(Delirante ficción onírica de humor negro)
Los sueños, dice Homero, que son de Júpiter
Y que él los envía, y en otro lugar, que se han de creer.
FRANCISCO DE QUEVEDO, El sueño del juicio final.
Bastará decir, para dar buen comienzo a esta extraña e insólita historia, que habría yo de recordar perfectamente bien que durante aquel día me había cansado con vertiginoso estrépito de estar visitando a unos amigos en su apartamento del centro, decidiendo entonces interrumpir abruptamente mi visita con el más bien poco prudente comentario de que no me gustaba almorzar a deshoras, y que por lo tanto, sin más remilgos deseaba yo salir con resuelta prontitud a buscar un restaurante donde pudiese almorzar ipso facto. Imprevisiblemente mis amigos hubieron de tomar al principio el susodicho comentario como una remilgosa ofensa, debido esto a que de alguna manera habían sentido que en realidad me encontraba yo en el irónico ejercicio de presionarles para hacerme invitar a almorzar en su casa; y por supuesto, en aquel momento hubieron ellos de disculparse con agradable gravedad, afirmando entonces que no habrían ellos de quedarse cocinando ese día en su apartamento, porque, gracias a una invitación hecha por sus progenitores, irían un poco más tarde a almorzar en casa de su madre. Captando entonces con la celeridad del vértigo la irritada incomodidad que azarosamente había provocado mi comentario, hube de agregar entonces con mucho sentido del humor que en realidad mi problema radicaba en que me gustaba almorzar solo, y que en ningún momento había pretendido hacerme invitar para comer gratuitamente.
Hecha entonces la salvedad, hube después de despedirme con suma cortesía para luego dedicarme a bajar al primer piso; recuerdo que entonces un extraño capricho hizo que me hubiere decidido por usar las escaleras en detrimento del poco deportivo ascensor. Infortunadamente para la mejor ejercitación de mi salud, luego de haber bajado dos pisos por las interminables gradas circulares de la torre para comenzar a sentirme irremediablemente fatigado, mi estado físico de estudiante sedentario me hizo después desear usar el ascensor; recuerdo bien que, al hallarme en las escaleras que comunican el piso trece con el doce, hube entonces de intentar devolverme de inmediato al piso superior girando con cierta abrupta violencia que me hizo entonces torcer accidentalmente el tobillo con sumo dolor: ostentando yo una cierta milagrosa suerte de principiante, hube de lograr evitar la caída aferrándome con tremebunda torpeza a los ladrillos sin revocar de aquellas escaleras, aunque, eso sí, sin lograr hacer mayor cosa por evitar el intenso dolor que hubo de producirme semejante torsión tan repentina. No recuerdo cuanto tiempo hube de permanecer después sentado en las escaleras masajeando mi tobillo lastimado; sólo recuerdo que la luz de la bombilla titilaba con la intermitencia propia de un lucero remoto, como si estuviese dispuesta a fundirse de repente en cualquier momento: durante largos minutos estuve aguardando allí a que ocurriese aquel ínfimo suceso eléctrico, y, cuando finalmente la bombilla se hubo apagado y mi dolor se hubo entonces calmado, volví al piso trece para después conducirme hacia el primer piso bajando por el límpido ascensor, ascensor este cuyo lánguido interior se hallaba completamente rodeado uniformes espejos de azogue y cristal.
Durante el trayecto de trece pisos hacia abajo, hube yo de mantenerme totalmente preso en la inverosímil contemplación de mi propio rostro en uno de aquellos espejos, y hubo de parecerme entonces que mis rasgos adolecían de cierta irrealidad que atribuí a la deficiente luz mortecina del comentado elevador, sumada también a los estragos que el tiempo había estado operando en la entera fisonomía de mis facciones. Cuando se hubieron abierto las puertas, estaba todavía yo de espaldas mirándome abstraídamente en el espejo, teniendo entonces que ladrar en ese momento el perro de una de las vecinas para que saliese yo de mi trance y me pudiera dar cuenta de que ya me encontraba en el vestíbulo del primer piso. Salí después de la torre atravesando con acérrima prontitud el amplio parque que separaba a un edificio del otro dentro de aquel conjunto residencial, y me dirigí entonces hacia la portería. Antes de atravesar la pesada y enorme puerta giratoria de cristal para salir de allí, hube en aquel momento de darme la vuelta para contemplar las altas torres durante largos segundos, como si en realidad hubiere de haberse tratado de la última vez que habría de verlas, y, finalmente, salí de allí suspirando hondamente en medio del céfiro.
Comencé a caminar a la sazón por la amplitud de la tercera avenida enrumbándome hacia el sur, buscando ahora un restaurante donde poder almorzar mientras me adentraba en el antiguo barrio colonial contiguo a las torres, barrio este que en el día aquel resplandecía entonces con esa gracia que sólo puede apreciarse bajo la dorada y crepuscular luz de las cinco y media, fenómeno aquél por lo demás bastante raro durante el consabido momento, porque, a decir verdad, la ciudad se encontraba atravesando plenamente la fortaleza cenital de la luz del mediodía. Aquel anacronismo lumínico hubo entonces de entretenerme durante un largo rato, haciéndome olvidar por completo mi verdadero cometido mientras me obligaba a caminar larga y distraídamente por los pavimentos de la avenida al tiempo que contemplaba la extraña luz del momento. Cuando hube regresado de ese estado de fugaz melancolía, no pude evitar sentir un hambre cuantiosa, y sólo entonces recordé lo que en realidad andaba buscando. Se me hace ahora necesario anotar que en aquellos momentos la calle aparentaba tener algo de fantasiosa irrealidad, y me atrevería a decir que casi de fantasmagórica ficción alucinada; pero, sin embargo hube de juzgarla entonces como muy familiar para mí, pareciéndome además recordar en ese instante que había en ella un restaurante dulcemente conocido por mis recuerdos, obligándome entonces a caminar ligera y suavemente sobre las aceras adoquinadas como si en verdad hubiere sabido hacia donde me estaba dirigiendo; aunque debo comentar, para ser sincero, que no tenía en realidad mayor conciencia de aquel vago recuerdo del lugar al cual me hallaba conduciendo en ese instante.
