En nuestros cuentos de hadas siempre hemos
Mantenido una clara distinción entre la ciencia
De las relaciones mentales, donde realmente
Existen leyes, y la ciencia de los hechos físicos,
Donde no hay leyes sino rutinas.
GEORGE KEITH CHESTERTON, Ortodoxia.
Cada vez que las cosas suceden, o suceden como deben,
Cada vez que aplicamos tranquilamente una buena regla
A un caso particular, (…), según un juicio determinante,
El derecho obtiene quizás –y en ocasiones- su ganancia,
Pero podemos estar seguros de que la justicia no obtiene
La suya. El derecho no es la justicia.
JAQUES DERRIDA, Fuerza de ley.
Se alza en el cielo la noche, esa acaso letal rutina del Tiempo que nos vigila desde el universo de todas las sombras, cuando el crepúsculo sangriento ha devorado la cumbre de los minutos solares arrojándonos a los estertóreos martirios de la penumbra y los enigmas de Morfeo: cotidiana luminosidad oscura que ha de brotar torrentosa desde las grietas de
La noche es la música de la sangre, así como la sangre es la música del Tiempo: de esta manera, nuestra literatura, escrita tal vez mediante los corrosivos impulsos del Tiempo, no vendría a ser otra cosa que el guiño orgulloso que los hombres vendríamos a hacer a la frágil flacidez de nuestros instantes, guiño este que, con cierto cariz de solitario desasosiego, nos permitirá por siempre reírnos de nuestras peores y más irremediables taras, a la par que nuestra sangre de hombres acaso habrá de caminar al tanteo de manera irrevocable hacia su propio agotamiento, paseándose orgullosa a través de las infinitesimales anemias del Tiempo. Sólo la noche, con sus agónicas irrealidades oníricas de paraíso perdido, o quizá de infierno diletante, puede traernos, durante el silencio de sus minutos, la metamorfosis de nuestro evolutivo agotamiento, para convertirlo después, de cara a las impunidades de la luz solar, en la mediocre cotidianidad que habrá de servir como el sustento para los más infames sucesos de
Los universos de Kafka suelen ser o bien tan infinitos como el firmamento, o bien tan intolerables como el infierno: se trata en verdad de ficciones audaces que ostentan el hábito del pavoroso terror de lo insólito y de la interminable y cruel subordinación del hombre a jerarquías invisibles que secretamente han de definir todos los rumbos del mundo. Jerarquías invisibles y tareas infinitas nos ofrece un relato como, por ejemplo, el intitulado El Escudo de
Pero no solamente las desoladoras ficciones de Kafka tuvieron su terruño en el imperioso mundo de
Anthony Perkins, el inmejorable Anthony Perkins, habrá de encarnar para Welles con maestría el papel de aquel arquetípico burócrata anónimo al que Kafka hubo de bautizar Josef K., siguiendo con su tradicional y secreta gematría en la utilización de nombres de cinco letras para sus protagonistas (cinco letras que simulan su propio nombre germánico de Franz), siendo en esta ocasión el calculado nombre seguido de la prosaica, pero también significativa consonante K (la inicial de su propio apellido). No es casualidad que, además, Josef K. se ganase la vida desempeñándose como un buen e irremediable, pero eficiente, burócrata al interior de una, según Kafka y Welles, enorme y alienante oficina donde consuetudinariamente cohabitaban infinitos burócratas totalmente sumergidos en la ruidosa entelequia artificial de sus máquinas de escribir, puesto que el mismo Kafka hubo desempeñar hasta el final de sus días el letalmente aburridor oficio de la burocracia al interior de una oficina de seguros, donde fingía laborar con eficacia mientras secretamente componía las obras que posteriormente habrían de hacerle universalmente famoso después de su muerte temprana. Volviendo ahora sobre la genial adaptación de Orson Welles, deberemos comentar nosotros aquí que no se trata de una aburrida adaptación literal, sino que se limita esta adaptación a parafrasear la novela de manera audiovisual, dejando suficiente espacio para la propia fantasía interpretativa de Welles, personaje este quien, además de adaptar la novela y escribir el guión, no solamente dirige con maestría los rumbos de su película sino que además, y con igual maestría, se da el lujo de actuar en su propio proyecto, encarnando él al ridículo abogado de retóricas autoritarias que falazmente habrá de defender al pobre e indefenso Josef K., la víctima anónima de un proceso que es asimismo anónimo y mortalmente invisible. Este continuo