lunes, 17 de marzo de 2008

EL DESPOSEÍDO


(Onírico retrato de una pesadilla cotidiana)

El sueño no es comparable a los sonidos irregulares
Producidos por un instrumento musical bajo el ciego
Impulso de una fuerza exterior y no de la mano del músico.
No es desatinado ni absurdo, ni presupone que una parte
De nuestro acervo de representaciones duerme, en tanto
Que otra comienza a despertar. Es un acabado fenómeno
Psíquico, y precisamente una realización de deseos;
Debe ser incluido en el conjunto de los actos comprensibles
De nuestra vida despierta, y constituye el resultado de
Una actividad intelectual altamente compleja.

SIGMUND FREUD, La interpretación de los sueños, IV.


Mientras los árboles estiran sus ramas hacia el cielo, la niebla me impide ahora ver más allá de unos cuantos pasos, y sin embargo, puedo saber que el camino se encuentra todavía allí. Me pregunto entonces con ingenua inocencia, ¿hacia dónde llevará este camino? Sólo caminamos y caminamos cargando estos pesados trastos sobre nuestros hombros de mujeres y hombres pobres, completamente olvidados de Dios y del Mundo. Sí, así es, puedo saber que están ahí el serpenteante camino, la espesa ceniza volcánica oculta bajo la niebla y el interminable llanto de los niños que ya no soportan más el frío y el cansancio. Miro hacia atrás y veo entre la niebla como se acercan sus cuerpecitos cargados de trastos, avanzando con sus pacitos llenos de melancolía. Sus madres, en silencio, se van desvaneciendo lentamente mientras se alejan entre la bruma. Sí, lo recuerdo bien; era una bruma como esta la que se alzaba aquella noche entre las paredes de nuestras casuchas de la invasión cuando decidimos tomarnos la parte trasera del volcán: un sitio de nadie y sin nada, el perfecto agujero para nuestro destino errante y miserable. Sí; lo recuerdo con detalle: los vecinos del viejo barrio no se cansaban de repetirme en aquella última reunión nuestra que no había ninguna otra opción para gente nosotros. Que Dios me perdone pero no podía yo lograr evitar el hecho de que sus palabras me sonasen completamente huecas, mientras que tampoco podía impedir el flujo intranquilo de mis pensamientos, así como tampoco podía sobreponerme a la idea de otro destierro, otra derrota para los que no tenemos nada: todo ha sido para nosotros cárcel y exilio.

Es verdad que habíamos principiado a tener problemas con los servicios: ya no teníamos luz y el agua comenzaba a escasear en todos nuestros aljibes; los camiones del gas ya no venían hasta la invasión y teníamos que traer los cilindros alquilando mulas de carga. Y por supuesto estaba también el problema de la Guardia; la Guardia ya se había tomado la molestia de habernos anunciado el desalojo conminándonos con su autoridad y sus uniformes a que irremediablemente tendríamos nosotros que irnos, “aunque tan sólo fuese para evitar una masacre”.

¿Cómo olvidarlo?, la habitación aquella donde habíamos intentado realizar pacíficamente la última reunión apestaba como si se tratase del matadero municipal de este pueblo de mierda, y el frío se colaba entonces por todas partes, penetrando en la habitación por todos los resquicios de sus latas oxidadas y de su madera podrida; es cierto que aquella virulenta irritación que no podía dejar de sentir me impedía percibirlo; ¿pero que otra cosa podía hacer mi cuerpo sino irradiar el calor de su propia desesperación? Y por supuesto, allí se encontraba el hombre de la valija y el traje gris delante de nosotros, explicándonos su negocio: el muy desgraciado nos había vendido como mano de obra barata para las minas a cambio de unos pedestres lotes en donde según él, podríamos edificar de nuevo nuestro barrio. Y ahí estaba aquel hombre, delante de nuestros pobres intelectos, disculpando ante nosotros su traición infame, alegando haber conseguido el pan para los nuestros: pobre infeliz; como buen burócrata sabía bien como utilizar su poder. En cierto momento él me observa y yo entonces lo observo, y en aquel momento logro discernir en su rostro todas las falacias de su espíritu; después él desvía la mirada hacia ninguna parte y levanta las cejas con ese ademán de falsa compasión que estilan todos los hipócritas. Sin embargo, sus palabras no podían llegar a ser más ciertas: si no aceptábamos el negocio, de otra manera seríamos desalojados y condenados a mendigar con nuestros hijos en las calles; pero si aceptábamos, pensaba yo en aquel instante, tendríamos que resignarnos a la idea de morir pesadamente en las profundidades arañando el subsuelo.

Es verdad: siento entonces ganas de atacarle, de masacrarle y de torturarle hasta la muerte; pero, desde luego que no sería posible, pues el muy cobarde ha venido fuertemente acompañado por dos centinelas de la Guardia que lo escoltan con sus armas y un juez que lo protege con sus decretos pacientemente firmados por nuestros verdugos; a decir verdad, dañarle sólo empeoraría las cosas. Y es en ese momento cuando todo en mi interior se revuelve: el bullicio, el mal olor, los sentimientos de dolor y de impotencia que ahora me están corroyendo el alma. Me retiro entonces a la habitación contigua donde me esperan. Entro y cierro la puerta silenciosamente tras de mí. Voy a sentarme pacientemente en un rincón y me cubro el rostro con las manos rasguñándome las mejillas mientras comienzo a llorar con profunda desesperanza: incluso Dios también se da el lujo de abandonar a sus pobres… Uno de los vecinos se me acerca con timidez para después sentarse a mi lado. Hablamos sobre lo que nos espera, las largas jornadas dentro de las minas, los hijos mayores arañando el subsuelo y los pequeños muriéndose de hambre, algunas mujeres con suerte lavando ropa sucia en la casa de los patronos. Todo me parece como el mismo doloroso infierno de siempre: créanme; no hay para los hombres un infierno tan pesado y punzante como su más viejo infierno. De repente un fuerte estrépito rompe con el monótono silencio de la calle. Nos levantamos con terror y nos conducimos hacia fuera para salir a mirar lo que ahora sucede en nuestras calles. Afuera todo se confunde: los gritos, los golpes, sombras que giran y se chocan, disparos. Pregunto a un vecino por lo que sucede ahora y me dice que otro de los vecinos acaba de matar al hombre de la valija y el traje gris. Entonces, todo para nosotros se torna confuso y se deshace ahora en la niebla, o mejor debería decir, en la tiniebla…