Llegando a la sazón casi al final de la cuadra, hube de creer en aquel instante que finalmente había logrado yo arribar hasta el sitio de mi recuerdo, sitio este que hubo de resultar enclavado en las mediocres alturas de un segundo piso. Subí en aquel momento por las escaleras para encontrarme después con varias puertas; infortunada y desesperadamente tuve que admitir que no podía yo recordar en aquel minuto cual de todas ellas habría de ser la que me hallaría buscando. Decidí entonces atravesar azarosamente la puerta de la derecha, resultando después que tras aquella puerta se alzaba un barcito de medio pelo, uno de esos que tienen toda la irrevocable y marginal apariencia de un burdel barato. La atmósfera del sitio hubo de parecerme en aquel tiempo sumamente enrarecida, pudiendo notar además que los empleados habían tratado de disimularla quemando numerosas varitas de incienso y pequeñas astillas de palo santo, produciendo esto un insoportable olor a mugre revuelta. Disimulando mi desorientación salí de allí sintiendo un profundo asco por el lugar y pensando además que por lo menos deberían haberlo barrido antes de haberse dedicado a refregarlo con el trapero que había visto reposando por allí, en alguna esquina. Luego hube de descubrir, muy a mi pesar y muy a costa de mi creciente apetito, que las otras dos puertas estaban cerradas con llave; pareciome entonces esta cuestión singularmente desconcertante, puesto que en verdad creía yo recordar que el restaurante debería de haber estado ubicado justo en aquel sitio. Luego de quedarme un largo rato completamente pasmado mientras conjeturaba la naturaleza de mis equívocos recuerdos, pude darme cuenta entonces que en un rinconcito de aquella segunda planta había otras escalerillas que conducían a un tercer piso, diciéndome entonces que lo mejor habría de ser, sin más, subir por ellas sin tener absolutamente nada que perder, exceptuando, quizás, otro poco más de paciencia.
Descubrí después que arriba había solamente dos puertas sutilmente entornadas, como si acaso estuviesen ellas invitándome a entrar. Al atravesar la primera, no pude evitar sentir que el sitio aquel que ahora se alzaba tras ella me estaba resultando ser de lo más familiar; pero, para mi silenciosa y circunspecta sorpresa, tampoco se trataba esta vez del restaurante. No resultó ser otra cosa diferente a una empresa municipal de transportes, completamente decorada con afiches enormes de autobuses descomunales y de pequeños colectivos. Desde luego hube yo entonces de querer indagar con los posibles empleados de la empresa aquella por la plausible ubicación del restaurante; pero, misteriosamente no pude encontrar a nadie allí: el sitio existía completa desolado. Por una ventana mediocre podía contemplarse hacia abajo todo el panorama donde, al parecer, había un gran aparcamiento en el que se hallaban varios buses precisa y simétricamente parqueados, yaciendo oblicuamente cada uno de ellos muy bien puestecito junto a los otros; y, recostados sobre el más grande mientras fumaban, se encontraban unos muchachos que hube de imputar como los pilotos. Con extraño e incomprensible misterio, tampoco había en aquella oficina algún tipo de escaleras o de puerta que pudiese conducirme hasta aquel sitio y que me permitiese hablar con esos sujetos para intentar preguntarles por la posible ubicación del equívoco restaurante de mis dubitativos recuerdos. Con irritación, con espanto, con estoicismo descubrí después que no se podía abrir la ventana y que entonces tampoco podría hablar con ellos gritándoles desde allí.
Y en aquel momento de resignada furia repentina, el teléfono de la oficina hubo entonces de comenzar a repicar de repente y no había nadie más que yo que pudiese decidirse a contestar. Quien quiera que fuese el desdichado personaje que estuviese llamando, hubo de insistir enfermizamente hasta que me hube cansado de escuchar el infernal timbre del aparato aquel, violentándome entonces a contestar. Cuando hube levantado el tubo para desquitarme por mi infortunada suerte, acaso injuriando al posible cretino que pudiere estar llamando en ese momento, me encontré después con que se hallaba sonando por el auricular una extraña melodía que habría de parecerme entonces, por lo demás, bastante folclórica, pero de un folclor que aparentaba ser extranjero; ruso, probablemente. Luego comenzaba a parlotear una horripilante voz de tenor que pregonaba la adhesión al partido conservador y que después intentaba vender unos lotes baldíos en la zona más tórrida del país. Lógicamente, no podía yo dejar de inferir con cólera irónica que habría de tratarse, sin más, de una de esas grabaciones comerciales que funcionan azarosamente a través de las líneas telefónicas. Toda la situación terminó por parecerme entonces tragicómicamente absurda; de hecho demasiado tragicómicamente absurda como para poder decidir en aquel instante si en verdad se trataba de una situación real; pero ahí me encontraba yo, con el teléfono en la mano y completamente incomunicado. Colgué en aquel momento el tubo para que después comenzase a repicar de nuevo con la furia propia de un trámite largamente postergado. Salí pues de allí bastante aturdido y desorientado mientras que dejaba repicar impunemente al satánico aparato ese.
Me acerqué después con prudencia y sigilo a la otra puerta convencido de que tras ella sí habría de encontrar por fin el restaurante del que tan buen recuerdo tenía. Pero a decir verdad, era éste recuerdo algo que no acababa de tener del todo claro, siendo él más bien como una extraña especie de fuego fatuo de la memoria que habría de mantenerse brillando fuerte e intensamente en la superficie durante unos breves instantes, para luego desaparecer por completo dejando tras de sí solamente la inefable e insólita vaguedad de su aliento. Hube de comprender ulteriormente, cuando mi extravío no podía ser mayor, que en realidad habría de tratarse más bien de una especie de misteriosa y difuminada premonición que se había escapado de mi inconsciente para alojarse después en medio de los espacios blancos e inhabitados de mi memoria, haciéndome creer que efectivamente había estado yo allí anteriormente, y haciéndome pensar también, además, que había tenido yo una muy buena impresión de aquel sitio. Sin nada que perder, hube entonces de franquear la entrada para nuevamente tener, pues, la impresión de encontrarme sintiendo mucha familiaridad con todo lo que me hallaba ahora contemplando.
