lunes, 10 de marzo de 2008

LAS ECUACIONES ONÍRICAS

(Oscura pesadilla premonitoria)

Después de cada noche estamos más vacíos:

Nuestros misterios, como nuestros pesares,

Han fluido en nuestros sueños.

Así la labor del sueño no sólo disminuye

La fuerza de nuestro pensamiento sino también

La de nuestros secretos.

E. M. CIORAN, Agotamiento por exceso de sueños.

Logro despertar, por fin, al mediodía, luego de padecer durante horas y horas ese lúdico martirio solitario que habría de ser para nosotros el sueño intranquilo, retornando después al mundo de los vivos con la mente tristemente en blanco. Luego de esos placenteros segundos de letargo que siguen siempre al momento del despertar bajo las sábanas todavía confortables y tibias, lentamente comienzo yo a rememorar todas esas extrañas visiones mías de la noche y las voy mezclando infinitesimalmente con esas sofisticadas divagaciones de la imaginación con las que uno pretende completar aquello que no tiene sentido más que soñando; comienza a perfilarse entonces una suerte de entelequia, una quimérica entelequia que vendría siendo también como una especie vulgar de la inexacta memoria de un audaz código peregrino: tan seductora es para los hombres la tarea de reconstruir sus propios sueños, que termina uno siempre por desbordar en su mente todo tipo de imágenes psíquicas tales como recuerdos, pensamientos fugaces, interpretaciones, fragmentos de otros sueños, adiciones estas tan espontáneas como surrealistas, algunas de las cuales habrían de adolecer de una procedencia genuinamente inconsciente. Muchas otras, las más, quizás, sólo habrían de ser nada más que las vanas añadiduras que sería capaz de hacer una consciencia lo suficientemente alerta como para descifrar sutiles adivinanzas y laberínticos rompecabezas.

Afortunados serán por siempre todos aquellos que lograsen llegar a olvidar con suma dificultad sus ecuaciones oníricas. Yo, en cambio, con elevado esfuerzo logro retener tan sólo vagos jirones fragmentarios de una que otra ensoñación, como si fuesen los términos inconexos de sendas ecuaciones extraviadas en algún rincón de mi memoria. Como ya lo he mencionado, no todo lo que uno recuerda es sueño auténtico: a los hombres les basta siempre con el menor chispazo onírico para principiar después a desparramar fraseos y fraseos vivamente imaginativos con el ánimo de sorprender a nuestros confidentes con el lúdico solipsismo de las propias creaciones nocturnas. Después de haberme debatido quiméricamente durante horas con algún sueño intranquilo, acabo siempre por pensar que, después de todo, qué otra cosa habría de venir siendo nuestro pensamiento sino nada más que el racional abortivo de alguna idea durmiente. Últimamente, por ejemplo, he tenido varias veces el mismo fatídico sueño: el mundo estallando en llamas mientras que habría yo de estar ahí para poder verlo hundirse bajo el fuego al paso que se consume entre los braseros del Tártaro. Ahora bien, pensando en el origen de semejante fantasía, he podido darme perfecta cuenta de que nunca habría yo podido permanecer sereno ante la idea de la destrucción: soñar siempre con el terrible acabose del mundo ha provocado tanta excitación a mis sentidos, que cualquier indicio de un descomunal desmoronamiento tal, habría de colmarme las esperanzadas expectativas de un pronto despertar en el Paraíso, puesto que, mis queridos amigos, el Edén no vendría siendo otra cosa más que nuestra propia inconsciencia...

Recuerdo especialmente en estos momentos los extraños fragmentos de un sueño particularmente revelador. En aquel sueño, mi edad resultaba por completo algo enteramente intemporal, puesto que habría yo de convertirme en un pequeño y lúcido infante o en un torpe y desorientado adulto según la dirección que mi mirada tomase, como si la cardinalidad de la orientación acaso hubiere de representar el sentido de cada una de mis personalidades dentro del sueño, esto es, del dispar horizonte de cada uno de mis rostros: al bizarro interior de este sueño podía yo ser un adulto sólo en direcciones definidas y restringidas. Ahora bien, dentro de la fantasiosa historia que habría de poder seguirse en este sueño tan particular, cabrá comentar que me hallaba yo preparándome para iniciar una cierta expedición en compañía de gente que en aquel momento hubo de parecerme irrevocablemente familiar, pero que ahora infortunadamente, y debido a la ingente torpeza de mi memoria onírica, ya no podría recordar. Frente a la familiarmente desconocida horda de anónimos acompañantes que me rodeaban, extendíase entonces la silvestre amplitud de una verde vereda que ascendía por una loma completamente cubierta de pinos y en cuya cima se alzaba una casona de adobe con sus paredes casi por completo desmanteladas; a su alrededor se agitaban cientos de palmípedas y de aves domésticas. Una susurrante voz venida de quién sabe dónde de pronto hubo de decirnos: esta es la casa de mi abuela.