Ha oscurecido pronto y los demás me han dejado atrás. Miro hacia delante y veo sus sombras alejarse entre la noche. Trato de correr para intentar darles alcance, pero el abominable peso de mi carga me hace tropezar y me tira al suelo casi aplastándome. Siento entonces ahora la elemental tierra del mundo comprimiéndose contra mi cuerpo. Trato inútilmente de incorporarme, una y otra vez, pero me es imposible ahora: estoy verdaderamente exhausto y hambriento. Intento vanamente de arrastrarme como una lombriz, pero mis brazos me duelen y entonces sólo me queda gritar y esperar. Ahora ellos vienen, vienen en mi ayuda. Cierro los ojos mientras aguardo y otra vez me encuentro en aquella noche tan fatídica y amarga para nosotros. En las calles ahora todo resulta ser nada más que confusión, una confusión eterna e inabarcable. Los centinelas han dado ya aviso por radio de la muerte de su escoltado, el negociante y traidor hombre de la valija. Ahora la Guardia está ya en la invasión, han venido por nosotros. Así es; lo tengo muy presente en la memoria: en la mañana siguiente, descubrimos en medio de la sangre y de la carne destazada que la noche se ha llevado ya a la mitad de los nuestros diezmados por las balas de la Guardia, y sólo hemos quedado con vida quienes vivíamos más lejos, en medio de los bosques. Ya no nos queda nada, ni ranchos, ni barrio, ni esperanzas; ahora sólo nos quedan el volcán o los pedestres lotes de la mina.

Despierto cerca del fuego; me dicen ahora que ya hemos llegado. Es verdad: el fuerte olor a azufre nos irrita la respiración. Y es precisamente aquí donde vamos a quedarnos, justo entre la nada y el mismísimo infierno. A mi alrededor puedo ver que las cenizas se extienden hasta donde alcanza la vista. Y a lo lejos, a lo lejos veo la Luna, redonda y pálida, como una remota esperanza al final de este oscuro túnel.


*****

Ya no había más verdes esperanzas para nadie. Las casuchas del barrio del volcán se erguían valientemente en medio de la niebla espesa que se alzaba sobre las cenizas, irguiéndose ellas con infinitas ganas se seguir permaneciendo de cara al sol, como si estuviesen tratando de pertenecer a un universo que se negaba a incluirlas en toda la vastedad de su inabarcable dilatación. Y es verdad que estas pobres gentes, los desposeídos, nunca hubieron de llegar a ser parte de la realidad imaginada por el estado oficial, siendo ellas consideradas nada más que de manera simple y meramente estadística bajo el nombre de la marginalidad, hombres y mujeres sin importancia. Infortunada y lamentablemente para ellos, estas gentes solían ser consideradas estrictamente como una gran masa de mano de obra barata que podía ser adquirida en cualquier calle, como si fuesen ellas meras masas de contrabando o como si fuesen, quizás, bultos y arrobas de trebejos reciclables o inútiles. Y hubo de ser aquello, precisamente aquello, mis queridos amigos lectores, lo que habría de haberles sucedido la extraña e inverosímil noche de las vísperas de su desalojo. El hombre de la valija y traje gris se había tomado la perentoria molestia de haber negociado con los patrones el futuro de todo ese barrio enorme de invasión, adquiriendo aquéllos toda su fuerza de trabajo, de hombres, mujeres y niños, a cambio de unos pedestres lotes que pertenecían a las minas y en donde supuestamente tendrían que vivir los desposeídos para, desde luego, trabajar en ellas hasta la muerte.

Naturalmente, esto hubo de ser posible lamentablemente gracias a que estas pobres y marginadas personas no poseían ningún tipo de educación o de cultura que acaso les hubiere de haber permitido la mera posibilidad de defenderse de los continuos abusos de los patrones. Y ahora, luego de haber sido masacrados por la Guardia como cobarde y virulenta represalia por el asesinato del hombre de la valija, se habían visto ellos irremediablemente obligados a invadir los escarpados terrenos de las laderas de la parte trasera del volcán, un lugar al que algunos bien llamaban las faldas del infierno. Un cruento y desalmado desalojo se les había anunciado con anticipación: los terrenos sobre los que hubieron ellos de haber levantado su antiguo barrio habían comenzado ahora a ser reclamados por una preclara familia de burgueses, quienes tenían en su poder los pergaminos documentales que demostraban ineluctablemente su propiedad de los amplios y escarpados terrenos sobre los que ahora se había alzado la invasión. Imaginad entonces, amigos lectores, que con la mayor de las naturalidades hubo de ser esta una reclamación vehemente, y puesto que aquella familia tenía importantes y muy estratégicos contactos dentro del gabinete ministerial, el estado hubo entonces de acelerar aquel proceso de devolución prometiendo a los burgueses su entrega inmediata. Ahora bien, la mudanza de todo un barrio hacia el sitio del volcán hubo de ser entonces de lo más terriblemente difícil: sólo algunas pocas familias tenían dinero suficiente como para alquilar un furgón en el cual pudiesen llevar sus desvencijados trastos; otras pudieron solamente alquilar un par de mulas de carga, mientras que a la gran mayoría le hubo de ser necesario cargar con el peso de todas sus cosas sobre los hombros hasta el término mismo del volcán.