La habitación que me precedía en aquel instante, y que hube yo de juzgar como el vestíbulo, aparentemente no se trataba más que de un amplísimo salón que engañosamente figuraba tener un techo muy alto, elevadísimo a ciencia cierta, y que me hacía descreer entonces de la vaga y difusa impresión que había tenido yo de las dimensiones del edificio nada más que viéndolo desde afuera. A mi derecha se alzaba también un dilatado ventanal desde el que se podía contemplar toda la entera completitud de la inabarcable techumbre de las casas vecinas. Y frente a mí ahora se elevaba un juego de amplias escaleras que habrían de prolongarse hasta bastante altura. No habría yo de mentir si afirmase ahora que durante aquellos instantes el ambiente de aquel salón hubo de parecerme, sin más, bastante mejor que magnífico, haciéndome éste decir que me quedaría. Comencé entonces a subir por las gradas con creciente ansiedad, puesto que verdaderamente ansiaba yo poder llegar a redescubrir el restaurante, como naturalmente hube de hacerlo un poco después. Ahora bien, no habría de mentir tampoco ahora si afirmase también que el mundo pareciera estar comportándose consuetudinaria y ordinariamente, quizá, como una frágil y pequeña cajita de sorpresas que no hubiere de tener fondo alguno; o por lo menos así hubo de parecerme el mundo en el momento exacto de descubrir que el final de las escaleras no podía llegar a ser más desconcertante: al terminar de subir, lograba uno arribar nada más que a un piso semejante al vestíbulo de la planta baja para que después, misteriosa y estrambóticamente, hubieran de seguir prolongándose todavía más las escaleras.
Por otra parte, si bien la decoración me resultaba bastante atractiva, no podía evitar tampoco que se me antojase igualmente monótona: por todas partes había clavados sobre las paredes inmensos carteles con fotografías de los Beatles en todas sus variaciones: los Beatles sentados de frente, de medio lado, de tres cuartos, la mano en el mentón, los Beatles de pie tocando sus instrumentos, los Beatles con los rostros completamente extraviados tras la barba y el cabello largo…, los Beatles degustando comida callejera norteamericana mientras intentan no manchar de salsa sus vestiduras sicodélicas. A esta excéntrica rareza decorativa se sumaba otra todavía más espeluznante: una constante extrañeza hubo de resultarme entonces un interminable y misterioso olor a estofado, estofado este que en apariencia tendría que haber estado cocinándose en algún sitio del restaurante, pero que, como bien hube de comprender después, en realidad no existía en ningún lugar del supuesto refectorio. No obstante, el estofado ese olía tan bien, que a pesar de encontrarme considerablemente molesto por la extrañeza de toda la situación, me di a la tarea de seguir subiendo unas escaleras de las que tampoco mentiría ahora si afirmase yo que en cierto momento también hubieron de antojárseme como vulgarmente infinitas: descubrí después que luego de las segundas escaleras la escena se repetía de manera asaz sobrenatural y brutalmente desesperante, exhibiendo ahora el local una intensa mordacidad metafísica mientras se deshacía en un inabarcable olor a estofado casero.
Y por supuesto, el techo parecía alejarse con cada nuevo peldaño que subía, y de esta manera el sicótico restaurante continuaba entonces dilatándose en forma bastante maniática. La única diferencia notable con el piso anterior era única y singularmente que las escaleras giraban ahora en la dirección contraria, esto es, hacia la izquierda, como si el segundo piso del restaurante estuviere montándose ahora sobre la oficina de transportes que aparentemente debería de continuar estando al lado. Todo me resultaba entonces tan extraño, que no tuve más remedio que seguir adelante: me encontraba en aquel momento hambriento en verdad y en aquellas condiciones sólo podía atinar a dejarme llevar por ese delicioso aroma del estofado que aparentemente habría de estar cocinándose en algún rincón de este enigmático merendero. Pululaban de nuevo los interminables afiches de la banda británica y nuevamente se repetían los ventanales y las interminables escaleras. Cuando hube arribado al quinto piso, comencé entonces a sentir verdadero pánico luego de un inevitable descubrimiento: aquí también se habían procreado esas malparidas escaleras; pero en el momento aquel la cosa resultó ser todavía más descabellada y espeluznante, puesto que a la sazón habían aparecido escaleras en las tres direcciones. En aquel momento hube yo de intuir con desesperada amargura que posiblemente el supuesto restaurante era, en realidad, un intrincado laberinto de escaleras y que me encontraba ahora por completo a su merced, por completo hipnotizado bajo la imagen olfativa del dulce aroma de un estofado que macabramente no se estaba cocinando en ninguna parte.
No mentiría tampoco ahora si afirmase que esta fugaz intuición sobre el laberinto hubo de cruzar mi cabeza nada más que a la manera fugaz de un brevísimo pensamiento, uno que habría de haber aparecido en mi mente en la irónica forma de un mordaz gracejo que estaba ahora haciéndome a mí mismo para no sentirme tan estúpido, porque, a decir verdad ¿a quién diablos se le habría ocurrido construir en el pleno centro de la ciudad un laberinto meramente elaborado a base de unas muy prosaicas y muy cotidianas escaleras? No obstante, nada más que por una simple y muy saludable curiosidad felina, después hube yo de continuar avanzando por la inagotable sucesión de escaleras, caminando ahora de manera asaz aleatoria mientras subía otros tres pisos para confirmar, con tétrica perplejidad científica, que únicamente había más y más y más escaleras. Con lógica desesperada hube de pensar entonces, tratando de conservar fría tanto la cabeza como la sangre, en que solo me separaban de la salida nada más que ocho pisos; así es que en aquel momento, completamente preso del pánico comencé yo a bajar las marmóreas gradas mientras saltaba los escalones de dos en dos para intentar devolverme y salir de allí cuanto antes.
Cuando hube bajado los ocho pisos, descubrí entonces que otra terrible sorpresa había estado aguardándome: la entrada había desaparecido ahora, y en su lugar ¡había más escaleras! Naturalmente, no pude evitar sentir en aquel momento una intensa y fragorosa oleada de verdadero y auténtico pavor, no quedándome otra salida más que gritar, llorar y maldecir, eso sí, dándome cuenta después con estoica circunspección que lo único que podía hacer era buscar con ecuanimidad y paciencia una posible salida al final de las escaleras. Luego de haber procastinado mi objetivo mientras que, sentado en las escalinatas con infinita y nostálgica amargura, contemplaba yo el paisaje de las techumbres a través del amplio ventanal que estaba donde quedaba la entrada, me puse entonces de pie y decidí no seguir prorrogando más la búsqueda de la salida, resolviéndome a emprenderla en ese mismísimo instante. Mentiría si no dijera que hube de subir los primeros cinco pisos con un bastante y muy folclórico desenfado, para después arremeter la exploración de los pisos siguientes con arrebatada y ardorosa furia pasional: estaba dispuesto a salir de ese malparido término tétrico y repugnante a como diese lugar. Hube entonces de errar por los dominios del laberinto cerca de dos horas, deambulando escaleras arriba por esos casi del todo inabarcables espacios del galimatías aquel, tomando esta vez siempre el camino de la izquierda; pero, muy a pesar de Borges y de todos los demás estudiosos del laberinto que han recorrido nuestra entera Historia Universal en busca de una salida para sus propios dédalos, esta labor no hubo en absoluto de rendirme ningún fruto.