Silenciosamente decidí entonces emprender la marcha hacia la casona; la multitud que antes sólo me acompañaba ahora me seguía. En el decurso de aquella sólida y decidida dirección, era entonces yo un pequeño niño. Cierta recóndita intuición me hizo desear en aquel momento que mis acompañantes y yo hubiésemos de permanecer juntos, y, para no dispersarnos, deberíamos abordar la inspección de la casa de cierta manera, puesto que entendía que el mero e insignificante hecho de alejarme del grupo acaso podría llegar a trastornar el momentáneo equilibrio del conjunto, trastorno este que seguramente haría variar las reglas de todo el onírico juego. Pero entonces, con esa extraña vocación para la desmemoria que habrían de expresar todos los hombres al interior del sueño, después de comprender esta regla capital en aquel efímero instante hube de olvidarla para después separarme del grupo. Curiosamente, en ese entonces era yo un completo y solazado adulto. Mi envejecido cuerpo de adulto hallábase pues caminando sobre infinitesimales granos de maíz desplazándose en medio de un huracanado remolino de patos y gallinas, esperando intuitivamente el hecho inevitable de llegar a encontrarme con algo o con alguien; en determinado momento, mientras me acercaba solitario a la insólita arquitectura, hube yo de tener el curioso recuerdo de una anciana que canjeaba huevos de sus gallinas por basura orgánica, para de esa manera poder alimentar ella a su inmunda piara cerdos; era este un auténtico recuerdo de mi infancia y no acertaba yo a comprender la naturaleza de esta repentina memoria surgida en medio de esta silenciosa casona.

Sin embargo, para dilatar aún más la sórdida decepción que había empezado a martirizarme durante el efímero decurso de aquellos instantes eternos, pude percibir con cierto hálito de misterio que en los enteros alrededores de la vetusta construcción no había la menor señal de gente; sólo entonces hube de notar que me había quedado completamente solo: torpe y egoísta, había yo violado las reglas. Para intentar paliar el considerable desconsuelo que mi repentina soledad ahora me causaba, decidí inspeccionar el misterioso y oscuro interior de la vieja casona de campo. En su interior, el ruinoso edificio escondía la infame y desquiciada sumatoria infinita de un laberinto de habitaciones que parecían multiplicarse más y más cada vez que doblaba yo por una menesterosa esquina; era como una especie de sórdida casa con trampas que habría de estar generándose a sí misma desde la pretérita y remota noche de los Tiempos, haciendo imposible para el ciudadano común el mero cálculo de las distancias o el poder salir de ella sin una clave específica. Entonces comencé a desesperarme verdaderamente. Caminar al azar en medio de las interminables habitaciones de este indescifrable laberinto me hace pasar incómodamente de una edad a otra. Descubrí después, con angustiosa lucidez, que para poder salir de allí lo mejor que podía hacer era simplemente despertarme: abrí entonces lentamente mis ojos; estaba oscuro aún, era de noche todavía. Hube de tratar en aquel instante de rememorar el sueño completamente, pero me resultó un ejercicio casi del todo imposible; ahora sólo recordaba los vagos fragmentos de un rompecabezas laberíntico que me había dejado salir de él solamente despertando. Luego de meditar un buen rato en todo ese mare mágnum de alocadas imágenes fragmentarias, decido entonces que lo mejor es volver a dormir para comenzar a soñar de nuevo.