El nuevo barrio se había alzado entonces con una prolija profusión de pobres y miserables casitas endebles obradas en madera, cartón y tejas de zinc; si bien todos tenían ahora un lugar donde pasar los fríos de la noche, la gelidez del invierno y las repentinas lluvias de ceniza volcánica, sólo unos cuantos habían logrado mantener su trabajo, y, desde luego, era ahora el hambre lo que se hallaba asolando a las humildes gentes del barrio. Deberemos anotar nosotros aquí que, curiosamente, la gran mayoría de los hombres sabían desempeñarse con habilidad y presteza en el muy conocido oficio de la mampostería, oficio este que habría de hacerlos útiles para las labores de construcción. No obstante, desde hacía largos meses no se había construido nada en el pueblo, y, para las discontinuas y poco consuetudinarias reparaciones locativas la gente del municipio había preferido siempre a los viejos albañiles que habitaban en el centro, debido esto a que eran conocidos por todos bajo el epíteto estatutario de maestros, y desde luego también a que estos abuelos resultaban siempre ser, con mucho, más baratos que los jóvenes albañiles de la invasión, quienes por supuesto no habrían de estar solos y que seguramente habrían de estar haciendo un gran esfuerzo para poder llegar a alimentar a sus familias, y por lo tanto, necesariamente tendrían ellos que resultar más costosos que los maestros solterones del pueblo; pero, al mismo tiempo, la prejuiciosa gente del municipio desconfiaba además de los albañiles jóvenes considerándolos nada más que unos pobres chapuceros de la espátula y la plomada, completamente desconocedores ellos de la manera antigua de trabajar, tan rica en detalles y en finas maneras de acabar.

Y aunque si bien algunas mujeres con algo de suerte habían conseguido humildes plazas trabajando como lavanderas de ropa sucia o como mucamas en las lujosas y confortables casas de las familias acomodadas del poblado, la mayoría de las familias de la sumisa invasión del volcán estaba padeciendo hambre: dormir se había vuelto la única cura inmediata y posible para poder dejar de sentirla; mas sin embargo, en el irremediable momento del despertar, la vida habría de convertirse nuevamente para ellos en un infierno mientras que la angustia y la desesperación comenzaban a adueñarse rápidamente de quienes lentamente habrían de ir despertando en aquellos desconsoladores instantes.

José Raquel Atehortúa, el hombre aquel que se había desmayado justo en el día de la mudanza porque la debilidad que le habría de haber producido el hambre le había impedido seguir soportando la pesada obligación de su cargamento de sus trastos y demás baratijas del hogar, era uno de aquellos hombres que conocía el oficio de la albañilería y que se encontraba sin la manera de alimentar a sus hijas. Varias veces había pensado José Raquel en irse a trabajar a las minas a cambio de no ver más a sus hijas morirse de hambre. Muchos habían sido los aventureros del antiguo barrio que se habían aventurado rumbo a las minas en busca de un mejor y más cómodo futuro para sus familias; pero, hasta el momento ninguno de aquellos valientes viajeros había regresado, y lo más extraño, ninguno de ellos había siquiera enviado algo de dinero. Por lo demás, aunque todo el mundo hablaba de las minas sin haberlas visto nunca, su imagen habría de ser siempre algo habitual en las cabezas de muchos de los hombres del nuevo barrio del volcán, y que a semejanza de José Raquel, se hallaban barajando ellos la posibilidad de irse a trabajar en sus recónditas profundidades. Naturalmente, resultaba algo azarosamente peligroso irse a trabajar en las minas: acaso podría uno llegar a morir en un derrumbe, o llegar a morir quizás en una explosión de grisú, o tal vez venir a morir asfixiado, o probablemente podría uno terminar muriendo envenenado por el gas. Adempero, las minas comportaban una posibilidad real de superación que les estaba siendo completa e injustamente negada en el pueblo.

Cuando, en una mañana, cierto imprevisto y tormentoso temporal hubo de haber arrojado por el suelo a la mayoría de aquellas miserables casas de madera y techos de zinc, José Raquel habría entonces de haber tomado la firme decisión de viajar después hasta las minas con tal de no seguir viendo a sus hijas morirse de hambre ni padecer más penurias en esa miserable casa de madera que se venía abajo con el menor ventarrón. Luego de reconstruir su rancho con los pobres desperdicios de las fábricas del pueblo -madera podrida, manido cartón y latas oxidadas-, José Raquel hubo entonces de tomar firme la decisión de irse a las minas para trabajar en ellas como un esclavo. Dejó entonces sus hijas al cuidado de su comadre Flor María para después emprender su periplo en busca de aquellos yacimientos jamás vistos por él con anterioridad. Luego de haber descendido José Raquel por la inclinadísima y escarpada ladera, hubo de darse después a la tarea de atravesar el extenso valle que separaba al temible y subrepticio volcán de las pintorescas y acaso folclóricas arquitecturas del casco urbano del pueblo, siendo acompañado él casi en la totalidad del recorrido por una niebla impenitente y unas impredecibles lluvias de cenizas. Estando ahora sobre la pequeña estepa del vallecito aquel, debería entonces caminar primero hasta el pueblo y, después de haberlo atravesado en su íntegra completitud, debería entonces tomar la ruta hacia el occidente y caminar por ella en línea recta hasta toparse finalmente con la primera de aquellas minas. Lo siguiente que debería hacer después de haber conseguido arribar hasta los primeros túneles habría de ser entonces instalarse en algún hostal bien económico para después dedicarse al ejercicio de comenzar a buscar trabajo en alguna de aquellas cavernas.

Pensó pues José Raquel durante aquellos fríos y reflexivos instantes que, con toda seguridad, quizás no hubiere esta labor de resultar tan difícil, puesto que, si todo lo que sus conocidos le habían comentado de aquellos sitios comportaba una certeza, lógicamente los capataces e ingenieros de aquellas minas habrían entonces de estar urgidos de trabajadores, y, apenas al aparecer José Raquel por allí, los patrones seguramente habrían de delegarle al forastero alguna función dentro del subsuelo. Después, al estar instalado él y encontrándose además usufructuando el fruto de su trabajo, debería entonces mandar por sus hijas y vivir con ellas en alguna pensión mientras construían su casa en el lote que, por razones del contrato formado con el hombre del traje gris, habría de corresponderles legal e ineluctablemente. Con proverbial seguridad su casa habría de ser primeramente de lata, naturalmente; pero, como el humilde trabajador asalariado que era y mediante las prestaciones a las que habría de tener derecho si se afiliaba al sindicato, percibiendo mensualmente de esta manera su sueldo fijo podría él ir transformándola con lenta y esforzada paciencia en una de concreto y ladrillo en la cual vivirían, eso sí, con digna humildad pero mucho más cómodamente. Mientras caminaba, entretúvose José Raquel pensando ahora en la enigmática y misteriosa desaparición de todos aquellos aventureros que habían viajado antes que él al desconocido sitio de las minas: no solamente ninguno había regresado de su ambicioso periplo sino que, además, ni siquiera habían dado ellos alguna mínima señal de vida. Según sus conocimientos, ninguno hubo nunca de haber enviado dinero a su familia, ninguno hubo de usar el teléfono o hubo siquiera de escribir alguna carta: su suerte era en realidad un completo e incómodo misterio.