Durante la completa hora siguiente anduve yo caminando prácticamente por puro y físico ejercicio del azar, para descubrir después que la cajita de sorpresas que es el mundo no solamente disfruta con sus imprevisiones sorpresivas, sino que, además, habría ella de gozar también de un negrísimo y bizarro sentido del humor en el mejor estilo de un Jonathan Swift: mágica o misteriosamente, el laberinto adolecía de una estructura puramente circular que terminaba en el principio, en el mismísimo vestíbulo donde antes había quedado la puerta. Racionalmente hube de preguntarme, aunque eso sí, completamente patidifuso, por qué endiablada manera había terminado yo ahora en el mismo sitio donde había comenzado mi búsqueda irrisoria, si en verdad lo único que había hecho era subir escaleras mas nunca llegar a bajar por ellas. Muy a mi pesar tenía que confesarme en este momento, con endemoniada amargura, que me encontraba verdadera y ridículamente atrapado en una cinta de Möbius. Y, tal como podría resultar de manera completamente natural en medio de semejante situación tan escabrosamente irreal, desde luego el irrefrenable pánico hubo entonces de hacerme perder todo el apetito; ahora bien, mentiría también en esta ocasión si no comentase que aquello hubo en realidad de parecerme, por lo demás, una gran ventaja, puesto que a decir verdad, sentirse atrapado mientras está uno rotundamente muerto de hambre terminaría por resultar, con la eficacia de las policías secretas de las dictaduras, nada más que insoportable un suplicio doble, uno que muy probablemente pudiera haber nacido durante los más perversos y amargos tribunales de
Y, como si hubiere de haberse tratado de otra imprevista sorpresa parida por nuestra curiosa y hasta sicodélica cajita sin fondo, durante mi segunda vuelta hube de descubrir también que no me encontraba solo, topándome entonces con una familia entera que había caído en esta trampa en la misma manera ingenua que yo: por culpa del ficticio aroma de un estofado que prometía estar endemoniadamente sabroso; y hubo de ser en aquel momento cuando decidimos desesperarnos juntos. Tuve que indicarles, con cierta continente honradez, a mis nuevos condiscípulos de atribulada desesperación que el satánico y a todas luces atávico laberinto adolecía, pues, de una estructura circular sicóticamente no orientable que presentaba la forma de una de esas cuasi paradójicas cintas de Möbius, y que, por lo tanto, a semejanza de las ideas delirantes de los paranoicos, el lugar terminaba justo en el mismo lugar donde comenzaba; sintiendo entonces una cierta inescrupulosa lástima digna de todos los hijos de Caín, no pude evitar el hecho de sentirme culpable cuando, en aquel momento de necesaria confesión, la madre hubo a la sazón de comenzar a llorar con histeria y desconsuelo. Por ridículo que puede llegar a parecer el siguiente detalle, el padre de las criaturitas que ahora nos acompañaban, habiendo tomado él mi comentario absolutamente en broma, repuso entonces que tal vez si nos separásemos la búsqueda podría incluso llegar a ser más eficiente; como buen impostor nacido en medio de las tórridas hipocresías de la posmodernidad, fingí entonces mantenerme completamente sereno luego de su comentario, pero deseando secretamente querer ahorcarlo con las pantimedias elásticas de su mujer, para después oponerme a su idea con el argumento de que si alguno de nosotros llegase por casualidad a encontrar la salida, iba a tener que recorrer varias veces el laberinto buscando a los demás, contingencia esta que inevitablemente habría de confundirle para después hacerle también olvidar el camino hacia el sitio de la salida. Ineluctablemente hubo entonces de mirarme este padre de familia con amargo recelo, pero accediendo también a que permaneciésemos juntos.
Ahora bien, el juicioso lector podrá inferir fácilmente de nuestra circunstancia que lo más complejo y hostigante de toda la situación eran los pequeños impúberes: demasiado grandes como para poder cargarlos y demasiado pequeños como para llegar ellos a comprender que ahora nos hallábamos en realidad en muy serios e irritantes problemas. Solamente por esa pequeña, mas no insignificante razón, tendríamos nosotros que caminar mucho más despacio y, por supuesto, tendríamos también que llegar a detenernos cuando acaso los niños hubieren de haberse cansado. Por supuesto, y necesariamente además, de vez en cuando hubo entonces de producirse una que otra rabieta infantil producida nada más que por el hambre; y desde luego, esto último hubimos nosotros de aparentar que estábamos soportándolo con valiente estoicismo marcoaureliano, mientras que en secreto sólo queríamos nosotros poder estrangularlos con sus propias calzonarias. Y de esta manera, deambulando para arriba y para abajo arrastrando a ese insoportable par de majaderos caprichosos de noventa centímetros, lentamente hubimos de ir arribando nosotros después a la inabarcable hora del crepúsculo, luego de haber recorrido varias veces el laberinto de principio a fin en sendos recorridos cíclicos y totalmente estériles de tan monótonos que resultaban, exceptuando, quizás, por las esporádicas rabietas repentinas de aquellos dos luciferes menores de edad; no es mi deseo irritar susceptibilidades aquí, pero, con el debido perdón del lector, por mi madre santísima que posiblemente hubiéramos tenido menos problemas si este par de mocosos hubieren sido retrasados; sólo espero que el lector alcance a comprender que por más cristiano que haya de ser uno, en semejantes condiciones lo único que se desea es un buen par de bozales bien atados a sus respectivas cadenas.
