirnos también, con subrepticia y letal parsimonia, en lo profundo de lo solitarios solipsismos de nuestros propios abismos, que habrán de manifestarse siempre bajo la iridiscente tutela de las maquinaciones de Morfeo, atormentándonos el hipnótico dios, a veces, con su inefable disfraz de pesadillas: la invulnerabilidad de nuestros ahoras comienza a tornarse maleable durante el onírico ejercicio de nuestros sueños; cuando los hombres yacen en medio del sueño profundo, son semejantes a las apóstatas hordas de ángeles rebeldes que en los confines del Tiempo hubieron de anhelar y, de luchar después, por el imperio del Universo para ulteriormente venir a sucumbir a la creación de un sub-universo a imagen y semejanza de su agónica derrota en medio de las azufradas e hirvientes profundidades de la Tierra: nuestras pesadillas brotan de nuestros espíritus a imagen y semejanza de nuestros propios infiernos interiores, irguiéndose entonces como el cruel solipsismo de un acabose espiritual que define, noche a noche, nuestra ulterior avanzada hacia los insondables abismos de esa Noche Eterna, noche esta en la cual la invulnerabilidad de la Muerte resulta tan inviolable como lo terminante y rotundo de nuestro ahora. Por qué no habremos, entonces, de desperdigar nuestra energía psíquica en una insólita procreación de los fantasiosos universos de una literatura de límites difusos, que habremos de perpetuar mórbidamente a través de la acaso irónica solidez de nuestras mayores sofisticaciones retóricas: la perfecta concordia de nuestras palabras sobre el papel habrá de sobrevivir con culposa impunidad a la dulce fragilidad de nuestros recuerdos y, también, a la irremediable acedía de nuestros instantes…

La noche es la música de la sangre, así como la sangre es la música del Tiempo: de esta manera, nuestra literatura, escrita tal vez mediante los corrosivos impulsos del Tiempo, no vendría a ser otra cosa que el guiño orgulloso que los hombres vendríamos a hacer a la frágil flacidez de nuestros instantes, guiño este que, con cierto cariz de solitario desasosiego, nos permitirá por siempre reírnos de nuestras peores y más irremediables taras, a la par que nuestra sangre de hombres acaso habrá de caminar al tanteo de manera irrevocable hacia su propio agotamiento, paseándose orgullosa a través de las infinitesimales anemias del Tiempo. Sólo la noche, con sus agónicas irrealidades oníricas de paraíso perdido, o quizá de infierno diletante, puede traernos, durante el silencio de sus minutos, la metamorfosis de nuestro evolutivo agotamiento, para convertirlo después, de cara a las impunidades de la luz solar, en la mediocre cotidianidad que habrá de servir como el sustento para los más infames sucesos de la Historia, puesto que no puede haber grandes sucesos sin la existencia previa de la consuetudinaria cotidianidad de una masa anónima que haya de coronarlos después para otorgarles el privilegio de dormitar en el conjunto de todas sus memorias, memorias estas que habrán de verter algún día sobre los mármoles de la Historia Universal, esa misma Historia que en las postrimerías del Tiempo habrá de convertirse en el polvo derivado de nuestra propia extinción. Pero esta metamorfosis del Tiempo y la Sangre a través de nuestros sueños acaso podrían llevarnos hacia las oscuras esquinas de algún infierno disponible, haciéndonos despertar dentro de otra pesadilla, una pesadilla que quizá habremos de soportar bajo el peso de unas horas que acaso marchen irrevocables hacia el mismo fin de nuestras existencias. Espejo circunstancial de nuestros peores tormentos interiores, nuestras pesadillas se yerguen sobre la sangre de nuestros abismos oníricos para traernos sus amargas agonías mientras hemos de soñar con universos misteriosos y desconocidos: imágenes arquetípicas de nuestros más profundos secretos, los sueños difusos y las pesadillas angustiosas quizá podrían no ser otra cosa más que la insólita simbología que habría de dibujar en nuestras mentes la desesperada fantasmagoría de nuestros deseos truncados y de nuestras solitarias y silenciosas desdichas; una pesadilla bien podría ser la onírica codificación de nuestras infortunadas derrotas más cotidianas, o quizá podría ser también la extravagante codificación del absurdo que pareciera querer acecharnos a lo largo de nuestras ínfimas existencias y, a su vez, el aparente absurdo cósmico a través del cual habrían de realizarse nuestras vidas, podría venir siendo, tal vez, la abstrusa codificación de las soterradas leyes universales que habrían de estar moviendo al mundo, como si fuese el lenguaje cifrado que hubiere de contener las más profundas verdades del auténtico funcionamiento del vasto sistema cósmico, un sistema que acaso hubiere de necesitar para su correcta interpretación de una hermenéutica que tal vez solo pudiese ser la extravagante invención de un solitario genio furtivo y misterioso, al que posiblemente los dioses hubieron de haberle revelado en alguna ocasión, durante sus sueños, la manera precisa de descifrar el misterioso halo de fantasiosa irrealidad que envuelve nuestras más accidentales y azarosas pesadillas cotidianas que consuetudinariamente se desenvuelven en nuestra vida despiertos; pesadillas estas como las que, con sólida y sombría ironía, se enmarañan sobre la sempiterna soledad de los hombres que atraviesan los sórdidos universos kafkaianos, universos estos tan herméticos como los que diariamente disfrazan a la noche en nuestros sueños.