Imaginose entonces José Raquel que tal vez los arduos y consuetudinarios trabajos en aquellas minas acaso pudieren resultar ser mortales, y que quizás aquellos aventureros de su barrio habían perecido triste y miserablemente en el subsuelo, sufriendo ellos, tal vez, un continuo infierno de inenarrables atrocidades interminables. No obstante, aquella conjetura suya no explicaba para nada el asunto ese del por qué no hubieron ellos de haber enviado dinero a sus familias, puesto que, sin embargo, muy a pesar de sus sufrimientos habrían de haber logrado sobrevivir durante algunas semanas, meses quizá, antes de haber llegado a perecer en las minas. Ahora bien, como nadie había visto nunca aquellos lugares, José Raquel imaginó entonces que probablemente los temerarios aventureros de su barrio quizá no las hubieren de haber encontrado nunca, y que seguramente la inaudita vergüenza de no haberlas podido hallar les impedía naturalmente comunicarse con sus familias. Imaginó también que quizá la vida en aquellas minas no fuese en realidad tan dura, y que tal vez los aventureros habrían logrado amañarse allí y que plausiblemente habían ellos iniciado vidas nuevas al lado de otras mujeres, fundando segundas y prosperas familias. Inmediatamente hubo nuestro protagonista de desechar esta posibilidad porque el hecho de olvidar a sus familias para fundar otras resultaba para él mucho más inhumano que abandonarlas para irse a trabajar en las minas, y esto no podía caber en la cabeza de un hombre como José Raquel, un hombre humilde que se había caracterizado siempre por su manera conservadora e ingenua de ver la vida.

Se encontraba él en estas divagaciones cuando hubo por fin de arribar al centro del pueblo. Su comadre Flor María, que trabajaba en el mismísimo pueblo lavando ropa sucia, le había dado unos cuantos pesos para que pudiera mantenerse durante un breve tiempo mientras se organizaba y conseguía alguna plaza trabajando en las minas; así que entonces decidió él entrar en una de las tiendas del centro que estaban abiertas para después sentarse en la barra y pedir un aguardiente: había pensado José Raquel que tal vez pudiere ser bueno desinhibirse un poco y conversar con la gente del pueblo antes de abandonarlo. Luego de haber apurado él los dos primeros aguardientes, hubo de sentirse lo suficientemente desinhibido como para poder entablar conversación con un anciano enjuto y misterioso que se encontraba en esos momentos bebiendo en la barra pequeños sorbos de su botella de brandy barato casi desocupada. La conversación hubo entonces de girar, previsiblemente, sobre el ineludible tema de las minas: el pobre de José Raquel no pudo resistirse las ganas de preguntar por el misterio de aquellos hombres desaparecidos allí.

-Las putas- hubo de contestarle el anciano con una autoridad que parecía casi milenaria-. Dicen los que saben que allá son ellas las mejores y que lo hacen como la mismísima vida soñada de los ángeles, pero que lamentablemente terminan eliminando a todos con sus venéreas malparidas.

Hubo de pensar entonces José Raquel indudablemente que este decrépito y acaso senil hombre anciano no podía estar más que equivocado y trató en aquel momento, vanamente, de refutar su tesis de remolienda afirmando que resultaba imposible imaginar a todo un ejército de hombres acorralados por las prostitutas, y que todos, sin excepción, hubieren de haber muerto atropellados por una venérea. Y desde luego, despreciando la inquisitiva tesis de nuestro amigo albañil, el viejo no hubo entonces de hacerle el menor caso a su comentario, para después continuar él hablando de las voluptuosas y melifluas delicias de los prostíbulos de las minas. Curiosa y hasta ridículamente, la tesis del anciano hubo de ser apoyada después por uno de los parroquianos de la barra que había escuchado la conversación por accidente y que ulteriormente hubo de agregar que las minas eran una cosa infernal donde todo el mundo desaparecía. Animosamente hubo de sumarse después a la conversación el tendero argumentando que en realidad todo el patrimonio de los patrones era de origen maligno y que las minas sólo eran el endiablado sitio por donde surtían de almas al infierno. Posteriormente, José Raquel hubo de abandonar el local considerablemente ebrio luego de tantas y tan amables invitaciones a tomarse otra caña a cuenta de la casa: todo a nombre del nuevo aventurero que ahora se aprestaba a desaparecer en las minas junto con los de su temeraria índole.

Luego de varios días de camino, José Raquel hubo de descubrir que su viaje hacia las minas estaba resultando, por lo demás, bastante más que arduo, principalmente debido a que, además de la imposibilidad de poder pagar él un transporte que lo condujese con rápida y eficiente velocidad a través de las accidentadas carreteras sin pavimentar, permanecía lloviendo constantemente convirtiéndose el polvo de los caminos en una incómoda y escabrosa masa de asqueroso barro putrefacto e infecto que le hacía resbalar incesantemente; y debido precisamente a que José Raquel habría de estar recorriendo la mayor parte del trayecto a pie, estaba comenzando ahora a enfermar por haberse mojado tanto. Ahora bien, después de un intenso y largo trayecto de afanosa y penosa búsqueda, misteriosamente no había logrado él encontrar siquiera el menor rastro de las minas en el sitio donde se suponía que deberían estar. El camino se había dilatado y dilatado y no había aparecido aún algún incipiente rastro de la primera: todo el tiempo había seguido José Raquel las indicaciones que le iba proveyendo la gente que se encontraba en el camino, pero al llegar a los lugares por ellos indicados, infructuosa y frustrantemente resultaban ser equívocos. Mas sin embargo sabía nuestro amigo que no estaba perdido, puesto que todo el tiempo no había hecho otra cosa que seguir al pie de la letra las indicaciones de la gente. Pero en cierto momento, José Raquel decidió conjeturar, muy a su pesar, que efectivamente tal vez lo estaba. Con fragorosa y afiebrada imaginación, José Raquel hubo entonces de imaginar que acaso las minas hubieren de estar emplazadas en los remotos confines del mundo conocido, en un lugar tan remotamente alejado que tal vez por eso sus antecesores no hubieren de haber podido nunca comunicarse con sus familias; es posible que aquellos aventureros estuviesen ahora envejeciendo completamente incomunicados bajo la tierra de unas minas que acaso pudieren quedar en medio de las recónditas selvas o de la agobiante vastedad de un desierto infinito.