En fin, luego de una de las tantas irritables e incansables rabietas de este par de críos insoportables, y como si fuésemos nosotros una pequeña y armónica familia que acaso hubiere de estar disfrutando de la cálida y fresca tarde del día domingo, hubimos de sentarnos después los cinco infelices cautivos en las escaleras de uno de los pisos más altos para poder contemplar desde allí el imponente momento del crepúsculo: sería una falacia el hecho de que afirmase yo aquí que la preciosa vista que desde allí disfrutábamos nosotros de los tórridos rubores del arrebolado atardecer contemplándolo a través del ventanal, no nos habría de haber resultado como espectadores algo de lo más grandilocuente que podría llegar a avistarse en el largo decurso de una sola existencia: así es amigos míos; era un crepúsculo hermoso, infinitamente hermoso e inabarcable, como más tarde comprendí que resultaba todo lo que en aquel momento habría de estar rodeándonos a la triste manera de una precisa e infinitesimalmente edificada prisión perpetua. Era como estar contemplando una suerte de acabose infernal en miniatura del mundo, resultando ser nosotros, los pálidos cautivos de un laberinto inaudito, los únicos sobrevivientes del histórico suceso cósmico. Un ridículo y fugaz pensamiento hubo entonces de cruzar por mi mente durante el efímero decurso de aquel mágico e irrepetible momento de inigualable compañía y misterio sideral: mirándola desde un ventanal como ese, cualquier cosa podría llegar a verse maravillosa; incluso la vista parcial de un sitio como este podría venir a lucir esplendorosamente bella si la hubiésemos observado desde afuera, contemplándola a través de este mismísimo ventanal.
Entonces, y sólo entonces, hube yo de entender que en realidad nuestra salvación era harto más simple y obvia de lo que habíamos comprendido: fácilmente podríamos escapar nosotros saliendo por las ventanas para caminar después por los tejados, como si acaso hubiéremos de ser un pequeño clan de furtivos ladronzuelos de apartamentos. Sin embargo, mi osada, aunque obvia propuesta hubo después de dolerme en el orgullo, puesto que cuando hube de comunicar a los demás esta idea, que había juzgado yo como bastante astuta, la humilde madre de familia resultó replicando, sin ninguna clase de orgullo, como por ejemplo el mío, que ya había ella pensado en eso mucho antes que yo, pero que había descartado la idea por parecerle virulentamente peligrosa para sus pobres niños: andar caminando por las peligrosas techumbres en medio de la acérrima oscuridad de la noche no resultaba ser para nada apropiado, tratándose de infantes de semejantes edades. Mientras la inteligente y hermosa mujer contemplaba en mis facciones la perpleja estupefacción de mi rostro, a su vez no podía yo dejar de observar en el suyo la bella revelación que me habían traído sus palabras: era yo nada más que un completo idiota que se había enamorado ahora de una mujer casada que sabía mucho mejor que él lo que se encontraba haciendo en aquellos instantes: buscando una salida que fuese viable y democrática para todos, pensando principalmente en la seguridad de sus hijos; mientras que yo, insano troglodita egoísta, sólo había pensado en ahogarles en la mismísima agua hirviente de aquel ficticio estofado tan pronto como hubiere yo de tener frente a mí esa olla maldita, olla esta que, por lo demás, en ningún momento había dejado de emanar ese irrevocable aroma tan sustancioso que nos había hecho a todos caer estúpidamente en su trampa.
Ese rostro suyo se me antoja ahora inconfundible, sempiterno e inabarcable, infinitamente hermoso, todo lleno de una vital jovialidad que me hace pensar en un ser superior venido de mundos lejanos en el tiempo y en el espacio, venido desde las profundidades del más allá para iluminar mi camino mientras dormita en mi interior el pulso del amor; y su voz, su voz tan pura e infinitamente maternal y dulce como las mieles del Elíseo, una voz que me llama ahora desde los oscuros y recónditos paisajes de inmemoriales recuerdos de nuestra vida juntos en algún otro rincón del universo: su voz y su rostro habrían de convertirse ahora en el verdadero laberinto que en el momento presente me cautiva.
Ahora bien, de vuelta al sórdido mundo sobre la tierra, descubro después que desde luego, el marido, celoso, resolvió ponerse de acuerdo conmigo solamente para vengarse de su mujer y salir pronta, aunque torpemente de este nuevo trance conyugal: un tercero desconocido hambriento ahora del amor de su mujer; y hubo de ser tristemente entonces cuando decidimos, por democrática mayoría, descender hasta el vestíbulo sin perder más tiempo para ver si finalmente podríamos llegar a huir nosotros a través del ventanal contiguo a las techumbres vecinas.
Estando entonces nuevamente en el famoso vestíbulo aquel, ahora se erguía frente a nosotros el imponente ventanal del primer piso, mostrándonos a unos cuantos pasos lo que habría de convertirse después en nuestro tiquete de salida. A la sazón hice colocar a toda la familia lo bastante lejos de la ventana como para tener la seguridad de que las esquirlas no habrían de alcanzarlos, y hube entonces de instalarme frente al cristal. Encogí mi pierna derecha mientras me apoyaba en la izquierda para después propinar al cristal un poderoso y violento puntapié; pero, una vez más, las sorpresas del mundo siguieron alcanzándonos a velocidades inconmensurables: ridícula y frustrantemente, el malparido cristal no hubo de romperse. Naturalmente, para no quedar como un verdadero idiota delante de mi dama, debí después probar en un segundo intento utilizando mi otra pierna; pero, como si fuese esta una auténtica pesadilla de descarriado humor negro, tampoco en esta ocasión pude lograrlo, haciéndome sentir no solamente solemnemente estúpido, sino además decepcionante: como caballero andante enamorado de mi señora, a lo sumo llegaba yo nada más que a hirsuto y enjuto Quijote de Avellaneda. Sentirme cretino por pura y física falta de potencia en las piernas era algo que podía llegar a tolerar con valiente estoicismo; pero decepcionar a mi dama delante del marido era algo que no estaba dispuesto a aceptar ni en esta vida ni en las que me siguiesen: así es que entonces me dejé dominar por la rabia y pateé varias veces el cristal con adusta violencia sin lograr rajarlo ni un centímetro; perdido por completo el control de mis propios actos, en un consecuente y necesario ataque de ira me dejé llevar por la ferocidad de toda mi furia, y entonces hube yo de tomar impulso retrocediendo hasta el sitio donde unos instantes atrás había colocado a la familia, eso sí, propinándole entonces a mi dama un inocente besito en la mejilla para luego abalanzarme sobre el cristal con todo el peso de mi cuerpo; el resultado de tan maniático movimiento era a todas luces inevitable: logré quebrarlo valientemente mientras me precipitaba sobre los tejados de las casas vecinas.