parafrasear que Welles hace de la novela de Kafka permite unas mayores libertades dramatúrgicas y estéticas que, sin embargo, conservan la perfecta esencia del atormentado expresionismo retórico del genial escritor checo, y que permiten a Welles, además, construir todo un universo audiovisual extraído de la mejor tradición del cine expresionista alemán: por ejemplo, los tortuosos edificios que cobijan a los tribunales donde habrá de ser juzgado Josef K., comportan la entera parafernalia de otra entelequia artificial que ostenta las dimensiones y las complejidades de inextricables laberintos de los que sólo se puede salir con valiente, pero penosa dificultad; así mismo, al interior de estos tortuosamente laberínticos tribunales, presenciamos la infinita existencia de innumerables archivos atiborrados de antiguos expedientes inútiles de silenciosos procesos, acaso tan atrozmente injustos como el de nuestro burocrático protagonista, archivos estos que parecen incrustarse en las paredes de estos tribunales kafkaianos con esa salvaje ferocidad que saben tener todos esos universos de las tramitologías inconmensurables que se extienden vorazmente sobre
A semejanza de su más que célebre relato
Sin embargo, Josef K., está lejos de ser un héroe incomprendido al que se le acusa injustamente de un crimen que no ha cometido; no. Josef K. es ante todo, un hombre, y como hombre que es, sus profundidades más interiores están plagadas de defectos, mostrándose él ante el mundo acaso con esa arrogancia propia de quien, posiblemente, hubiese de portar en su interior la misma herrumbrada sangre de toda la condenada progenie de Caín: Josef K. es, a ciencia cierta, el antihéroe arquetípico que es, proverbialmente, todos los hombres que secretamente anhelan escabullirse de las infamias del patriarcal orden establecido, pero que son condenados, valga decir, procesados, por su impertinente disidencia. Josef K. es subrepticiamente procesado para después ser castigado por su pecado antisocial de no querer ser un hombre del montón, pero que disfruta de sus placeres materialistas, justo tal y como hubieron de ser los remotamente extintos cainitas. Josef K. representa al subversivo que se sabe atrapado dentro de un sistema que no solamente le gobierna, sino que además le impone un modelo de vida, modelo este que, por supuesto, deberá respetar en acción y en pensamiento si quiere evitarse la innecesaria volatilidad de un aborrecible sufrimiento del que, naturalmente, el sistema habrá de inculparle en el mayor ejercicio de las asépticas decisiones de todos los jueces invisibles que habrán de juzgar con sabia imparcialidad todas y cada una de sus acciones existenciales. El infame e insólito proceso a Josef K. esconde entonces una secreta paradoja: todo el sistema sociopolítico del mundo occidental, sustentado por nuestras inveteradas epístemes burguesas, descansa sobre la falacia de sistemas tautológicos de cuyos axiomas se pueden inferir docenas de aporías que demuestran su falsedad; los mismísimos principios milenarios de la democracia y la libertad vendrían a ser demolidos por la inopinada existencia de aporías que claramente se podrían inferir dentro nuestros sistemas judiciales, tal y como lo habría de plantear la filosofía descontructivista de Derrida en ese breve, pero dificultosamente complejo, ensayo escrito por él a propósito de la implicación de la fuerza en todo ejercicio del derecho y de las practicas judiciales que tendrían el cabal y firme objetivo de “aplicar la ley”. Pero, ahora bien, ¿es aplicar la ley un verdadero acto de justicia? Para desmitificar los actos de aplicar la ley como actos de justicia, Derrida explica en este ensayo una noción de justicia que viene desde los tiempos de Montaigne y Pascal, a saber: “La justicia del derecho, la justicia como derecho, no es justicia. Las leyes no son justas en tanto que leyes. No se obedecen porque sean justas sino porque tienen autoridad. La palabra “crédito” soporta todo el peso de la proposición y justifica la alusión al carácter “místico” de la autoridad. La autoridad de las leyes reposa sobre el crédito que se les da. Se cree en ellas, ese es su único fundamento. Este acto de fe no es un fundamento ontológico o racional. Y de todas formas todavía queda por pensar lo que quiere decir creer”[1]. Como inmejorable ejemplo ilustrativo para estas palabras explicadas por el filósofo francés inventor de la desconstrucción de las