De vez en cuando uno que otro camión aceptaba llevarlo de buena gana para hacerle más fácil su penosa travesía, pero, con la incomprensión propia de los misterios, ninguno hubo de dejarlo en el sitio propio de las famosas minas sino solamente en medio de sus supuestas cercanías, y, cuando José Raquel las buscaba por allí, infructuosamente ninguna de ellas habría entonces de aparecer ante sus ojos. Desde luego hubo de parecerle sospechoso a nuestro albañil el significativo, aunque misterioso hecho de que ninguno de los camiones transportase algún mineral, sino solamente objetos diversos pareciéndole también sumamente extraño, además, que ninguno de ellos fuese directamente hasta el sitio de aquellos yacimientos subterráneos: el misterio de las minas estaba creciendo ahora considerablemente. Ahora bien, luego de varias semanas de búsqueda, habiendo hecho José Raquel un gran esfuerzo por economizar al máximo el poco dinero que le había concedido su comadre Flor María, nuestro protagonista hubo de conjeturar entonces con amarga lógica que posiblemente las minas aquellas en realidad no existían y que tal vez sólo eran el fruto de la desesperada y hambrienta imaginación de las pobres gentes sin futuro. Hubo después José Raquel de darse cuenta durante su periplo de regreso que lo más fácil resultaba en realidad dedicarse a buscar trabajo como albañil en alguno de los pueblos del camino para después mandar por sus hijas; sintiose entonces nuestro albañil sinceramente estúpido por no haber pensado en esa posibilidad antes de haber tomado la decisión de irse para las minas. Pensó también, además, que quizá precisamente en ese rasgo tan obsesivo de querer trabajar en ellas radicaba la naturaleza demoníaca de aquellos sitios, puesto que de alguna manera evitaban que el hombre común llegase a pensar en otras posibles soluciones.

Pero si antes no se había perdido buscándolas, hubo él de hacerlo lamentablemente mientras intentaba olvidarlas para poder regresar a su casa con una nueva y valiosa experiencia para relatar a sus hijas y a sus condiscípulos. Se había extraviado José Raquel mientras agradecía al cielo por no haber corrido con la misma suerte de sus antecesores al tiempo que se encontraba desesperadamente en la búsqueda de un atajo que pudiere sacarlo del incómodo trance que estaba viviendo ahora en uno de los tantos e interminables bosques de robles que había en el camino. El pobre albañil hubo de errar en círculos al interior del espeso bosque durante largas horas en las que inevitable e irritablemente hubo él de irse llenando de un sentimiento de angustiosa desesperación, justo hasta que en el momento del crepúsculo hubo de producirse, ante la perpleja admiración de sus ojos, un inexplicable hallazgo en medio de la espesura de aquel monte: frente a él se erguía ahora una vetusta mansión completamente cubierta de hiedra y demás maleza del bosque. José Raquel hubo entonces de imaginar que, indudablemente, habría de tratarse esta imponente construcción de la casa de algún patrón, teniendo en cuenta las inabarcables dimensiones de la casa que ahora le mantenía cautivo, completamente preso de una inenarrable sensación de inusitado asombro. Como las luces se hallaban todas encendidas, José Raquel hubo entonces de tomar la decisión de preguntar a sus habitantes por el posible sitio donde acaso hubiere de alzarse la escurridiza salida del bosque; pensó incluso en indagar con ellos por la misteriosa y resbalosa ubicación de las minas, al menos como para salir de la penosa duda de su verdadera y auténtica existencia sobre la faz de la Tierra. Hubo entonces él de acercarse hasta el enorme portón de hoja doble, dudando ante aquél por largos y silenciosos segundos hasta que, finalmente, decidió tomar el aldabón con su mano derecha para después golpear en la puerta con tres fuertes y sucesivos golpes de aldaba.

Afanosamente luego tuvo él que insistir varias veces más, porque misteriosamente nadie se había aparecido por allí para abrir el imponente portón de roble perfecta y pulidamente barnizado con sutiles lacas transparentes. Imaginose entonces que posiblemente hubieren de hallarse sus habitantes departiendo una merienda en los jardines traseros, porque una casa como aquella necesariamente tenía que tener jardines traseros, y tal vez por ese motivo no habrían ellos de haber escuchado el insistente golpeteo del aldabón de la puerta. A la sazón, rodeó pues José Raquel la mansión para descubrir después que efectivamente poseía la casona unos hermosísimos jardines traseros, pero, lamentablemente para su suerte de penoso buscador de las minas, tampoco había nadie por allí. Acercose entonces a una pequeña puerta que a todas luces parecía conducir al sitio de la cocina y también en ella tocó tres veces usando esta vez sus desnudos nudillos. Desde luego, tampoco nadie hubo de aparecer entonces por allí, imaginando en aquel tiempo José Raquel que la casa se encontraba del todo vacía, pensando también que posiblemente los patrones tenían la costumbre de dejar las luces encendidas, quizá como precaución. Ya se iba a ir nuestro todavía joven albañil cuando entonces descubrió él que la puerta en realidad se encontraba abierta: a la sazón hubo de pensarlo José Raquel cuidadosamente durante varios minutos, porque entrar en una casa ajena de esa manera indudablemente comportaría un delito, y ni siquiera la disculpa de estar buscando a alguien que lo ayudase a salir del bosque lo eximiría del hecho de estar allanando una casa que no era la suya.