Debo reconocer que hubo de tratarse en verdad de un movimiento totalmente insensato, digno solamente de un caballero enamorado o de un completo idiota que se quiere suicidar porque la mamita ya no le quiera dar la sopita con su cucharita de avioncito; lo admito: o bien pude haberme cortado en infinitesimales rajaduras, o bien el peso de mi cuerpo en caída libre pudo haber hecho ceder la techumbre para después hacerme caer irreparablemente en el vacío. Adempero, nada de esto hubo de suceder y me encontraba ahora orgullosa y airosamente fuera del laberinto. Incomprensiblemente, la familia no hubo entonces de querer seguirme, sino que en cambio, con el misterio propio de los laberintos y su innumerable posibilidad de decisiones, resolvieron ellos internarse nuevamente en el laberinto de escaleras mientras los contemplaba yo desde los tejados con el corazón partido. De nada hubo de servirme después el haberme desgañitado gritándole a mi dama mientras le afirmaba que me encontraba saludablemente bien y que el tejado era por lo demás bastante más que seguro; ni siquiera cuando le grité que estaba cometiendo un error quiso ella escucharme: mi dama simplemente hubo entonces de alejarse de mí con su familia mientras subían en silencio por las impenitentes y marmóreas escaleras de granito sin pulimentar como Dios manda.
Y por supuesto, no pude yo evitar sentirme completamente solo e inenarrablemente deprimido luego de que me hubiese abandonado mi dama con su familia, así como tampoco podía acabar de comprender del todo bien por qué habría decidido ella continuar dentro del sórdido y bizarro laberinto. Para mí todo estaba confuso: ¿se debería su abandono quizá a las celosas labores del marido?; y sin embargo, ¿por qué escoger semejante suplicio para sus hijos cuando resultaba más que evidente que aquellos mocosos sólo querían salir de allí? No me quedaba más remedio que seguir mi propio camino y buscar un sitio por donde bajar a la calle, olvidando el nefasto embrollo de las escaleras y manteniendo a mi dama en el corazón lo suficiente como para seguir dándome ánimos. No obstante, aquella noche las sorpresas hubieron de continuar manando de nuestra preclara cajita sin fondo. Cuando ya me encontraba afuera del laberinto, pude notar también que sus tres lados visibles estaban íntegramente rodeados por techumbres, y nuevamente hubo de parecerme también que desde afuera su techo en realidad no parecía tan alto: a menos de que efectivamente se hubiese estado en su interior, desde el exterior no se imaginaría uno lo que su fuero interno en realidad contenía. Con curiosidad digna de Pandora, comencé entonces a caminar recorriendo circularmente el tejado en torno al laberinto y noté, con horrorosa perplejidad, que ahora resultaba estar éste completamente rodeado de tejas por sus cuatro lados: las escalinatas que anteriormente me habían dado acceso a la tercera planta ya no se encontraban en su sitio ni tampoco la otra puerta que comunicaba con la oficina de transportes, haciéndome entonces deducir que quizá la consabida oficina tampoco habría de continuar existiendo; era como estar soñando una horrible pesadilla en la cual su mapa y sus reglas hubieren de ir metamorfoseándose ineluctablemente en algo completamente distinto, no pudiendo uno salir de allí más que despertando.
Seguí caminando entonces con el corazón partido mientras buscaba un borde que diese hacia la calle mientras mantenía la consciencia perpleja de tantas y tan inenarrables sorpresas que me había deparado la vida en un solo día: cómo diablos contarle esto a los nietos sin ser burlado; cómo diablos convencerme yo mismo de que todo esto me estaba ocurriendo en un día cualquiera, en un barrio cualquiera y en la misma ciudad donde había vivido toda la vida; cómo diablos convencerme de que mi dama en realidad no había sido un espejismo o una alucinación esquizofrénica; tuve entonces que reconocerlo: es posible que acaso sin haberme dado cuenta hubiere de haber caído yo repentinamente cautivo de alguna extraña enfermedad mental y que me hallase ahora deambulando preso de mis propias alucinaciones; y si esto hubiera de ser así, ¿a dónde demonios me había ido yo a meter luego de haber salido del apartamento de mis amigos? ¿Sería todo esto en realidad una verdadera techumbre, o acaso habría de encontrarme yo completamente alucinado mientras camino ciegamente por una peligrosa calzada de carretera urbana creyendo avanzar sobre los tejados del barrio?
Ahora bien, a estas penosas reflexiones de un hombre quizás abandonado a la deriva de sus propios pensamientos y percepciones, pude notar, además, que extrañamente el momento de encontrar la bajada hacia la calle comenzó entonces a prorrogarse desesperada y agónicamente, provocando en mi espíritu un secreto y súbito presentimiento. Era posible que en medio de mi locura el laberinto se estuviese ahora extendiendo a través de la amplia dilatación de los tejados y que las ventanas de aquél no hubieren sido nada más que una mera distracción, comportando en aquel tiempo la prolongada techumbre nada más que una mera continuación del mismo. Más que desesperado, me encontraba ahora harto de toda la situación e infinitamente preocupado en el momento por el aparente deterioro de mi salud mental; y desde luego, la sola y muy delirante idea de tener que enfrentarme a otro laberinto no pudo más que impacientarme, al tiempo que comenzaba a ahogarse mi espíritu en una horrible sensación de paranoia: ¿realmente me encontraba yo enloqueciendo? Todavía no era tan tarde y aún no estaba lo suficientemente entrada la noche como para que ni siquiera hubiera de haberme topado necesariamente con más gente a mi alrededor; si en verdad estaba enloqueciendo, entonces lo más seguro resultaría ser que lo estuviese haciendo en medio de algún lugar completamente aislado y marginal, uno lo suficientemente propicio para que pudiera haberme hecho creer que hacía tan sólo algunos momentos había subido y bajado por escaleras inabarcables en la compañía de un nuevo amor y de sus insoportables marido y vástagos, y que me estaba haciendo creer que me encontraba ahora caminando sobre profusos tejados interminables. Pensando nuevamente en la locura del enamorado caballero andante por excelencia, esto es, en el Quijote, resolví entonces jugar con estas nuevas reglas; fuese lo que fuese que hubiere de estar pasando con mi mente, resultaba mejor tratar de convencerme de que, contando con un poco de suerte, no habría aquello de durar toda la noche, y que, o bien habría de llegar a su fin en algún momento, o bien tendría que conducirme a algún punto. Por lo demás, necesitaba distraerme con disparatada urgencia de tanto pensamiento nefando, y para esto lo mejor resultaba ser sin duda alguna y en el mejor ejercicio de la salud mental, mantener la cabeza ocupada intentando resolver dialécticamente la enigmática tribulación que ahora me desesperaba.