Aparezco ahora ante la gris suciedad de un escenario urbano, encontrándome también completamente solo en medio de la inhumana entelequia del acero y el concreto, rodeado por la impersonal identidad de un dilatado ejército de innumerables edificios que parecieran estar completamente vacíos; maravillosamente logro recordar aquí mi sueño anterior, pero ahora no es el recuerdo de un sueño vulgar, sino el milimétrico y detallado recuerdo de un hecho real. Me doy entonces a la tarea de caminar por los solitarios alrededores para comprobar después que efectivamente todo en derredor se hallaba completamente desolado. De repente, logro sentir que tras de mí alguien pasa veloz y agitadamente; intento darme la vuelta para poder apresarlo con unas cuantas palabras sobre el calamitoso desasosiego que ahora se halla consumiéndome, pero seguramente hube de hacerlo demasiado tarde porque he vuelto a encontrarme íngrimo y solitario en medio de la entelequia de estas impersonales arquitecturas que ha erguido para nosotros la incomprensible frialdad de la posmodernidad. Caminando ahora un poco más lejos mientras me interno solitario en medio del antinatural silencio de estas urbanidades del concreto, consigo atisbar a lo lejos, con la torpeza de mis oídos poco entrenados para estos menesteres, los pasos de una multitud que pareciese hallarse trotando cerca de allí. Comienzo a doblar entonces instintivamente por innumerables esquinas mientras voy sintiendo que algo comienza a acercarse con la providencial rapidez del vértigo. De repente, alguien pasa corriendo frente a mí mientras alcanzo a notarlo brevemente con el rabillo del ojo; hallándome ahora profundamente desesperado en medio de esa antinatural soledad urbana, decido entonces que lo mejor habría de ser el intentar seguirlo. El hombre trota frente a mí sin descuidar su carrera por distracción alguna: todo parece indicar que ni siquiera ha notado la sospechosa presencia de alguien que ahora sigue sus rápidos pasos con la ineptitud de su torpeza para las marchas rápidas del trote a campo traviesa. Luego de un agitado trayecto en el que ha sido imposible para mí siquiera darle un mínimo alcance, desembocamos después en la inabarcable arteria de una gran avenida y descubro ahora que a mi alrededor se agitan cientos de hombres que corren con brutal ferocidad en medio de la impertérrita soledad de estas calles imaginarias. Sólo atino entonces a contemplarlos en silencio sin llegar a comprender mínimamente lo que sucede: ellos simplemente me rebasan mientras me empujan como si fuese yo el insoportable estorbo de algún adminículo inútil que acaso hubiere de estar entorpeciendo vilmente su propósito secreto; ¿hacia dónde irán? Y, ¿por qué? Camino entonces con incierta torpeza en medio de la creciente multitud de ingentes corredores preguntándome ahora si acaso podré llegar a cambiar las reglas, tal y como aparentemente podía hacerlo en mi recuerdo; pero ni siquiera he logrado quedarme solo: por todos lados la multitud sólo crece y crece. Finalmente decido que lo mejor es empezar a correr junto a la desbocada multitud, aunque sin haber llegado a comprender hasta ahora absolutamente nada de lo que sucede, pero con la plena convicción de que todos ellos saben algo que yo desconozco por completo: ni siquiera he podido saber si alguien nos persigue: ha sido completamente inútil intentar indagar con los corredores por lo que habría de estar sucediendo; nadie ha osado contestar a mis atormentadas preguntas de angustioso ignorante.

Atravesamos muros imperturbables, subimos por escaleras infinitas, doblamos por esquinas impenitentes y parece como si nunca hubiéremos de llegar a donde quiera que fuese que nos estuviésemos dirigiendo. De repente, tal y como sucedía en mi insólito recuerdo, la multitud comienza ahora a disminuir vertiginosamente; cada vez que doblamos por una esquina los trotadores van desapareciendo infinitesimalmente hasta que, posteriormente, me encuentro completa y aburridoramente solo mientras atravieso con incomprensible premura un inmemorial barrio de apariencia colonial. Voy caminando a través de la vetusta antigüedad de sus calles pretéritas, que se me antojan bastante familiares aunque sin que pueda yo distinguir verdaderamente en qué preciso lugar del mundo me encuentro; luego de un largo rato de haber desacelerado mi paso para dedicarme a caminar con más relajada tranquilidad, diviso entonces algo que atrae mi atención: un cortejo fúnebre se pasea por la antigüedad arquitectónica del barrio recordándome a la ingente y anónima masa de corredores que me acompañaban hacía unos instantes atrás. Una cierta corazonada me hace decidir que debo disponerme a alcanzarlos; trato entonces de acercarme al misterioso cortejo caminando tan rápido como me es posible, pero, extraña y angustiosamente para mí, no puedo lograr darles alcance, así que me mantengo pues alejado a una distancia más que prudente. Observando la escena desde mi apartado lugar he podido notar que los duelistas avanzan demasiado rápido para ser un cortejo fúnebre y que se mueven con gran agilidad, pues han logrado salvar el laberinto del barrio como si hubiere de tratarse de una competencia en la que el muerto acaso debiera llegar en el primer lugar. De repente, algo perfectamente predecible sucede entonces: luego de doblar por una esquina los pierdo de vista. Completamente desconcertado, continúo avanzando por la misteriosa y silenciosa callejuela hasta que unos instantes después, justo a la mitad del recorrido, me detengo en medio de una secreta perplejidad para poder contemplar una intensa algarabía que habría de haberse erguido ante mí en aquellos segundos: habría de tratarse nada más que de un consuetudinario montón de gente que se ha reunido en una de las añejas casonas; gente esta a la que acabo yo confundiendo con el cortejo. Decido entonces penetrar en la casa convenciéndome de que si estas gentes no han de ser el cortejo, por lo menos algo tendrán que ver con él. Encontrándome ahora refundido en medio de esta nueva multitud logro notar que al interior de la casa todo parece perfectamente coherente con el espacio: una casona que se levanta casi completamente en ruinas mientras que los residentes que la habitan visten con harapientos andrajos. Pero habrían de ser estos andrajos unos muy especiales, puesto que ellos habrían de estar pretendiendo expresar una sutil e inequívoca idea de elegancia. Todo aquí vendría a estar resumiendo un aire infinitamente bizarro y misterioso. Distingo entonces entre la multitud algo que se me ha antojado como lo más misterioso: un anciano harapiento y barbudo de actitud digna y altiva, aunque un tanto distante y fría, que me observa, con su sombrero en la mano, desde una especie de balcón que se halla ocupando una zona de la casa en donde no habría de haber techumbre alguna, haciendo esto muy luminoso el sector pero dándole también el aspecto de una completa ruina. Deseo entonces acercarme al anciano para poder, quizás, llegar a interrogarlo sobre el cortejo; pero de pronto, en el momento justo de arribar yo al sitio donde se emplazan las escaleras, soy oscuramente interceptado por dos damas que bordean los cincuenta años, queriendo ellas captar algo más que mi atención. Cayendo entonces en su trampa, las encuentro provocativas y seductoras: lascivamente me doy cuenta de su juego secreto al que accedo con lujuria en mis pensamientos; así es que entonces trato de seducirlas sin alcanzar a comprender todavía que soy yo quien se ha dejado seducir. Subimos ahora los tres por las dilatadas escaleras y llegamos al segundo piso, en donde habrían de hallarse reposando asentadas las aparentemente innumerables habitaciones y el misterioso balcón, desde donde en estos precisos momentos se encontraría observándome el misterioso anciano acariciando tibiamente su sombrero con las manos.

La puerta de la habitación se ha cerrado tras de mí y las luces ahora se han encendido también. Las dos damas que me acompañan lucen ahora una exquisita ropa interior negra, gracias a la cual puedo apreciar en estos instantes la excelencia de sus carnes perfectamente conservadas. Se acuestan entonces las dos sobre una inmensa cama doble cubierta de rasos púrpuras y azules, desapareciendo ambas después bajo la dulce suavidad de las sábanas. Al quedarme solo, decido indagar entonces por todos los rincones de la habitación mientras recorro perplejo la total infinitud de sus detalles, aguardando quizás a que las lúbricas y provocativas mujeres aparezcan de nuevo. A juzgar por la profusa decoración tan exquisita, la alcoba, indudablemente, habría de ser la de una mujer, pero mi consciencia ignora ahora por completo si se trata de la habitación de alguna de las dos damas que me han traído o de alguna otra dama gentil y desconocida para mí. Mientras ausculto la infinidad de cosas que muy ordenadamente reposan sobre el tocador, de repente llama mí atención un objeto ínfimo: un yaciente relicario plateado que adolece de unos ideogramas chinos grabados sobre su superficie de argento, sujeta ella asimismo a una cadena también de plata; con terror, con perplejidad, con extrañeza, al abrirlo descubro en su interior mi propia fotografía. Decido entonces que ahora es el momento de ir a hablar con el anciano, pero, cuando me dispongo a salir de la cálida habitación iluminada por la tibia media luz de unas lamparillas, aparece nuevamente una de las dos mujeres impidiéndome el paso. Me toma ella de la mano y me lleva después hasta la enorme cama doble. Cuando estamos apunto de acostarnos luego de que la dama se ha desnudado para mí por completo, el viejo del sombrero entra en la alcoba y la mujer entonces desaparece mágicamente desvaneciéndose en el aire. Aquejado por un poco de enfado me acerco amenazadoramente al anciano para preguntarle por el cortejo, pero resulta por completo inútil: el octogenario abuelo no habla mi idioma. Le muestro ahora el relicario con mi fotografía, y el anciano balbucea entonces unas palabras que logro entender: la casa es circular. Diciendo esto, el hombre da media vuelta para luego desaparecer atravesando el umbral de la habitación.

Salgo entonces de la habitación para contemplar después el primer piso de la casa desde la luminosa amplitud del viejo balcón sin techumbre. Compruebo desde allí, con cierta infame alegría perentoria, que esta abigarrada multitud habría de tratarse, pues, de la misma gente que habría de haber participado en el misterioso cortejo fúnebre, puesto que logro percibir a través de la agitada masa que se pasea por el vestíbulo que el ataúd reposa ahora verticalmente en uno de los rincones. Bajo entonces por la casi inabarcable dilatación de las escaleras para confundirme después con la multitud y casi desaparecer en medio de la enjundiosa algarabía; sin embargo, descubro paseándome entre la gente que en realidad no pretendo yo salir de la casa, no hasta que, por lo menos, logre yo saber quién es el inmaculado difunto. Trabajosamente le doy alcance al ataúd caminando con torpeza mientras me abro camino entre el ingente anonimato de estos desconocidos para comprobar después que el tétrico féretro está completamente vacío; un borroso detalle habría de estar decorando la dura madera de la tapa: hay pegada sobre la tapa una imprecisa fotografía. Descubro entonces, con pánico indecible, que había de tratarse, ni más ni menos, de una difusa ampliación de la fotografía del relicario: esto es, de mi propia fotografía. Macabramente adivino pues que habría de tratarse entonces esta reunión nada más que de mi propio sepelio. Con perversa lógica deduzco ahora en medio de reflexiones desesperadas que inevitablemente habré de ser asesinado dentro de la casa; afortunadamente para mí, hasta ahora nadie ha logrado reconocerme. Me apresuro entonces, durante el decurso de estos angustiosos instantes, a intentar darle alcance a la salida de la casa, pero compruebo con inicua amargura que el mero hecho de atravesar el gentío se ha vuelto ahora una dilatadísima tarea infinita. Pasan entonces para mí desesperados minutos, tal vez horas, décadas quizá, la Eternidad completa transcurre ante mis ojos con cada segundo en que se me dificulta llegar hasta la salida; surge entonces en mi mente un extraño proceso de metempsicosis desde el cual puedo contemplar un innumerable decurso de evolutivas vidas hasta que finalmente consigo dar con la puerta. Atravieso ahora el umbral cerrando silenciosamente la puerta tras de mí, pero entonces me confunde una desagradable sorpresa: estoy de nuevo dentro de la casa, pero ahora todo se halla del lado simétricamente opuesto, como si todo hubiese sido invertido por un espejo. Cruzo de nuevo varias veces el umbral para comprobar después, amargamente, que la escena reiteradamente habría de estar repitiéndose tras la misma y única puerta de salida: tal parece que habría yo de estar verdaderamente atrapado. Comienzo entonces a sentir auténtico pánico y dentro de pocos instantes podría yo sucumbir ante la desesperación, incapacitándome a la sazón para poder especular con cabeza fría por las posibles soluciones para este aciago dilema. Miro ahora con desesperada agitación de nuevo hacia el balcón y veo entonces al anciano de barba y sombrero, quien celada y silenciosamente me ha dado la respuesta al problema de la salida: el hombre se halla enteramente cabizbajo y meditabundo, concentradamente abstraído en la augusta contemplación del imponente e impecable cielo azul que puede verse desde la impertérrita tranquilidad del balcón. Es entonces cuando decido escapar de ellos escabulléndome a través del techo.