Pero la verdad sea dicha por nosotros aquí: nuestro amigo protagonista sentía ahora una inmensa curiosidad de saber como habría de ser aquella casa por dentro, pues José Raquel jamás había entrado en una casa de semejante porte y arquitectura. Toda su vida había vivido en barracas, en lugares que sólo por definición se llamaban casas y nunca había estado en una de verdad, una como la que se alzaba frente a él en ese momento, perdida ella en medio del impertérrito y denso bosque de inveterados robles traídos de continentes lejanos. Entonces, en aquel instante preciso decidió José Raquel estirar su mano hacia el picaporte dorado para después empujar suavemente la oscura puerta de ébano. Se produjo en aquel momento un suave chirrido de las bisagras que parecía ahora haber detenido el mundo a su alrededor, eliminando pues la ilusión fantasmagórica con la que debería de comportarse de ahora en adelante si era verdad que la casa estaba vacía.

Luego de haber atravesado exitosamente la puerta, encontrose entonces José Raquel al interior de una inmensa y muy lujosa cocina donde las ollas colgaban del techo y el enchapado de preciosas baldosas color azul turquesa resplandecía fulgurante de inmejorable limpieza. Hallábase sobre uno de los fogones de la moderna estufa integral de cuatro puestos una olla enorme de la cual manaba un delicioso aroma de puchero casero inmejorablemente cocido. Sobre el mesón también enchapado de impecables baldosas azuladas, y ubicados junto a la estufa, se hallaban dispuestos en un ordenado montoncito varios conejos desollados que estaban esperando ahora ser cocidos en algún momento: pensaba entonces José Raquel que al parecer aquella noche la casa habría de relucir rebosante de invitados, a juzgar claramente por el tamaño de la olla y la cantidad de conejos. Algunos instantes después el albañil buscador de las minas se dio el lujo de inspeccionar quedamente el interior de la alacena descubriendo en su interior infinidad de manjares que él en su vida jamás había probado. Tomó entonces una verde manzana que yacía junto a otras en una pequeña una cesta artesanal infinitesimalmente obrada en palma de cera y, olvidando que estaba en casa ajena, hubo José Raquel en aquel momento de comenzar a comerla tranquila y pausadamente mientras continuaba silenciosamente con su inspección.

Luego de haber comido uno que otro bocado exótico prácticamente metido de cabeza dentro de la espaciosa alacena, diose entonces José Raquel a la tarea de recorrer la vasta dilatación del resto de la casa: los salones del primer piso resultaron ser de tal amplitud, que nuestro perplejo amigo hubo de pensar entonces que cualquiera de ellos perfectamente podría contener a su rancho entero. José Raquel admiró después la manera en la que el exquisito mobiliario de amanerada ebanistería estilo Luís XVI hacía impecable juego con la prolija decoración de los salones, armonizando con todas las alfombras y con todos los tapices, con todas las vajillas y todas las porcelanas. Ulteriormente hubo él de descubrir que en uno de los salones había colgadas en la pared innumerables fotografías que confirmaban que la casa era la de algún patrón: las fotografías, enmarcadas ellas con el más refinado y costoso de los gustos posibles, revelaban una familia numerosa que había sabido rodearse de incontables amistades. José Raquel hubo de pensar entonces, alegremente, que si en verdad se trataba de los patrones segura y fácilmente podrían darle algún trabajo al interior de la casa, porque si se trataba de ellos, indudablemente habría de haber trabajo por montones. El vestíbulo de la entrada principal resultó ser también dos veces más grande que la propia cocina de la mansión. En él se hallaban las imponentes escaleras dobles que aparentemente habrían de conducir ineluctablemente al segundo piso. Desde su altura José Raquel pudo contemplar la majestuosidad del finísimo parquet recién pulido que se encontraba casi del todo oculto debajo de aquellos primorosos tapetes persas de intrincados diseños que se extendían sobre el parquet casi como una alfombra mágica.

Ahora bien, hubo después de descubrir José Raquel que en el segundo piso, luego de las escaleras perfectamente alfombradas a la usanza aristocrática de la Gran Bretaña, se alzaba ahora un extenso pasillo que se extendía en ambas direcciones, y en el cual hallábanse sendas puertas para cada una de las habitaciones. Azarosamente José Raquel hubo entonces de tomar el pasillo de la izquierda aprestándose ahora a inspeccionar el primero de los dormitorios. Luego de haber atravesado su umbral, descubrió después él que indudablemente se trataba esta alcoba de una habitación de mujer, y de mujer joven, a juzgar por la exquisita decoración tan juvenilmente femenina. La atmósfera de la habitación desprendía además un delicioso aroma de incienso de sándalo y se encontraba también ésta envuelta por una romántica media luz que manaba bondadosa y melifluamente de las lámparas que yacían encendidas sobre las mesas de noche. Ulteriormente hubo de parecerle a José Raquel que ciertamente la doble cama de la habitación le resultaba descomunalmente gigantesca y que parecía también ser de lo más cómoda. Enseguida ambicionó él probar la comodidad de la cama y hubo entonces de lanzarse de espaldas sobre ella, sintiendo ahora que se hundía sobre una nube. En aquel instante comenzó entonces José Raquel a sentir verdadero rencor, porque sabía que las camas como aquella estaban destinadas a pocas personas, realmente muy pocas personas, mientras que de manera muy injusta a él le tocaba dormir en un desvencijado catre hediondo a sudor. Imaginose entonces además que seguramente habrían ellos de despilfarrar el agua caliente y que la comida medio probada sería pecaminosamente después arrojada a los perros, mientras que en su barrio había que luchar por el agua fría y la gente debía soportar continuamente tortuosas y severas jornadas de hambre. Luego hubo él de molestarse consigo mismo por enfadarse injustamente con una gente que no conocía y que tal vez habría de darle trabajo; pero, secretamente, continuó él detestándolos en lo profundo de su alma.