Los universos de Kafka suelen ser o bien tan infinitos como el firmamento, o bien tan intolerables como el infierno: se trata en verdad de ficciones audaces que ostentan el hábito del pavoroso terror de lo insólito y de la interminable y cruel subordinación del hombre a jerarquías invisibles que secretamente han de definir todos los rumbos del mundo. Jerarquías invisibles y tareas infinitas nos ofrece un relato como, por ejemplo, el intitulado El Escudo de la Ciudad: la inefable y augusta construcción de la titánica Torre de Babel comportará para este relato la arquetípica tarea infinita; la invisible maquinaria que habrá de tomar el juego de las decisiones que harán evolucionar el relato a lo largo de la corta extensión de esta sencilla y simbólica ficción, comportará para nosotros la red de invisibles jerarquías que habrán de dominar la totalidad del juego entero: una aciaga previsión de los insondables abismos generacionales que habrán de separar a las infinitas y sucedáneas generaciones de constructores de la Torre, hubo de terminar por paralizar por completo las energías, y los inicios de la inabarcable construcción hubieron entonces de detenerse: se creía en aquel momento que las nuevas generaciones, horrorizadas por la torpeza arquitectónica de sus ancestros, acabarían por demoler todo lo adelantado para reiniciar las labores de construcción desde el principio, pero auspiciándose esta vez por los naturales y evolutivos progresos de las arquitecturas más contemporáneas, desentendiéndose por completo las nuevas generaciones de los estilos reaccionarios de sus antecesores. Esta comprensible, pero inusitada creencia, no sólo hubo de paralizar las energías de los constructores, sino que además hubo de desviar el objetivo principal, que consistía en la augusta e inabarcable construcción de la más insondable de todas las torres, decidiendo entonces los altos jerarcas invertir toda la fuerza de la mano de obra disponible en la construcción de una ciudad que ulteriormente habrían de habitar los mismos obreros que tendrían el oficioso deber de levantarla. La ingente y descomunal fuerza de trabajo que habría de solicitarse para semejante menester hubo de ser convocada desde todos los rincones del orbe conocido: infinitas hordas de innumerables obreros convivieron pacíficamente por algún tiempo mientras perseguían todos los hombres el mismo impersonal objetivo: el levantamiento de una ciudad que les permitiese descansar cerca de las posteriores obras en la gran Torre; algún tiempo después de haber sido levantada la gran ciudad, hubo de ceñirse entonces sobre ellos la guerra: las continuas luchas entre las diferentes nacionalidades por poseer el mejor barrio no se hicieron aguardar, resultando de esto una infinita sucesión de peleas sangrientas que se hubieron de perpetuar generación tras generación, peleas estas que sólo aumentaban la destreza técnica y el ansia de guerra. Durante los períodos de tregua los obreros empleaban sus energías en el embellecimiento de la ciudad, cosa que terminaba por provocar nuevas e interminables riñas propiciadas por sus incansables envidias. Ahora bien, a la vuelta de unas cuantas generaciones, los descendientes de los primeros convocados terminaron por reconocer la infinita y arrogante insensatez de construir una torre que hubiere de llegar hasta el empíreo reino de los cielos, pero la fuerza de la tradición y de las costumbres los tenía ya demasiado comprometidos como para poder abandonar las obras. Al final de este brevísimo y magistral relato nos refiere Kafka que todas las leyendas y todas las canciones populares de tan particular ciudad, emblema esta de nuestra entera civilización, expresaban el aciago anhelo de un día vaticinado en el que un puño enorme, verbigracia el puño de Dios, habría de destruir la entera ciudad por medio de cinco sucesivos golpes, golpes que seguramente harán estremecer a toda la Tierra; por esta razón, el infausto e implacable puño divino estaría dibujado en el escudo de esta insufrible urbe imaginaria. ¿Acaso no es éste relato el más lúdico espejo de la eterna pesadilla cotidiana que moviliza a nuestra entera civilización? Se trata, sin lugar a dudas, de una perversa pesadilla, como esa otra que alguna vez habría de inventar Kafka para la ficción de uno de sus fantasmagóricos y opresivos universos más celebres, universo este que hubo de comportar con maestría su novela El Proceso, novela que nos lleva a través de los vericuetos laberínticos e interminables de una siniestra burocracia judicial imaginaria que resulta, sin más, tan insólitamente invisible como irrisoriamente letal, pero que además, resulta también una siniestra burocracia judicial absurdamente eficaz: Josef K., su protagonista, de manera infame es sometido al decurso de un descabellado proceso dentro del cual, impunemente, se omite la pertinente y acaso inviolable notificación al acusado del delito que se le imputa, proceso en el que además, se le imposibilita enfrentar, o tan siquiera vislumbrar con éxito a quienes han de estar juzgándolo. ¡Pobre y anónimo Josef K.; sometido a las irrisorias ignominias del rígido e invisible aparato judicial de los Imperios, sometido a su destino de prescindible y ridículo burócrata en la misma manera en la que los proxenetas someten a las prostitutas!