Corriendo el terrible riesgo de llegar a ser reconocido por la inicua perversidad de mis fantasmales enemigos, me he visto obligado a atravesar una vez más el populoso gentío en dirección a las escaleras; trato de caminar con la cabeza gacha intentando no llamar la atención de mis acompañantes a la par que intento también evitar por completo sus miradas. Cada uno de los fantasmas que logro rebasar representa para mí siglos enteros de paciente aguardo, siglos enteros de infinitesimales segundos que habrían de estar caminando para mí con la proverbial lentitud de la tortuga en la célebre aporía de Zenón: cada segundo que paso en esta casa tratando de escabullirme rumbo a las escaleras caminando con torpeza entre la multitud, ha comportado para mí el inefable decurso de eternidades enteras que transcurren ante mis ojos como una veloz película muda; puedo ver las escaleras a unos cuantos pasos de mí cuerpo, pero mágicamente las distancias se hacen más y más inconmensurables con la marcha del tiempo, a la par que la multitud parece multiplicarse con cada uno de mis nuevos pasos: sus rostros difuminados en la niebla de mis más torpes recuerdos se asemeja a los tibios chispazos que manan de la Eternidad cuando la noche se abalanza sobre nuestras cabezas al final del día. Miro entonces desesperadamente hacia el sitio donde se alza el féretro lúgubre que habrá de reposar después en lo profundo de mi sepulcro, para notar ahora que la borrosa fotografía se hace cada vez más y más nítida; conjeturo entonces que el macabro ritual de mi muerte habría de estar hallándose cada vez más próximo. Pero, finalmente, luego de siglos y siglos de ingente Historia Universal, he conseguido arribar de nuevo a la inabarcable infinitud de las escaleras. Sorpresivamente, soy interceptado otra vez por aquellas mujeres tan deseables, pero ahora ya no les importa que los demás las contemplen en su ropa interior. Me sonríen las dos tomándome de las manos para que después comencemos la infinita labor de ascender hacia las habitaciones. Inevitablemente conjeturo ahora que todo vendría siendo nada más que una mera repetición producida por el simétrico espejo del umbral, repetición esta que habría de acusar el agravante de que ahora espero ser asesinado, agravante este en el que lo más factible haya de ser el hecho de que la ejecutora posiblemente pudiera ser alguna de las dos lascivias damas que me acompañan en estos instantes. Al llegar al segundo piso luego de una nueva e inenarrable travesía infinita a través de la dilatación de las escaleras, una de las damas se atreve a susurrarme algo al oído dulcemente, algo inabarcable que no alcanzo a comprender. Entonces me suelto con violencia de sus manos y corro con desesperación hasta el sitio del balcón y, sin saber cómo, comienzo entonces a escalar ágilmente por los muros hasta que finalmente me encuentro en el techo sin tejas, haciendo equilibrio trabajosamente en una de sus innumerables vigas intentando no caer al vacío, donde los asesinos de mi nombre me aguardan acaso con antropofágica ansiedad. Previsiblemente, una de las mujeres comienza ahora a gritar estrepitosamente y enseguida el gentío dirige su mirada hacia mí: desesperadamente he sido descubierto ahora por mis verdugos. Desde abajo, la enfurecida muchedumbre comienza a arrojarme cosas violentamente con el firme y perverso objetivo de hacerme caer. Sin embargo, con angustiosa torpeza he logrado llegar hasta las techumbres de las casas vecinas y es allí donde comienza mi verdadera huída: el reiterativo decurso de la Historia Universal al interior de la casa circular ha quedado atrás, en el pasado. Ahora bien, luego de caminar durante varios minutos sobre la roñosa y húmeda antigüedad de los tejados vecinos, decido entonces saltar al patio de una de las casas que me ha parecido muy familiar; descubro ahora, no sin asombro, que el viejo del sombrero me ha seguido y se encuentra junto a mí. El misterioso personaje repite invariablemente la misma frase hasta el cansancio: la casa es circular, la casa es circular. Tanto énfasis en ese rasgo mágico comienza ahora a aterrarme, haciéndome pensar que en realidad no he podido salir de aquella casa. Intentando huir de la frase demencial, decido entonces ocultarme en los interiores de la casa que ahora nos cobija, para descubrir después que nos encontramos de nuevo en la vieja casa de la loma. Una voz repite con insistencia esta es la casa de mi abuela, esta es la casa de mi abuela. Me pierdo entonces entre el laberinto de las habitaciones, ora como niño, ora como adulto, conjeturando ahora que tal vez todo haya sido un sueño del que puedo salir despertándome; haciendo en el momento un magno esfuerzo, consigo despertar bajo la tórrida y cenital luz del mediodía.