Cuando posteriormente hubo él de intentar dirigirse hacia la segunda habitación, encontrose súbitamente con una imprevisible sorpresa: un hombre alto y corpulento estaba esperándole afuera apostado en el pasillo mientras le apuntaba ahora a la cabeza con su escopeta de doble cañón. Ingenuamente se preguntó entonces José Raquel como es que había logrado ser descubierto, y sólo en ese momento hubo de recordar que torpemente había dejado abierta la puerta de la cocina, dilatada de par en par. Ciertamente el hombre de la escopeta vestía de manera refinadamente elegante, pero sin dejar él de dar la impresión de ser nada más que meramente un sirviente. Éste hombre, quien efectivamente pertenecía a la servidumbre de la casa desempeñándose él como el mayordomo principal, había imaginado que el pobre de José Raquel era nada más que un vulgar ladronzuelo de medio pelo que había entrado por la puerta accidentalmente dejada abierta, sospechando el intruso que la casa en aquellos momentos se encontraba vacía. Mientras que el mayordomo lo conducía hacia el sótano para encerrarlo en la cava mientras llegaban las autoridades, José Raquel, profundamente nervioso, hubo de intentar relatar atropelladamente su historia en el bosque; pero, naturalmente aquel hombre sirviente no quiso creerle ni una sola palabra: no hasta el preciso y justo momento en el que hubieron de ser mencionadas las minas.

Durante aquel minuto exacto su semblante de mayordomo habría entonces de pasar a expresar una conmocionada y angustiosa sorpresa, sorpresa esta que infortunadamente José Raquel nunca pudo llegar a notar, porque cuando el hombre aquel hubo de ordenarle al intruso que se diera la vuelta muy lentamente, el mayordomo se encontraba haciendo a la sazón su mejor esfuerzo por disimular lo que durante aquellos angustiosos momentos se hallaba ahora sintiendo. El mayordomo bajó entonces su escopeta y preguntó a José Raquel por cuánto tiempo había estado él buscando las minas, a lo que éste hubo de contestar que durante un dilatado periplo de varias semanas. El mayordomo condujo enseguida a José Raquel hasta la cocina y estando allí hubo él de destapar una de las varias botellas de vino que estaban dispuestas sobre el mesón para la cena de esa noche, para después escanciarlo en dos copas de fino cristal de roca que a José Raquel se le antojaron como bastante enormes. Hubo entonces el mayordomo de ofrecer una al viajero desconocido para después dedicarse los dos a beber de sus copas en el más completo de los silencios. José Raquel habría de imaginar entonces que el curioso gesto del mayordomo podía tratarse tal vez de una extraña cortesía que seguramente debiera de ser ofrecida por los patrones a todo aquel que buscase las minas. Luego de haber bebido varias copas juntos y hallándose ahora los dos un poco más desinhibidos, el mayordomo hubo entonces de apagar la estufa en aquel momento para después tapar la olla donde hervía el puchero.

-Venga conmigo- dijo el mayordomo-. Tengo un secreto que revelarle y que es necesario que usted conozca.

En seguida hubo el mayordomo de conducir a José Raquel hasta el segundo piso para ulteriormente girar hacia el pasillo de la derecha, en donde se alzaba la puerta de una sola habitación. La entrada a la alcoba era una enorme puerta de hoja doble con picaportes dorados en forma de látigo, obrada ella en oscuro ébano finamente lacado. Hubo entonces el sirviente de hacer un cierto ademán ceremonioso antes de abrirla, para que después su mano derecha girase el picaporte empujando con suave solemnidad una de las dos hojas. Posteriormente habría él de hacer seguir primero a José Raquel para luego encender la luz de una pequeña lámpara. Sorpresivamente, el secreto de la enorme habitación era la presencia de varias camas cubiertas por hermosos y enormes velos níveos y suaves como la seda que se hallaban suspendidos sobre las camas a semejanza de los mosquiteros. Se acercó el albañil a una de las camas más próximas para descubrir durmiendo en ella a una mujer joven que creyó haber reconocido como una de las jovenzuelas que aparecía en alguna de las fotografías del salón del primer piso. Era una familia muy numerosa, a juzgar por el número de camas. Pareciole a José Raquel entonces singularmente extraño que toda la familia se encontrase durmiendo a la misma temprana hora y en el mismo cuarto.

-Están durmiendo el sueño de los dioses- afirmó el mayordomo-. Por favor, venga conmigo. Debo despertarlos cuidadosamente a las nueve para realizar la cena.

Sólo en ese momento hubo de parecerle entonces sospechoso a José Raquel que no hubiera más empleados en una casa tan grande.

-¿Por qué habría usted de estar solo en una casa tan grande cuidando a una familia tan numerosa?- interrogó pues José Raquel con cierto aire de tímida suspicacia.

-La servidumbre se encuentra toda de vacaciones- hubo de ser la fría respuesta del mayordomo.

Sin embargo, habría algo en la manera tan afectada en la que el mayordomo hubo de dar la respuesta, algo que hizo a José Raquel descreer de ella y sospechar del insólito lacayo solitario; no obstante, el pobre albañil decidió acompañarle. Salieron entonces de la habitación y bajaron nuevamente a la cocina en donde hubieron ellos de beber más vino. Luego salieron en silencio al vestíbulo y allí el hombre se hubo de abrigar con un pesado sobretodo de paño para el invierno y se colocó después su gorra inglesa de jugar golf. Luego de colocarse los guantes hubo de dirigirse entonces nuevamente a la cocina para salir de allí después con su escopeta.

-Por favor, tenga la amabilidad de acompañarme. Tengo algo muy importante que revelarle- fue lo último que hubo el mayordomo de comentarle a José Raquel dentro de la casa.

Salieron después a caminar por las dilatadas espesuras del bosque nocturno, iluminados nadas más que por una lámpara de queroseno que amablemente portaba José Raquel. Sólo en ese momento hubo el albañil de interrogar por la necesidad de haber traído la escopeta, a lo que el mayordomo sólo hubo de contestar con servil impasibilidad que el bosque resultaba ciertamente un lugar muy peligroso de noche y que algún oso acaso podría atreverse a sorprenderlos. Caminaron después durante veinte minutos en dibujando una completa línea recta en medio de los robles hasta que hubieron de llegar a la orilla de un extenso lago. Luego hubieron de caminar sobre los firmes maderos del muelle para después subirse a un pequeña balsa que había atada a él mediante los nudos marineros de un grueso cabo náutico. El mayordomo pidió entonces a José Raquel que por favor remase hasta el centro del lago mientras él se sentaba en la popa de la balsa manteniendo su escopeta sobre las piernas. El misterio sólo crecía y crecía y José Raquel pronto hubo de imaginarse a sí mismo compartiendo un secreto que seguramente habría de hacerlo partícipe de algún trabajo importante dentro de la mansión; y entonces, nuestro protagonista a la sazón preguntó:

-¿Qué demonios tenemos que ir a hacer en medio del lago a estas horas de la noche?