estructuras y, por extensión, de la casi total completitud de las cosas posibles, tenemos que el proceso de Josef K. se basa por completo en la autoritaria y rutinaria aplicación de leyes infrahumanas que tienen más por objeto el infinitesimal sometimiento de las masas a la autoridad que el auténtico y verdadero ejercicio de la administración de justicia; es más, nos atreveríamos a afirmar nosotros aquí que el sistema judiciario legal que retratan la película de Welles y la novela de Kafka, pareciese haber sido concebido más para la mejor administración de la justicia que para una eficiente administración de justicia: bástenos con indagar en nuestra propia sociedad quienes habrían de estar siendo verdaderamente juzgados ya quienes habrían de estar impartiendo la justicia; ¿no habría de ser entonces todo nuestro derecho penal nada más que una estructura concebida para la protección del poder, o, mejor aún, de todos aquellos que habrían de ser los poderosos?
Pensemos por unos breves instantes en estas aporías descontructivistas que nos plantea Derrida; la primera de ellas afirma que las decisiones tomadas por un juez en realidad no pueden denominarse como justas, sino a lo sumo como legítimas o, cuando menos, legales. Para que la decisión de un sujeto se pueda considerar como justa, o injusta, se debe primeramente ser un sujeto libre y consciente de su misma libertad que, sin embargo, estaría en franca coerción al ser necesariamente delimitada por la existencia de cierto número de reglas que habrían de tener la función de mantener el orden dentro del mundo que le contiene como sujeto libre y pensante, cosa que implicaría necesariamente que el ejercicio de nuestras decisiones, incluidas todas las decisiones judiciales, aplicadas, por ejemplo, a una preestablecida regla de equidad, habrían de convertirse entonces en la mera ejecución de un cálculo, de una programación, mas no de un acto de auténtica libertad o de verdadera justicia. Para que una decisión judicial sea verdaderamente justa, libre y responsable debería de acoplarse de tal manera a cada exclusivo, único e irrepetible caso judicial que le permitiese a la regla reinventarse en cada caso, regularse a sí misma para cada uno de los diferentes sujetos procesados; hacer lo contrarío, desde luego no sería impartir justicia, sino que vendría a ser más bien un continuo ejercitarse los jueces en el álgebra de lo legal[2]: Josef K. es procesado bajo el más milimétrico de todos los cálculos, el cálculo que le hace culpable de un delito del que el acusado no tiene la más mínima noticia, y un cálculo que se nos antoja como el más perifrástico ejemplo de un proceso completamente injusto, aunque completa y autoritariamente legal. Ahora bien, la segunda aporía nos es referida por Derrida bajo el epítome de la obsesión de lo indecidible. Afirma esta aporía que toda aplicación imparcial de la justicia implica la existencia de una decisión que la dirima; pero, desde el punto de vista de la desconstrucción, para que una decisión sea auténticamente libre, debería primero pasar la prueba de la indecidibilidad; para Derrida esta indecidibilidad es algo más que una mera tensión entre dos significaciones o dos reglas que se contradicen mutuamente, sino que comporta además toda una experiencia que implica una heterogeneidad respecto al orden preestablecido de los cálculos y las reglas, permitiéndole a esta experiencia apuntar a la decisión imposible sin demeritar el derecho y la regla misma; una decisión tal que pasara la prueba de la indecidibilidad descontructivista vendría a ser una decisión verdaderamente libre y, por supuesto, completamente justa. Pero, una decisión así, necesariamente ha debido ser proferida de acuerdo a una regla preestablecida y reafirmada mediante la decisión, siguiendo entonces con el juego del álgebra de lo legal, y por lo tanto, esta decisión ya no habría de venir a ser presente y plenamente justa. Afirma además Derrida en esta aporía que todo nuestro discurso jurídico actual y dominante estaría basado por completo en axiomas dogmáticos sobre la responsabilidad, consciencia e intencionalidad de los sujetos que vendrían a ordenar todas nuestras categorías sobre lo que llamamos una decisión; pero, de toda esta axiomatología, frágil, según Derrida, se pueden inferir tenaces inconsistencias teóricas que cuestionan con brutal desnudez el dogmatismo oscuro que domina toda nuestra esfera caracterológica de lo que nuestro sistema judicial considera como sujeto delictivo[3]: el proceso de Josef K. se cumple a través del más despiadado y caracterológico de todos los sumarios que habrían de definirle a él como mero sujeto delictivo, sumarios estos que implican la preexistencia de toda una ideología de dominio que permite delimitar y clasificar, con infinitesimal taxonomía, todo el universo de la casuística judiciaria para condensarlo después en unas manidas fórmulas de procedimiento penal que se expresan por medio de ciertas retóricas hueras de lo legítimo y lo legal; de esta manera, Josef K. es procesado como culpable en un juicio invisible que se va cumpliendo a sus espaldas y del que sólo va recibiendo noticias a través de un abogado que se limita a informarse de sus propios procesos mediante la foránea visita que hacen a su hogar sus cuantiosos amigos fiscales. En la última aporía que nos es referida por Derrida en este ensayo, nos comunica él la imposibilidad de entender la administración de justicia por fuera de las condiciones temporales que implica la ausencia de la espera dentro de su esencia. Para que una decisión sea justa debe ser proferida de manera inmediata, lo más rápido posible; la decisión no puede esperar la procuración de una información infinita y un conocimiento ilimitado acerca de todas las categorías fundamentales que acaso pudiesen justificarla como decisión válidamente justa. Incluso si dispusiera de un tiempo infinito y un conocimiento ilimitado para el tenaz ejercicio de su deliberación, el instante de la decisión en cuanto tal, debe ser siempre algo completamente finito y urgente, valga decir, inaplazable; pero no debe ser una mera consecuencia o el mero efecto de todo ese saber teórico o histórico que debe siempre precederla: parafraseando a Kierkegaard, Derrida nos refiere que el instante de la decisión es una locura en la medida en la que el momento de la decisión justa debe desgarrar el tiempo y desafiar todas las dialécticas; es una locura porque tal decisión es al mismo tiempo sobreactiva y padecida, encerrando en su interior algo de inconsciente pasividad que insinúa que la persona que decidiese fuese libre sólo en la medida en la que se dejase afectar por su propia decisión, como si estuviese viniendo ésta de algún otro sujeto pensante y actuante. Paradójicamente, por tanto, concluye Derrida que precisamente debido a esta urgencia y precipitación estructurales de la justicia, sumado esto a toda la interpretatividad de lo judicial, la justicia no presenta un horizonte de espera[4]: el infame proceso de Josef K. se conduce a través de una cruenta velocidad que se desarrolla en el plazo de unos cuantos días en la mayor de todas las incertidumbres; su abogado le instruye bien en lo que habrá de suceder si se deja conducir sabiamente por su avezada tutela de defensor experimentado en las lides tramitológicas del derecho penal: el proceso habrá de dilatarse durante años, años que le permitirán a Josef K. tener una vida en libertad mientras se le procesa debidamente hasta el advenimiento del instante de su condena; ahora bien, siguiendo con esta lógica kafkaiana de lo absurdo matemáticamente calculado, al interior de la laberíntica mansión de su abogado defensor, Josef K. llega a conocer a un extraño sujeto que vive en una puerca y reducida habitación, extraño este que es, asimismo, otro hombre inicuamente procesado pero que ya no es más un hombre libre, a pesar de no haber sido todavía condenado, ni tampoco es más uno de los defendidos de este abogado desalmado, sino que se ha convertido ahora en su tiranizado esclavo: el abogado le trata con la suprema y despótica displicencia que, según él, merecen todos los individuos llevados a proceso, teniendo que vivir este acusado a la sombra de las limosnas jurídicas que le sabe tirar su diabólico defensor para mantenerlo atado a su inicuo arbitrio. Ahora bien, las aporías de Derrida habrían de obligarnos a formular una serie de preguntas que acaso podrían llegar a antojársenos como fundamentales de tan urgentes y necesarias: ¿qué nos obliga a seguir maniatados mientras continuamos expresando una fe irremediable en la justicia de nuestras leyes?; ¿habrían de ser verdaderamente justas todas nuestras leyes?; ¿acaso habría de ser la criminalidad una expresión inconsciente de una sedición subversiva expresada contra las estructuras de poder?; y por último, ¿hay verdadera justicia en nuestro mundo?
Pero es mejor que no nos vayamos por las ramas; volvamos ahora sobre el verdadero tema de las presentes divagaciones especulativas: el proceso de Josef K. Habíamos iniciado estas torpes palabras hablando de la umbrosa noche y sus inenarrables fantasmagorías de pesadilla; así mismo, la película de Orson Welles habría de evolucionar con pausada violencia a través de noches interminables y días efímeros, días que acaso llegasen a ser tan sólo nada más que amargas alboradas de arrabal, alboradas estas que quizá pudiesen culminar tan sólo con la insignificante disputa familiar entre Josef K. y su prima menor, disputa que habría de tener cabida a la salida de los infames tribunales y que con prontitud habría de llegar hasta su fin justo en el amargo umbral de su desalmado lugar de trabajo. A ciencia cierta, todas las cosas verdaderamente esenciales que llegan a suceder en la insípida (pero acaso atormentada por un insensato proceso) vida de Josef K., habrían de transcurrir ante nuestros ojos furtivamente en las horas de la noche, como si fuese su vida una atroz pesadilla soñada por ángeles desamparados que hubiesen perdido todo rastro de la paz y la plenitud y que ahora sólo conociesen la infinitud de sus congojas interminables y de sus inmarcesiblemente oníricos tormentos de la noche; para dar algunos ejemplos, indicaremos nosotros aquí cosas como, por ejemplo, que cuando Josef K. es conducido por unos impersonales esbirros de la justicia hacia los tribunales para que pueda él dar su declaración, se ha ceñido entonces sobre los cielos una silenciosa y solitaria noche macabra, tan llena de penumbras deformes y sombras marchitas como lleno de infinitesimales tormentos el Infierno; o cuando, por ejemplo, el incomprensivo tío de Josef K. lo conduce hasta la residencia del abogado que habrá de defenderlo de la pena capital, la noche se había abierto mórbida sobre los cielos con sus lejanos resplandores de estrellas marchitas que brillaban en silencio para acompañar con su intermitente fulgor a la eterna soledad de los hombres; unos cuantos minutos después, cuando Josef K. es seducido por la amante del abogado, mujer esta que también hace las veces de su enfermera y sirvienta, en una gigantesca habitación donde yacen montañas de inútiles libros enormes sobre los que la furtiva pareja se recuesta para darse amor, o quizá para darse tan sólo lujuria, continúa siendo la misma noche infame en la que su tío le ha conducido hasta allí para que pueda nuestro protagonista conocer a su defensor; días después, cuando Josef K. busca la compañía de esta extraña mujer, que siempre se enamora de todos los procesados defendidos por su amo, buscándola él para poder seducirla de nuevo y pedirle su ayuda para terminar de desentenderse por completo de la innecesaria defensa de su perverso abogado, es otra de las tantas interminables noches kafkaianas, noche esta sesgada por una torrencial tormenta que acaso pudiese simbolizar toda la furia que habrá de desbordarse prontamente en el alma de Josef K. si no se resuelve con oportuna celeridad todo el desquiciado asunto ese de su insensato proceso. Es entonces la noche, para la inmejorable adaptación de Orson Welles, el inmejorable mapa que habrá de dibujar audiovisualmente el decurso helicoidal de las inefables extenuaciones del Tiempo que construyen nuestra Historia Universal, y que habrán de ser para Josef K. las piezas de un rompecabezas expresionista que culminará con la colocación de la última pieza, esto es, de la renunciación a la defensa de un viejo y profesional zorro de la abogacía, y que habrá de convertirse después en la pieza que sellará por siempre su destino. Y habrá de ser también de noche, quizá de madrugada, cuando finalmente Josef K. habría de ser conducido por sus verdugos hacia las afueras de la ciudad para llevarle hasta el sitio exacto en el que tendrá cabida el penoso y postrero desarrollo de su fin: subrepticia e inopinadamente, sus jueces han decidido que Josef K. no solamente es