Salgo a la calle para caminar durante un rato luego de haber tomado un buen duchazo de agua caliente para intentar después el ejercicio de llegar a reconstruir, aunque quizá tan sólo fragmentariamente, los sueños que he tenido. La frase del anciano sobre la forma de la casa ahora me obsesiona, como si fuese el aforismo absoluto de alguna filosofía oculta y remotamente perdida. Pienso tal vez que en cierta manera todo en aquella casa era circular, no simplemente su forma: salir de la casa por la puerta principal resultaba una tarea del todo imposible, dado que aparentemente esa mágica y misteriosa puerta comportaba precisamente el punto donde la circunferencia habría de terminar o de comenzar. Otro aspecto circular parecía serlo también el juego lúbrico de las dos mujeres, quienes aparentaban un tramposo solaz de seducción que acaso pudiera estar repitiéndose cíclicamente una y otra vez, Eón tras Eón y, posiblemente, desde tiempos inmemoriales, tal vez reiterando ellas su actuación a través de la inabarcable entelequia de toda la Eternidad, comenzando su divertimento libidinoso siempre en las escaleras para desaparecer después bajo las sábanas sin mayor variación salvo, quizás, la de mi asesinato. Y desde luego también circular resultaba ser el insólito hecho de encontrarme asistiendo yo a mi propio sepelio, que se vería consumado circularmente después de mi asesinato. Mientras estas reflexiones acompañan mi camino, distraídamente voy errando por la ciudad mientras doblo por esquinas al azar sin mucha conciencia de ello, caminando totalmente obnubilado por la naturaleza de la misteriosa frase del anciano; luego de doblar instintivamente por una esquina que se me ha antojado como muy familiar, desemboco de repente a una inmensa avenida poblada de innumerables ciudadanos, y entonces me veo atrapado en medio de una insoportable algarabía de gentes que por todas partes gritan feroces consignas políticas mientras portan ellas hirientes pancartas en contra de las injusticias a las que han sido sometidos; repentinamente tengo ahora la impresión de no haber despertado sino de estar asistiendo a la infinita variación de una misma pesadilla. No sin el previsible temor onírico de no ser escuchado o de no recibir ninguna respuesta, pregunto entonces a un parroquiano de qué habría de estarse tratando toda esta barahúnda; el hombre me responde en su dialecto coloquial que habría de tratarse la multitudinaria marcha de una protesta sindical por no sé qué motivos. Aunque si bien su respuesta logra aliviarme sobremanera, algo muy en lo profundo de mi alma me impide dejar de pensar que en realidad debo hacer un esfuerzo por despertarme. Intento infructuosamente abrir mis ojos de durmiente para salir de aquella pesadilla no logrando nada más que acabar por desesperarme vanamente; decido entonces que habré de dejarme llevar por la corriente hasta el momento en que se produzca algo que verdaderamente me obligue a despertar. Finalmente, luego de marchar durante un largo trecho en medio de los gritos y las consignas, mis acompañantes y yo desembocamos en la enorme plaza principal donde habría de estar emplazado el edificio del Parlamento. El gentío no podría haber llegado a ser más exasperante; trato ahora de abandonar aquel sitio para obligarme a despertar en alguna otra parte menos bulliciosa, pero nuevamente me encuentro con que el mero hecho de atravesar la multitud para salir de allí se ha vuelto una tarea casi imposible: la insoportable y copiosa densidad que habría de estar componiendo la agitada masa de irritados ciudadanos protestantes que ahora me acompaña, me hace desistir de mi fuga a mitad del camino no quedándome ninguna otra vía más que detenerme resignadamente a observar la protesta frente al edificio del Congreso. La irritada y densa muchedumbre que ahora se extiende ante mí y por doquier me hace pensar entonces en una película de Einsenstein, aquella sobre la Revolución Soviética de Octubre, y a la sazón se me antoja pensar que tal vez sea este sueño nada más que una recreación de aquella película: la densa inabarcabilidad de un gentío tan magnánimamente brutal como este sólo puede ser obra de la ficción cinematográfica de un genio creador como Einsenstein. Miro en aquel momento a mi alrededor, casi con distracción, intentando abarcar con la mirada la ingente pluralidad de descontentos y anónimos rostros nuevos y completamente desconocidos para mí, cuando, de repente, sucede: la veo venir entre la multitud; una mujer que bordea los cincuenta años, aunque magníficamente conservada, se acerca vertiginosamente hacia mí. La reconozco inmediatamente: es una de las dos lúbricas damas que ha intentado seducirme en las habitaciones de la misteriosa y extravagante casa circular. Y, por supuesto, el pánico ahora me invade y me paraliza mientras observo la hábil manera en la que cada vez está ella más cerca de mí logrando atravesar fácilmente la multitud. El tiempo entonces se detiene; el epiléptico y viril chisporroteo de los sucesos que habrían de componer a nuestra entera Historia Universal nuevamente ha secuestrado la orbicularidad de mis ojos transcurriendo frente a mí como la inabarcable infinitud de una película muda en blanco y negro en la cual no habría de haber ninguna clase de protagonistas, sino solamente descomunales masas y masas de gentes completamente anónimas. Mi corazón se desboca al tiempo que mis músculos se entumecen por completo impidiéndome cualquier tipo de movimiento: ahora la mujer está junto a mí y se acerca seductoramente a mi oído. Entonces me susurra algo que me desconcierta por completo; ha dicho: con su permiso, joven. La mujer tranquilamente me ha rebasado para alejarse entre la muchedumbre mientras que entonces mi temor se convierte ahora en fascinación; debo decir, por cierto, que habría de tratarse esta fascinación de una muy especial, una tan pasional, que me habría hecho tomar la decisión de seguir a la fantástica mujer caminando tras ella torpemente entre la masa. Ella, sin embargo, pareciera eludir todos sus repentinos obstáculos con absoluta habilidad y presteza, como si en lugar de tratarse de un ser de carne y hueso se tratase más bien de una espectral aparición fantasmagórica. Recuerdo entonces, no sin expectación y compulsiva curiosidad, que todo esto no habría de ser nada más que un sueño y que por lo tanto todos los soñados habrían de estar moviéndose, precisamente, como los fantasmas de un cuento de hadas. Es entonces en este momento cuando deseo infinitamente llegar a ser seducido por aquel fantasma, pero unos segundos más tarde debí reconocer que ya lo había hecho. No acabo de preguntarme hacia dónde o hacia quién habrá de estar dirigiéndose esta aparición, cuando, repentinamente, a unos pocos pasos de ella veo su objetivo: se trataría entonces del octogenario anciano de la casa circular, completamente erguido mientras habría de hallarse él reposando de pie con su traje harapiento en medio de la algarabía al tiempo que acaricia su sombrero con las manos. Extraña pareja, me digo mientras me detengo. Y habría de ser en aquel preciso momento, cuando hubo de acaecer entonces algo innombrable.