-Lo que tengo que decirle es muy secreto y debo asegurarme que nadie más lo escuche-, contestó entonces el mayordomo.

No quedándole más remedio, José Raquel en aquel instante hubo de comenzar pues a remar pausada y esforzadamente sobre las gélidas aguas del lago, imaginándose él que seguramente habría de ser éste muy profundo.

Cuando hubieron de arribar justo al centro del enorme lago, el mayordomo, con cierto índice de ebriedad en el tono, ordenó entonces a José Raquel que se detuviera. Cuando hubo José Raquel dejado de remar, el inicuo maestresala apuntó entonces su escopeta hacia la cabeza del pobre albañil. Entonces, y sólo entonces José Raquel hubo a la sazón de darse cuenta de que había caído estúpidamente en una trampa. Maldijo entonces su ilusa estupidez preguntándose además cómo diablos se había atrevido a confiar en un hombre armado que ya le había mentido sobre la servidumbre. Acto seguido, José Raquel no hubo entonces de tener más remedio que arrodillarse para después rogar humildemente por su vida, al tiempo que secretamente imaginaba que había comportado un gravísimo y letal error haber mencionado las minas: si no lo hubiera hecho, simplemente le hubieran tomado por un simple y vulgar ladronzuelo para después, sencillamente, haberlo arrestado haciéndole pasar a lo sumo un par de noches en el calabozo del pueblo; imaginaba también que si sólo hubiera tomado la precaución de cerrar la puerta, el mayordomo jamás habría sabido que había un intruso dentro de la casa, y entonces habría podido él escurrirse fácilmente al notar la presencia del lacayo. Aunque a decir verdad, en realidad nunca ha debido entrar en esa maldita casa. Y hubo de ser entonces, durante el decurso de aquellos aciagos instantes para José Raquel, cuando comenzó el mayordomo a revelar su secreto.

-Algunas sectas del Indostán -comenzó por decir el mayordomo-, habrían de afirmar que el universo manifestado no sería nada diferente a una onírica creación del sueño de Brahma: mientras el señor Brahma haya siempre de mantenerse soñando, el mundo continuará entonces siendo lo que es y lo que ha sido hasta el momento; el mundo es nada más que un sueño de los dioses, mi querido amigo. Por otro lado, habré yo de comunicarle ahora que ciertamente en los sueños habríamos nosotros de ser semejantes a los dioses, pudiendo nosotros recrear al entero universo a nuestro antojo mientras soñamos con él: durmiendo es como nos convertimos verdaderamente en los amos del mundo no pudiendo entonces detenernos ninguna fuerza; habría de ser entonces por esta razón que los patrones habrían de estar durmiendo.

Indudablemente hubo de parecerle a José Raquel esta revelación nada más que un secreto ridículo, sintiéndose ahora él considerablemente harto de este sirviente patético que no sabía hablar de otra cosa más que de sueños.

-¿Y a quién carajo le va a venir a importar una familia de ricachones haraganes que se pasan la vida durmiendo? -hubo entonces de replicar José Raquel-. Si ese es todo su secreto, le juro por mi Dios santísimo que no voy a contárselo a nadie, pero por favor, déjeme ir; se lo suplico.

-Me temo que no ha entendido usted nada de lo que le he dicho, señor. La vida real de los patrones habría de estar verdaderamente en sus sueños: a excepción de unas pocas casas como la del bosque, todo el patrimonio de mis patrones es soñado.

-Por favor déjeme ir -suplicaba entonces nuestro albañil-. Yo no quería entrar en la casa, solamente estaba buscando la manera de salir del bosque, créame. ¡Fue un accidente!

-No, no, mi querido amigo; en verdad no habría de tratarse de ningún accidente. En realidad sólo habría de tratarse del destino: la empírea voluntad de Dios quiere que los hombres que acaso hubieren de hallarse buscando las minas revelen después el secreto; y es por esto que todos ellos tarde o temprano han encontrado la casa. Algunos, los menos, hubieron de descubrirlo por sí solos; otros, como usted, hubieron de enterarse sólo por mi boca. Lamentablemente, mi querido José Raquel, si yo le hubiera dejado ir, tarde o temprano usted habría vuelto y seguramente no habría de venir solo, y entonces, con usted y los suyos se hubiera revelado nuestro secreto. Con el debido perdón de Dios, tenemos que evitar a toda costa que eso pase, mi querido forastero. Mientras hayan siempre de existir mayordomos como yo, el secreto de los patrones habrá entonces de mantenerse a salvo y el mundo seguirá girando sobre la entera completitud del eje de sus mitos y de sus creencias. Las minas son nada más que uno de otros tantos mitos, pero mientras existan esos mitos, el mundo seguirá siendo lo que es.

José Raquel hubo de sentir entonces, completa e interiormente derrotado, un profundo odio hacia todos los patrones del mundo, pues resultaba para él una rotunda e indigna atrocidad el hecho de que la culpa de todas las injusticias del mundo la tuvieran unas pocas familias que se dedicaban nada más que a soñar para llegar ellas a poseer la íntegra completitud del orbe. Imaginó entonces nuestro desposeído protagonista que el secreto de los patrones habría de conservarse por quién sabe cuantas décadas más, siglos quizá, manteniendo de esa manera a todas las tristes familias de su barrio completamente prisioneras de la miseria, al igual que mantendría al resto de la gente por entero cautiva de sus esclavizantes trabajos. Hubo entonces José Raquel de deshacerse en aquel instante en copiosas lágrimas y nuevamente hubo de implorar una vez más por su vida: para este menester hubo él de comenzar a referir, mediante infinitesimales palabras, la entera anatomía de su rancho, para después comenzar a enumerar a cada una de sus tres hijas incluyendo una descripción de sus virtudes con el ánimo de conmover al impasible mayordomo para pedirle al final, inútilmente, que por el amor de Dios lo dejase ir.

El impertérrito mayordomo hubo entonces de ponerse de pie acercando después el cañón de su escopeta al cráneo hirsuto de José Raquel, y, con suprema displicencia, hizo fuego entonces sobre su cabeza.

Bogotá, enero 31 de 2006.

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