Pero no solamente las desoladoras ficciones de Kafka tuvieron su terruño en el imperioso mundo de la Historia del Arte allá por las pretéritas décadas de principios del siglo XX; el arte literario de Kafka fácilmente podría englobarse al interior de ese movimiento contestatario, tan corrosivamente sórdido y profusamente complejo, que hubo de ser aquel infinito y nunca del todo bien ponderado Expresionismo alemán: las pesadillas retóricas de Kafka se corresponden muy bien con las pesadillas pictóricas de un Edvard Munch o un Emil Nolde; si el arte de Kafka hubiese sido el de los lienzos, posiblemente su pintura se hubiese asemejado, quizá, a los desquiciados retratos que George Grosz supo hacer de su Alemania natal devastada por las serpientes del fascismo y la impiadosa exaltación de ese intolerante pangermanismo que extraía sus venenos del belicoso arquetipo del dios Wotan, otrora conocido por los vikingos bajo el nombre de Odín. Pero este Expresionismo alemán también hubo de experimentar la gloria gracias al genial invento que antaño hubo de nacer de las ingeniosas manos de los remotos hermanos Lumière: el cinematógrafo. El juicioso lector recordará, tal vez, las horripilantes aventuras de Nosferatu el vampiro en la película de Murnau, o la inmejorable ficción futurista sobre la alienación de los hombres en el mundo del capital, del antiguo arquitecto y posterior director de cine Fritz Lang, y que su esposa guionista Thea von Harbou hubo de bautizar bajo el significativo nombre de Metrópolis, o tal vez tenga en mente el lector los deformes decorados de la insólita escenografía de la célebre película misteriosamente intitulada El Gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene. Ahora bien, es bueno que vengan a la mente del lector estas incuestionables obras maestras del la Historia del Cine; mas sin embargo, no nos disponemos nosotros aquí ha hablar directamente de ellas, sino de la innegable influencia que posteriormente hubieron de tener estas películas, entre muchas otras de la misma corriente, en la ulterior ficción que décadas después hubo de conspirar el mismísimo genio de Orson Welles para acometer la adaptación del El Proceso de Kafka al tórrido y luminoso universo del celuloide.

Anthony Perkins, el inmejorable Anthony Perkins, habrá de encarnar para Welles con maestría el papel de aquel arquetípico burócrata anónimo al que Kafka hubo de bautizar Josef K., siguiendo con su tradicional y secreta gematría en la utilización de nombres de cinco letras para sus protagonistas (cinco letras que simulan su propio nombre germánico de Franz), siendo en esta ocasión el calculado nombre seguido de la prosaica, pero también significativa consonante K (la inicial de su propio apellido). No es casualidad que, además, Josef K. se ganase la vida desempeñándose como un buen e irremediable, pero eficiente, burócrata al interior de una, según Kafka y Welles, enorme y alienante oficina donde consuetudinariamente cohabitaban infinitos burócratas totalmente sumergidos en la ruidosa entelequia artificial de sus máquinas de escribir, puesto que el mismo Kafka hubo desempeñar hasta el final de sus días el letalmente aburridor oficio de la burocracia al interior de una oficina de seguros, donde fingía laborar con eficacia mientras secretamente componía las obras que posteriormente habrían de hacerle universalmente famoso después de su muerte temprana. Volviendo ahora sobre la genial adaptación de Orson Welles, deberemos comentar nosotros aquí que no se trata de una aburrida adaptación literal, sino que se limita esta adaptación a parafrasear la novela de manera audiovisual, dejando suficiente espacio para la propia fantasía interpretativa de Welles, personaje este quien, además de adaptar la novela y escribir el guión, no solamente dirige con maestría los rumbos de su película sino que además, y con igual maestría, se da el lujo de actuar en su propio proyecto, encarnando él al ridículo abogado de retóricas autoritarias que falazmente habrá de defender al pobre e indefenso Josef K., la víctima anónima de un proceso que es asimismo anónimo y mortalmente invisible. Este continuo parafrasear que Welles hace de la novela de Kafka permite unas mayores libertades dramatúrgicas y estéticas que, sin embargo, conservan la perfecta esencia del atormentado expresionismo retórico del genial escritor checo, y que permiten a Welles, además, construir todo un universo audiovisual extraído de la mejor tradición del cine expresionista alemán: por ejemplo, los tortuosos edificios que cobijan a los tribunales donde habrá de ser juzgado Josef K., comportan la entera parafernalia de otra entelequia artificial que ostenta las dimensiones y las complejidades de inextricables laberintos de los que sólo se puede salir con valiente, pero penosa dificultad; así mismo, al interior de estos tortuosamente laberínticos tribunales, presenciamos la infinita existencia de innumerables archivos atiborrados de antiguos expedientes inútiles de silenciosos procesos, acaso tan atrozmente injustos como el de nuestro burocrático protagonista, archivos estos que parecen incrustarse en las paredes de estos tribunales kafkaianos con esa salvaje ferocidad que saben tener todos esos universos de las tramitologías inconmensurables que se extienden vorazmente sobre la Tierra; además, a lo largo y ancho de los impersonales y desalmados pasillos de estos sórdidos laberintos se extienden filas interminables de pobres diablos acusados por algo, o por alguien, y que esperan con paciente resignación, quizá inútilmente, a que por fin llegue el momento de su proceso; tras los ridículos interiores de estos tribunales, donde lo bizarro y lo estrambótico se regodea en el más agudo paroxismo de su farsesca existencia, los procesos son fiscalizados por obscenos burócratas que perfectamente podrían haber sido matones de pueblo que disfrutan golpeando y abusando en secreto a sus mujeres; al interior de los descomunales auditorios donde se cumple a cabalidad con el infame ejercicio de los interminables procesos, se agitan hordas infinitas de espectadores que parecieran vivir únicamente para abuchear al acusado enfrente de sus letales jueces de turno; y finalmente, en el centro del infame auditorio se levanta un estrado elevado al que es necesario treparse para poder ser escuchado, como si se tratase de una insólita prueba atlética que tiene por objetivo mantener nuestra cabeza impasible sobre los hombros: es, efectivamente, como la cruel pesadilla de una noche eterna e inabarcable, justamente tal y como el ancho cielo que la contiene y que la posibilita a través del infausto decurso de la amargura de nuestros efímeros instantes.

A semejanza de su más que célebre relato La Metamorfosis, Kafka, y asimismo Orson Welles, dan inició a esta historia cuando Josef K. despierta luego de un sueño intranquilo; en aquél célebre relato el protagonista, bautizado significativamente con el calculado nombre de Gregor Samsa, descubre que al final de su fantasmagórica pesadilla nocturna le aguarda otra todavía más insólita e inverosímil: con asco y con horror, aunque con cierta escéptica indiferencia, Gregor descubre que se ha convertido en un monstruoso y repulsivo insecto. Josef K., en cambio, no sufre ningún tipo de atormentada metamorfosis al momento de despertar, pero descubre, con aquella misma escéptica indiferencia de Gregor, que ha despertado en un mundo ridículamente absurdo en el que será juzgado por un delito o, quizá, por un crimen atroz, del que no recibe la más mínima noticia al momento de ser importunado, todavía bajo sus sábanas, por unos desalmados agentes de la policía que le informan, a través de sus autoritarias y oscuras retóricas, que ha sido acusado de algo y que como tal habrá de ser procesado en las próximas horas; desde el punto de vista de nuestro desconcertado protagonista, todo parece nada más que una ridícula conspiración intrigada por sus compañeros de oficina para burlarse de sus nervios; pero no se trata de una broma; ni tampoco continúa soñando, no. Sencillamente, para Josef K. la realidad ha dejado de ser real, y ahora se ha metamorfoseado en el extravagante abortivo de una extraña pesadilla, que acaso estaría siendo soñada por la ebriedad de un dios desvergonzado que seguramente habría de haber olvidado el momento oportuno para detener su sed de fácil embriaguez etílica: un dios irremediablemente alucinado que sólo habría de poder recordar la infinitud de los procedimientos penales que habrán de comportar, finalmente, un secreto castigo, y que también ha olvidado por completo la razón de semejantes castigos y el sentido exacto de los procesos que irrevocablemente habrán de llevar a los acusados a la pena o al perdón. Como si se tratase de una auténtica y estrambótica alucinación, Josef K. descubre que sus compañeros de oficina le espían en secreto desde la habitación de su vecina, quien habría de ser ella una encantadora bailarina exótica que laboraba arduamente durante la entera completitud de las noches, ejerciendo su oficio hasta las horas en las que los burócratas se engominan la cabeza para después dirigirse a sus trabajos en el mayor esplendor de su esclavitud de tres pesos y vacaciones pagadas: el abuso de las invisibles jerarquías que mueven al mundo no puede ser más intolerable. Ahora bien, el irrespeto de sus condiscípulos ha llegado hasta el paroxismo: ¿Qué diablos podrán estar haciendo esos infelices manoseándolo todo en la habitación de mi vecina?, se pregunta vanamente Josef K., que todavía no sospecha la farsesca crueldad de la tragedia que subrepticiamente ronda sobre su cabeza. Sin embargo, todo parece estar en orden y en el ponderable lugar que le corresponde. Con cierta infamia secreta, su casera finge apoyarlo, pero furtivamente ella también le condena; todo parece nada más que la historia histérica una mala película de horror; pero todo resulta ser, sin más, una estrepitosa y horrible verdad: Josef K. habrá de ser procesado sin saber el por qué, y habrá de ser también mordazmente repudiado por todos y cada uno de los homo sapiens que habrán de irle rodeando a lo largo del decurso de su extraña odisea a través de los infernales parajes de esta inicua especie de Averno, que simula muy bien parecerse a nuestro mundo.

Sin embargo, Josef K., está lejos de ser un héroe incomprendido al que se le acusa injustamente de un crimen que no ha cometido; no. Josef K. es ante todo, un hombre, y como hombre que es, sus profundidades más interiores están plagadas de defectos, mostrándose él ante el mundo acaso con esa arrogancia propia de quien, posiblemente, hubiese de portar en su interior la misma herrumbrada sangre de toda la condenada progenie de Caín: Josef K. es, a ciencia cierta, el antihéroe arquetípico que es, proverbialmente, todos los hombres que secretamente anhelan escabullirse de las infamias del patriarcal orden establecido, pero que son condenados, valga decir, procesados, por su impertinente disidencia. Josef K. es subrepticiamente procesado para después ser castigado por su pecado antisocial de no querer ser un hombre del montón, pero que disfruta de sus placeres materialistas, justo tal y como hubieron de ser los remotamente extintos cainitas. Josef K. representa al subversivo que se sabe atrapado dentro de un sistema que no solamente le gobierna, sino que además le impone un modelo de vida, modelo este que, por supuesto, deberá respetar en acción y en pensamiento si quiere evitarse la innecesaria volatilidad de un aborrecible sufrimiento del que, naturalmente, el sistema habrá de inculparle en el mayor ejercicio de las asépticas decisiones de todos los jueces invisibles que habrán de juzgar con sabia imparcialidad todas y cada una de sus acciones existenciales. El infame e insólito proceso a Josef K. esconde entonces una secreta paradoja: todo el sistema sociopolítico del mundo occidental, sustentado por nuestras inveteradas epístemes burguesas, descansa sobre la falacia de sistemas tautológicos de cuyos axiomas se pueden inferir docenas de aporías que demuestran su falsedad; los mismísimos principios milenarios de la democracia y la libertad vendrían a ser demolidos por la inopinada existencia de aporías que claramente se podrían inferir dentro nuestros sistemas judiciales, tal y como lo habría de plantear la filosofía descontructivista de Derrida en ese breve, pero dificultosamente complejo, ensayo escrito por él a propósito de la implicación de la fuerza en todo ejercicio del derecho y de las practicas judiciales que tendrían el cabal y firme objetivo de “aplicar la ley”. Pero, ahora bien, ¿es aplicar la ley un verdadero acto de justicia? Para desmitificar los actos de aplicar la ley como actos de justicia, Derrida explica en este ensayo una noción de justicia que viene desde los tiempos de Montaigne y Pascal, a saber: “La justicia del derecho, la justicia como derecho, no es justicia. Las leyes no son justas en tanto que leyes. No se obedecen porque sean justas sino porque tienen autoridad. La palabra “crédito” soporta todo el peso de la proposición y justifica la alusión al carácter “místico” de la autoridad. La autoridad de las leyes reposa sobre el crédito que se les da. Se cree en ellas, ese es su único fundamento. Este acto de fe no es un fundamento ontológico o racional. Y de todas formas todavía queda por pensar lo que quiere decir creer”[1]. Como inmejorable ejemplo ilustrativo para estas palabras explicadas por el filósofo francés inventor de la desconstrucción de las estructuras y, por extensión, de la casi total completitud de las cosas posibles, tenemos que el proceso de Josef K. se basa por completo en la autoritaria y rutinaria aplicación de leyes infrahumanas que tienen más por objeto el infinitesimal sometimiento de las masas a la autoridad que el auténtico y verdadero ejercicio de la administración de justicia; es más, nos atreveríamos a afirmar nosotros aquí que el sistema judiciario legal que retratan la película de Welles y la novela de Kafka, pareciese haber sido concebido más para la mejor administración de la justicia que para una eficiente administración de justicia: bástenos con indagar en nuestra propia sociedad quienes habrían de estar siendo verdaderamente juzgados ya quienes habrían de estar impartiendo la justicia; ¿no habría de ser entonces todo nuestro derecho penal nada más que una estructura concebida para la protección del poder, o, mejor aún, de todos aquellos que habrían de ser los poderosos?

Pensemos por unos breves instantes en estas aporías descontructivistas que nos plantea Derrida; la primera de ellas afirma que las decisiones tomadas por un juez en realidad no pueden denominarse como justas, sino a lo sumo como legítimas o, cuando menos, legales. Para que la decisión de un sujeto se pueda considerar como justa, o injusta, se debe primeramente ser un sujeto libre y consciente de su misma libertad que, sin embargo, estaría en franca coerción al ser necesariamente delimitada por la existencia de cierto número de reglas que habrían de tener la función de mantener el orden dentro del mundo que le contiene como sujeto libre y pensante, cosa que implicaría necesariamente que el ejercicio de nuestras decisiones, incluidas todas las decisiones judiciales, aplicadas, por ejemplo, a una preestablecida regla de equidad, habrían de convertirse entonces en la mera ejecución de un cálculo, de una programación, mas no de un acto de auténtica libertad o de verdadera justicia. Para que una decisión judicial sea verdaderamente justa, libre y responsable debería de acoplarse de tal manera a cada exclusivo, único e irrepetible caso judicial que le permitiese a la regla reinventarse en cada caso, regularse a sí misma para cada uno de los diferentes sujetos procesados; hacer lo contrarío, desde luego no sería impartir justicia, sino que vendría a ser más bien un continuo ejercitarse los jueces en el álgebra de lo legal[2]: Josef K. es procesado bajo el más milimétrico de todos los cálculos, el cálculo que le hace culpable de un delito del que el acusado no tiene la más mínima noticia, y un cálculo que se nos antoja como el más perifrástico ejemplo de un proceso completamente injusto, aunque completa y autoritariamente legal. Ahora bien, la segunda aporía nos es referida por Derrida bajo el epítome de la obsesión de lo indecidible. Afirma esta aporía que toda aplicación imparcial de la justicia implica la existencia de una decisión que la dirima; pero, desde el punto de vista de la desconstrucción, para que una decisión sea auténticamente libre, debería primero pasar la prueba de la indecidibilidad; para Derrida esta indecidibilidad es algo más que una mera tensión entre dos significaciones o dos reglas que se contradicen mutuamente, sino que comporta además toda una experiencia que implica una heterogeneidad respecto al orden preestablecido de los cálculos y las reglas, permitiéndole a esta experiencia apuntar a la decisión imposible sin demeritar el derecho y la regla misma; una decisión tal que pasara la prueba de la indecidibilidad descontructivista vendría a ser una decisión verdaderamente libre y, por supuesto, completamente justa. Pero, una decisión así, necesariamente ha debido ser proferida de acuerdo a una regla preestablecida y reafirmada mediante la decisión, siguiendo entonces con el juego del álgebra de lo legal, y por lo tanto, esta decisión ya no habría de venir a ser presente y plenamente justa. Afirma además Derrida en esta aporía que todo nuestro discurso jurídico actual y dominante estaría basado por completo en axiomas dogmáticos sobre la responsabilidad, consciencia e intencionalidad de los sujetos que vendrían a ordenar todas nuestras categorías sobre lo que llamamos una decisión; pero, de toda esta axiomatología, frágil, según Derrida, se pueden inferir tenaces inconsistencias teóricas que cuestionan con brutal desnudez el dogmatismo oscuro que domina toda nuestra esfera caracterológica de lo que nuestro sistema judicial considera como sujeto delictivo[3]: el proceso de Josef K. se cumple a través del más despiadado y caracterológico de todos los sumarios que habrían de definirle a él como mero sujeto delictivo, sumarios estos que implican la preexistencia de toda una ideología de dominio que permite delimitar y clasificar, con infinitesimal taxonomía, todo el universo de la casuística judiciaria para condensarlo después en unas manidas fórmulas de procedimiento penal que se expresan por medio de ciertas retóricas hueras de lo legítimo y lo legal; de esta manera, Josef K. es procesado como culpable en un juicio invisible que se va cumpliendo a sus espaldas y del que sólo va recibiendo noticias a través de un abogado que se limita a informarse de sus propios procesos mediante la foránea visita que hacen a su hogar sus cuantiosos amigos fiscales. En la última aporía que nos es referida por Derrida en este ensayo, nos comunica él la imposibilidad de entender la administración de justicia por fuera de las condiciones temporales que implica la ausencia de la espera dentro de su esencia. Para que una decisión sea justa debe ser proferida de manera inmediata, lo más rápido posible; la decisión no puede esperar la procuración de una información infinita y un conocimiento ilimitado acerca de todas las categorías fundamentales que acaso pudiesen justificarla como decisión válidamente justa. Incluso si dispusiera de un tiempo infinito y un conocimiento ilimitado para el tenaz ejercicio de su deliberación, el instante de la decisión en cuanto tal, debe ser siempre algo completamente finito y urgente, valga decir, inaplazable; pero no debe ser una mera consecuencia o el mero efecto de todo ese saber teórico o histórico que debe siempre precederla: parafraseando a Kierkegaard, Derrida nos refiere que el instante de la decisión es una locura en la medida en la que el momento