Vi entonces de manera infinitesimal a la gruesa y dilatada multitud, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista; vi también en medio de aquel ejército anónimo el perfil orgulloso del anciano, altivo e infinitamente tranquilo; vi también marchar entre las masas el cuerpo perfecto de aquella mujer que se le acercaba silenciosamente en medio del caos. Y fue entonces cuando vi el puñal. Lo portaba ella con firmeza tibiamente envuelto por el guante de cuero que cubría su mortífero puño: podría yo jurar en el nombre de Dios que pude ver también la arrogante manera en que la hoja de doble filo resplandecía entre las sombras. Completamente estupefacto, no comprendo aún que es lo que me ha impedido gritar para tratar después, vanamente, de acercarme. El cuerpo de la mujer me impide a la sazón ver el destino cruel del puñal. Miro entonces al cielo con desesperada acritud alcanzando a ver como las alas de dos mariposas migratorias que vuelan en sentidos opuestos casi se rozan en el aire, confiriéndole a aquel instante un atisbo de inmemorial perfección. La mujer ha susurrado algo al oído del anciano para después dejarlo caer con el vientre ensangrentado y luego desaparecer rápidamente, desvaneciéndose ella entre el impensable anonimato de la infinita muchedumbre. Previsiblemente, nadie más que yo ha siquiera notado algo. Luego de haberse desplomado al suelo lentamente, como si hubiese sido él un grueso y bondadoso árbol milenario, del bolsillo de su andrajosa chaqueta ha caído algo que rueda hasta mis pies y que recojo ahora para poder observarlo con angustiosa premura: se trata este objeto misterioso del relicario chino de argento, y al abrirlo descubro en su interior una vieja y un tanto borrosa fotografía en blanco y negro de la mujer asesina. Trabajosamente llegó hasta donde yace ahora el anciano y mi obsesión es preguntarle por el significado de sus palabras, pues temo despertar sin una respuesta.

-¿Cuál es el significado de la casa es circular?- le pregunto entonces al moribundo.

-La Historia es circular, todo se ha cumplido-, ha sido su respuesta. La vida del anciano prontamente se apaga entre mis brazos y me doy cuenta, en este momento, que nunca he estado más despierto.

Septiembre de 2005.

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