Ahora bien, fuese o no fuese todo esto nada más que un histérico conjunto de meras alucinaciones delirantes, pude notar después, previsiblemente y luego de deambular sin mucho sentido por un amplio espacio de la techumbre, que estos tejados hijos de puta no hacían otra cosa más que extenderse y extenderse en todas direcciones, y, con una incuestionable ironía ciertamente lamentable para mi deteriorada salud mental o para lo que quiera que fuese que hubiere de estar sucediéndome, sin darme cuenta había ahora arribado nuevamente al laberinto de escaleras, pero acometiéndolo desde otro punto. Maldita sea –pensé en aquel lúcido instante-, hasta los locos podemos también errar en círculos. Con la estoica resignación digna de una abnegada ama de casa casada con un marido alcohólico e impotente, hube entonces, sin mayores remilgos, de ponerme nuevamente en marcha. Adempero, me pareció a la sazón que en esta ocasión había logrado triunfar sobre mi desgracia: luego de transitar insoportablemente y durante invariables minutos silenciosos sobre innumerables tejas de arcilla, descubrí después que no había llegado yo al mismo sitio otra vez, logrando encontrar en esta prorrogada ocasión algo que hubo de llenarme de júbilo y que no mentiría si la describo ahora como la bordadura de Dios: perdido en medio de las techumbres había logrado yo hallar un desnivel por el que, al igual que había hecho con la ventana, hube de precipitarme después con la plena aunque equívoca convicción de que por lo menos ya no me encontraba errando en círculos. Sin embargo, bastará con comentar que pobres, tristes, lamentables y solitarias habrían de ser las penas del hombre; y la mía habría sido entonces descubrir que amargamente había caído en otro laberinto de tejados que sórdidamente hubo de resultar igualmente vasto e igualmente circular.
Entonces, sólo la pálida y cenital luz de la luna llena y el recuerdo fundamental de mi enamorada me acompañaban ahora en estos momentos en que mi alma rebosaba de una cierta angustia suprema y de un atroz presentimiento de locura absoluta. Calculando después con torpe aritmética, inferí entonces que debería estar ya bastante entrada la noche cuando hube de decidir que, no quedándome ninguna otra salida plausible, debería entonces atreverme a dar una segunda vuelta en torno a este nuevo tejado, pero esta vez con la firme propuesta de que en mi nuevo periplo podría yo hallar otro desnivel, y después otro y luego otro más, maniobras estas que quizá hubieren de ser las únicas que verdaderamente podrían ir acercándome cada vez más al desnivel absoluto que finalmente habría de arrojarme a la calle; se presentaron entonces en mi mente dos opciones: o bien podría ser este último desnivel el símbolo completo de la pérdida total de mi cordura, o bien podría ser el desnivel último que me diera acceso real a los pavimentos de la calle para poder huir de allí y refugiarme después en lo más profundo de mi habitación, guareciéndome bajo el confortable calor de mis mantas y de las fluorescentes radiaciones de mi televisor; y así, de esa manera, estando yo después de nuevo en mi territorio, lo peor que acaso pudiere de estar por venir a la sazón ya no podría resultarme tan malo.
Me encontraba ahora en estas ineptas reflexiones de hombre exhausto y cuasi demente cuando de repente, ¡alabado sea el señor!: a lo lejos pude distinguir el perfil de otro cristiano como yo que se hallaba en esos momentos tranquilamente sentado sobre una de las tejas; si estaba yo enloqueciendo era algo que pronto habría de saber: sólo era cuestión de entablar ahora un poco de conversación sobre todo este mare mágnum de pesadilla que ahora nos rodeaba. Por lo demás, el sujeto hubo de parecerme, tan sólo a primera vista, como uno bastante simpático y encantador: vestía él impecablemente de blanco al tiempo que portaba sobre su cabeza un asimismo níveo sombrero gardeliano de paja y alas anchas; pareciome también bastante autoritario y llamativo su rostro, aunque presentaba éste el bemol de un largo e hirsuto bigote negro; fumaba entonces tranquilamente el extraño su pipa color rubí con forma de saxofón bajo la intrépida luz mortecina de la luna llena. Rápidamente hube de acercarme al pintoresco sujeto para después preguntarle en medio de atropelladas y acaloradas frases por la recóndita salida del laberinto: si me mandaba él al demonio, habría esto de significar posiblemente que ahora tan sólo habrían de quedarme nada más que unos cuantos y exhaustos días en el mundo habitual de la cordura; si me daba la respuesta o si se confesaba igualmente extraviado, habría esto de significar posiblemente que no sólo habría de haber una salida, así como también hubo de haber una entrada, sino que además esta salida comportaría la entrada a otro descomunal enigma: ¿qué rayos estaba ahora pasándole al mundo?
No obstante, hube de descubrir con dolor que su orgullo era mucho más grande que el mío, puesto que el hombre que equivocadamente había juzgado yo como simpático, no quiso contestar a mi balbuciente interrogatorio, limitándose él a observarme con una inaudita paciencia mientras fumaba filósofamente la picadura de su pipa. ¡Pues que se vayan todos al diablo! -pensé entonces-. Primero una mujer que me desprecia cambiándome por un marido que seguramente debe gozar azotando a sus hijos mientras que ella sale de compras; unos mocosos salidos del mismísimo averno paridos con el firme y solo propósito de hacer sufrir a la gente que les rodea; y por supuesto, el miserable par de impúberes estos hubieron de ser engendrados por un marido tarado y cretino que sólo sabía proponer ridiculeces y ponerse celoso sólo para desquitarse de su mujer; y finalmente, ahora el cielo me sale con éstas: un paisano cretino que se cree mejor que yo sólo porque fuma pipa y usa sombrero de paja. ¡Qué se vayan todos al carajo!