de la decisión justa debe desgarrar el tiempo y desafiar todas las dialécticas; es una locura porque tal decisión es al mismo tiempo sobreactiva y padecida, encerrando en su interior algo de inconsciente pasividad que insinúa que la persona que decidiese fuese libre sólo en la medida en la que se dejase afectar por su propia decisión, como si estuviese viniendo ésta de algún otro sujeto pensante y actuante. Paradójicamente, por tanto, concluye Derrida que precisamente debido a esta urgencia y precipitación estructurales de la justicia, sumado esto a toda la interpretatividad de lo judicial, la justicia no presenta un horizonte de espera[4]: el infame proceso de Josef K. se conduce a través de una cruenta velocidad que se desarrolla en el plazo de unos cuantos días en la mayor de todas las incertidumbres; su abogado le instruye bien en lo que habrá de suceder si se deja conducir sabiamente por su avezada tutela de defensor experimentado en las lides tramitológicas del derecho penal: el proceso habrá de dilatarse durante años, años que le permitirán a Josef K. tener una vida en libertad mientras se le procesa debidamente hasta el advenimiento del instante de su condena; ahora bien, siguiendo con esta lógica kafkaiana de lo absurdo matemáticamente calculado, al interior de la laberíntica mansión de su abogado defensor, Josef K. llega a conocer a un extraño sujeto que vive en una puerca y reducida habitación, extraño este que es, asimismo, otro hombre inicuamente procesado pero que ya no es más un hombre libre, a pesar de no haber sido todavía condenado, ni tampoco es más uno de los defendidos de este abogado desalmado, sino que se ha convertido ahora en su tiranizado esclavo: el abogado le trata con la suprema y despótica displicencia que, según él, merecen todos los individuos llevados a proceso, teniendo que vivir este acusado a la sombra de las limosnas jurídicas que le sabe tirar su diabólico defensor para mantenerlo atado a su inicuo arbitrio. Ahora bien, las aporías de Derrida habrían de obligarnos a formular una serie de preguntas que acaso podrían llegar a antojársenos como fundamentales de tan urgentes y necesarias: ¿qué nos obliga a seguir maniatados mientras continuamos expresando una fe irremediable en la justicia de nuestras leyes?; ¿habrían de ser verdaderamente justas todas nuestras leyes?; ¿acaso habría de ser la criminalidad una expresión inconsciente de una sedición subversiva expresada contra las estructuras de poder?; y por último, ¿hay verdadera justicia en nuestro mundo?

Pero es mejor que no nos vayamos por las ramas; volvamos ahora sobre el verdadero tema de las presentes divagaciones especulativas: el proceso de Josef K. Habíamos iniciado estas torpes palabras hablando de la umbrosa noche y sus inenarrables fantasmagorías de pesadilla; así mismo, la película de Orson Welles habría de evolucionar con pausada violencia a través de noches interminables y días efímeros, días que acaso llegasen a ser tan sólo nada más que amargas alboradas de arrabal, alboradas estas que quizá pudiesen culminar tan sólo con la insignificante disputa familiar entre Josef K. y su prima menor, disputa que habría de tener cabida a la salida de los infames tribunales y que con prontitud habría de llegar hasta su fin justo en el amargo umbral de su desalmado lugar de trabajo. A ciencia cierta, todas las cosas verdaderamente esenciales que llegan a suceder en la insípida (pero acaso atormentada por un insensato proceso) vida de Josef K., habrían de transcurrir ante nuestros ojos furtivamente en las horas de la noche, como si fuese su vida una atroz pesadilla soñada por ángeles desamparados que hubiesen perdido todo rastro de la paz y la plenitud y que ahora sólo conociesen la infinitud de sus congojas interminables y de sus inmarcesiblemente oníricos tormentos de la noche; para dar algunos ejemplos, indicaremos nosotros aquí cosas como, por ejemplo, que cuando Josef K. es conducido por unos impersonales esbirros de la justicia hacia los tribunales para que pueda él dar su declaración, se ha ceñido entonces sobre los cielos una silenciosa y solitaria noche macabra, tan llena de penumbras deformes y sombras marchitas como lleno de infinitesimales tormentos el Infierno; o cuando, por ejemplo, el incomprensivo tío de Josef K. lo conduce hasta la residencia del abogado que habrá de defenderlo de la pena capital, la noche se había abierto mórbida sobre los cielos con sus lejanos resplandores de estrellas marchitas que brillaban en silencio para acompañar con su intermitente fulgor a la eterna soledad de los hombres; unos cuantos minutos después, cuando Josef K. es seducido por la amante del abogado, mujer esta que también hace las veces de su enfermera y sirvienta, en una gigantesca habitación donde yacen montañas de inútiles libros enormes sobre los que la furtiva pareja se recuesta para darse amor, o quizá para darse tan sólo lujuria, continúa siendo la misma noche infame en la que su tío le ha conducido hasta allí para que pueda nuestro protagonista conocer a su defensor; días después, cuando Josef K. busca la compañía de esta extraña mujer, que siempre se enamora de todos los procesados defendidos por su amo, buscándola él para poder seducirla de nuevo y pedirle su ayuda para terminar de desentenderse por completo de la innecesaria defensa de su perverso abogado, es otra de las tantas interminables noches kafkaianas, noche esta sesgada por una torrencial tormenta que acaso pudiese simbolizar toda la furia que habrá de desbordarse prontamente en el alma de Josef K. si no se resuelve con oportuna celeridad todo el desquiciado asunto ese de su insensato proceso. Es entonces la noche, para la inmejorable adaptación de Orson Welles, el inmejorable mapa que habrá de dibujar audiovisualmente el decurso helicoidal de las inefables extenuaciones del Tiempo que construyen nuestra Historia Universal, y que habrán de ser para Josef K. las piezas de un rompecabezas expresionista que culminará con la colocación de la última pieza, esto es, de la renunciación a la defensa de un viejo y profesional zorro de la abogacía, y que habrá de convertirse después en la pieza que sellará por siempre su destino. Y habrá de ser también de noche, quizá de madrugada, cuando finalmente Josef K. habría de ser conducido por sus verdugos hacia las afueras de la ciudad para llevarle hasta el sitio exacto en el que tendrá cabida el penoso y postrero desarrollo de su fin: subrepticia e inopinadamente, sus jueces han decidido que Josef K. no solamente es culpable, sino que, además, deberá pagar la infamia de su crimen purgándolo él a través de la pena capital. Entretanto, los dos esbirros verdugo, cumpliendo a cabalidad con su sanguinaria tarea en el más ignominioso y sumarial de todos los silencios, le toman con fuerza de ambos brazos para comenzar, entonces, a trasladarlo bajo arresto a lo largo de los agrestes paisajes expresionistas de una realidad urbana que se nos antoja como la más pura y física de todas las pesadillas metropolitanas imaginables. Los tres hombres caminan y caminan en medio de las cada vez menos acaloradas protestas de Josef K., que parece ya sospechar el advenimiento de su propio final, no quedándole a este inmejorable arquetipo de los hijos de Caín más remedio que permitir la infamia que habrá de tener lugar prontamente, quizá demasiado prontamente, y que permitirá al sistema continuar con el ejercicio de su acaso despiadada aplicación de la fuerza legislativa de coerción y de dominio, fuerza esta que habrá de servir, quizá, para el mejor funcionamiento de todo el furtivo andamiaje que mantiene a los medios de producción en su inmarcesible, milimétrico y ponderable lugar de existencia, manteniendo así, sobre sus esclavos a sueldo, la cruenta fantasmagoría nocturna de sus oratorias retóricas sobre el progreso y la mejor consecución de las metas de la humanidad, metas estas que habrán de ser conseguidas sabiamente mediante la augusta concordia lograda entre los hombres gracias a su inmejorable, pero infame, sistema penal, construido éste por ellos a base de ciertas consabidas, necesarias y dogmáticas injusticias que obran al interior de este universo aporético que constituye el entero mundillo de la legalidad. Ahora bien, manteniéndose dentro de los más placenteros rigores de la forzuda autoridad judiciaria, los jueces han decidido que la pena capital de Josef K. debe ser purgada por él en el mayor de todos los anonimatos: deberá ser ejecutado en las postrimerías rurales de la ciudad, siendo nuestro protagonista desnudado y arrojado dentro de un foso en el que se le aplicará su pena en la más tradicional costumbre del verdugo anónimo; sólo que en este caso, como los espectadores entrometidos que somos, conocemos nosotros los rostros de estos dos asesinos del Estado: pero, naturalmente, su anonimato se habrá de mantener imperturbable, puesto que este par de esbirros de la ejecución carece por completo de la presencia de impertinentes e inútiles testigos. Como una especie de condimento especial para su ejecución, los amos de la administración judicial han decidido que no será precisamente este par de esbirros quienes aniquilen personalmente al sentenciado con sus manos, sino que habrán ellos de lanzar al foso de nuestro acusado unos cuantos petardos de dinamita para que rápida y eficientemente todo termine allí, con una fatídica y efímera explosión que nadie habrá de escuchar ni tampoco de ver: el arquetípico y falaz autómata que sin embargo piensa por sí mismo y que paga por esta insolencia el más alto de todos los precios, el precio de su vida misma, habrá sido por completo vanamente inútil; toda esa amarga parafernalia de aciagas rutinas jurídicas que defiende y reafirma al sistema, habrá quedado, pues, impune y preparada para continuar devorando las disidencias que hayan de atacar a las altas jerarquías que habrán de ser por siempre sus amos verdaderos, los amos incuestionables de esta gigantesca Torre de Babel que comporta nuestra entera civilización, civilización esta que, como vaticina el pequeño relato de Kafka referido por nosotros aquí al principio de la, quizá, inepta concatenación de nuestras reflexiones, vendrá a sucumbir un día, el día de todos los juicios, el inconmensurable día del Juicio Final, a la nefasta y violenta presencia de los cinco insólitos puñetazos de la ira de Dios, que acaso habrá de purificar con el fuego de su furia a todo el desquiciado proceso de nuestra Historia Universal.



[1] JACQUES DERRIDA, Fuerza de Ley; el Fundamento Místico de la Autoridad, I, pp. 29-30. EDITORIAL TECNOS, 2002.

[2] DERRIDA, Op. Cit., pp. 52-54.

[3] DERRIDA, Ibidem, pp. 54-60.

[4] DERRIDA, Ibidem, pp. 60-67.

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