culpable, sino que, además, deberá pagar la infamia de su crimen purgándolo él a través de la pena capital. Entretanto, los dos esbirros verdugo, cumpliendo a cabalidad con su sanguinaria tarea en el más ignominioso y sumarial de todos los silencios, le toman con fuerza de ambos brazos para comenzar, entonces, a trasladarlo bajo arresto a lo largo de los agrestes paisajes expresionistas de una realidad urbana que se nos antoja como la más pura y física de todas las pesadillas metropolitanas imaginables. Los tres hombres caminan y caminan en medio de las cada vez menos acaloradas protestas de Josef K., que parece ya sospechar el advenimiento de su propio final, no quedándole a este inmejorable arquetipo de los hijos de Caín más remedio que permitir la infamia que habrá de tener lugar prontamente, quizá demasiado prontamente, y que permitirá al sistema continuar con el ejercicio de su acaso despiadada aplicación de la fuerza legislativa de coerción y de dominio, fuerza esta que habrá de servir, quizá, para el mejor funcionamiento de todo el furtivo andamiaje que mantiene a los medios de producción en su inmarcesible, milimétrico y ponderable lugar de existencia, manteniendo así, sobre sus esclavos a sueldo, la cruenta fantasmagoría nocturna de sus oratorias retóricas sobre el progreso y la mejor consecución de las metas de la humanidad, metas estas que habrán de ser conseguidas sabiamente mediante la augusta concordia lograda entre los hombres gracias a su inmejorable, pero infame, sistema penal, construido éste por ellos a base de ciertas consabidas, necesarias y dogmáticas injusticias que obran al interior de este universo aporético que constituye el entero mundillo de la legalidad. Ahora bien, manteniéndose dentro de los más placenteros rigores de la forzuda autoridad judiciaria, los jueces han decidido que la pena capital de Josef K. debe ser purgada por él en el mayor de todos los anonimatos: deberá ser ejecutado en las postrimerías rurales de la ciudad, siendo nuestro protagonista desnudado y arrojado dentro de un foso en el que se le aplicará su pena en la más tradicional costumbre del verdugo anónimo; sólo que en este caso, como los espectadores entrometidos que somos, conocemos nosotros los rostros de estos dos asesinos del Estado: pero, naturalmente, su anonimato se habrá de mantener imperturbable, puesto que este par de esbirros de la ejecución carece por completo de la presencia de impertinentes e inútiles testigos. Como una especie de condimento especial para su ejecución, los amos de la administración judicial han decidido que no será precisamente este par de esbirros quienes aniquilen personalmente al sentenciado con sus manos, sino que habrán ellos de lanzar al foso de nuestro acusado unos cuantos petardos de dinamita para que rápida y eficientemente todo termine allí, con una fatídica y efímera explosión que nadie habrá de escuchar ni tampoco de ver: el arquetípico y falaz autómata que sin embargo piensa por sí mismo y que paga por esta insolencia el más alto de todos los precios, el precio de su vida misma, habrá sido por completo vanamente inútil; toda esa amarga parafernalia de aciagas rutinas jurídicas que defiende y reafirma al sistema, habrá quedado, pues, impune y preparada para continuar devorando las disidencias que hayan de atacar a las altas jerarquías que habrán de ser por siempre sus amos verdaderos, los amos incuestionables de esta gigantesca Torre de Babel que comporta nuestra entera civilización, civilización esta que, como vaticina el pequeño relato de Kafka referido por nosotros aquí al principio de la, quizá, inepta concatenación de nuestras reflexiones, vendrá a sucumbir un día, el día de todos los juicios, el inconmensurable día del Juicio Final, a la nefasta y violenta presencia de los cinco insólitos puñetazos de la ira de Dios, que acaso habrá de purificar con el fuego de su furia a todo el desquiciado proceso de nuestra Historia Universal.

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