Pero ahora bien: resultaba del todo conveniente para mí que no hubieren de irse al cuerno todavía, sino que aguardasen ellos hasta el domingo por la mañana, cuando victoriosamente habría yo de estar descansando sentado sobre mi sillón de sedentario troglodita posmoderno; naturalmente, hubo de ocurrírseme entonces que lo mejor que podía hacerse en semejantes circunstancias era tratar de mantener la sangre fría, y, entonces, con artificiosa e hipócrita naturalidad, lógicamente hube yo de insistir, pero en esta ocasión inquiriendo por la naturaleza del laberinto, mas no por su salida. Felizmente, no hube únicamente de lograr captar la atención de mi interlocutor sino que, además, fui merecedor de su misericordia, dignándose el personaje a contestarme, pausadamente y con cierto dejo de cansancio, que absolutamente todo lo que habría de haber a nuestro alrededor se trataba nada más que de una infinita concatenación de maquetas, circulares y gigantescas maquetas que no habrían de adolecer ni de un principio ni tampoco de un final, hallándose unas junto a las otras con la irrevocabilidad propia de una muerte súbita mientras habrían de estar extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista; el hombrecillo aquel entonces hubo de aplicar una amplia chupada a su pipa para agregar finalmente a su comentario que infortunadamente no se podría salir de ellas sin una llave maestra…
Es entonces aquí cuando los hechos se precipitan: trato entonces de indagar por la consabida y necesaria llave maestra, pero a la sazón el hombre se levanta, da media vuelta y comienza a alejarse de mí como si también él estuviese despreciándome. Desde luego, no pudiendo hacer nada distinto, me doy a la tarea de seguirlo, todavía preguntándole inútilmente a sus espaldas sobre la llave; pero, previsiblemente, el desventurado este se niega a responderme: ahora sólo puedo escuchar como sus zapatos de charol se alejan de la inepta torpeza de mis propios pasos. De repente, luego de haber caminado durante un largo trecho tras él sin que logre yo darle alcance, comienza entonces a balbucir despreciativamente unas palabras que por supuesto no alcanzo a escuchar; trato entonces de correr para acercarme y poder oírle mejor, pero es tanta mi distraída desesperación que no puedo evitar dar un mal paso y, torciéndome el tobillo, tropiezo en aquel momento estrepitosamente mientras caigo con violencia sobre las rodillas, produciéndome esta tribulación un agudo dolor intolerable. Al momento de haberme reincorporado, descubro con furia que el hombre naturalmente ha desaparecido; intento ahora buscarlo infructuosamente por el infinito dominio los tejados mientras el dolor en mis rodillas a cada segundo me punza las carnes con mayor virulencia Decido entonces con desesperada y amarga lógica que lo mejor es volver al laberinto de escaleras para tratar de reencontrarme con la familia e intentar después convencerla de que busquemos aunadamente la llave maestra por los tejados. Con angustiosa premura conspiro entonces una estrategia: cada uno de los adultos tendrá que hacerse cargo de un niño, tratando siempre de no terminar extraviándose en otros laberintos, sino simplemente continuando en el que se le asigne.
Luego de reflexionarlo un poco más durante unos breves segundos, debo confesarme a mí mismo que habría de tratarse esta idea de una demasiado traída de los cabellos para llevarla a cabo, una idea digna sólo de un enfermo mental. Es más, intentando ser un poco más lógico aunque me confiese próximo a la esquizofrenia, y teniendo en cuenta la hora de la noche en la que ahora nos movemos, debo juzgar como bastante improbable que de nuevo vuelva a tropezarme efectivamente con la familia hallándose todavía extraviada en el laberinto de escaleras; es más, para ser todavía más lógicos, o quizá simplemente más pesimistas, ¿cómo diablos saber si en realidad la famosa llave maestra acaso hubiere de encontrarse en los tejados, si bien todo a mi alrededor habría de comportar un mismo y único laberinto? Con esperanzas dignas sólo de un hombre enamorado, al final me convenzo de que inexorablemente no habría de quedarnos ninguna otra salida y de que para merecer el amor de una mujer como mi dama debo por lo menos intentar sacarla de los límites de este infierno; pero, ahora bien, ¿cuáles habrán de ser entonces los límites de éste infierno?, es más ¿dónde habrían de hallarse en realidad los límites de cualquier infierno? Trato ahora de no proseguir inútilmente con mis propios pensamientos mientras que al presente comienzo a recorrer el tejado buscando de nuevo el desnivel por donde entré; con el misterio propio de las ciencias ocultas, en esta ocasión puedo dar fácilmente con él, pero algo muy en lo profundo de mí espíritu me hace pensar que quizá habría de tratarse en realidad de uno más de los tantos e innumerables que habrían de parecérsele; intentando concentrarme sólo en el recuerdo de la mirada de mi dama, resuelvo entonces simplemente treparme por su arquitectura para después comenzar a recorrer el laberinto anterior en busca del restaurante.
Con el alma hecha pedazos y la firme convicción de estar perdiendo por completo la razón, descubro ahora con amargura que después de varios interminables minutos, horas tal vez, ¿décadas quizá?, me he extraviado insalvablemente en medio de las innumerables marañas de tejados que le preceden. Miro con angustiosa desesperación hacia las montañas que están del otro lado y no puedo evitar que se me antojen en este momento como unas meras protuberancias de tierra irrevocablemente cercanas, pero logrando intuir además que posiblemente no habrán de ser nada más que otras descomunales y laberínticas maquetas; con amargura propia de la derrota, comprendo entonces que la ciudad como la conocía hubo de desaparecer justo en el preciso momento en que hube de haber atravesado el misterioso portón de cristal del restaurante. El terror me consume durante estos monótonos instantes: la locura ya se encuentra entre mis sienes, puedo sentirla como relincha y resopla en mi cabeza; y entonces, cautivo de una descomunal sensación de absoluto pánico, una torción corporal de indecible violencia me despierta tembloroso sobre una cama de hospital en medio de la infatigable noche de año nuevo. Una enfermera que velaba junto a mí leyéndome poesías se ha aterrado con mis gritos y logra ahora tranquilizarme con su sorpresiva presencia: incrédulo todavía, descubro ahora que se trata de mi dama del laberinto; es ella, es inconfundiblemente ella, es su rostro iluminado por la frágil media luz de la lamparilla de mi mesita de noche, es aquel rostro tantas veces amado por la impenitencia de mi perpleja estupefacción ante sus palabras; por medio de tiernas y dulces frases me comunica ella entonces que he podido vencer el coma y que ahora ya estoy fuera de peligro: me dice también, con la tibieza de su voz maternal, que el accidente en las escaleras de la torre donde viven mis amigos ha quedado atrás y que ahora empezaré a vivir de nuevo. Me pregunto en aquel momento, ¿hubieron de ser quizás el rostro y la suave voz de mi dama la misteriosa llave maestra de mi sueño? La temblorosa y exhausta luz de la lamparilla se extingue al cabo de unos instantes, fundiéndose entonces su bombilla irremediablemente.
Enero primero de 2006, 1 de la madrugada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario