viernes, 7 de marzo de 2008

MISTERIOSA TOPOGRAFÍA DE UN MUNDO IMAGINARIO

(Sueño de una confesión)


A Valentina

¿Qué voy a hacer

Si te deje ir?

¿Qué voy a hacer…?

Sólo morir…

LOS FABULOSOS CADILLACS, A amigo J. B.

Nadie dice nunca la verdad cuando afirma que soñar no cuesta nada: ahora sé por experiencia que no hay sobre la tierra nada más falso que aquello; es esta afirmación únicamente el temerario descaro dialéctico de una de nuestras tantas y más insufribles y solapadas mentiras de desvergonzada primavera: creedme, soñar puede también llegar a dolernos hasta los rincones más recónditos del alma, y puede también llegar a costarnos la propia existencia si no sabemos cuando detenernos o cuando despertar; soñar podría ser sólo la pirueta diferida mediante la cual hemos pretendido los hombres mantener viva la plausible fatuidad de todas nuestras esperanzas. Pero soñar podría también llegar a convertirse subrepticiamente en el vértigo de nuestras más inusitadas y tortuosas amarguras solitarias, y podría también, además, llegar a costarnos la entera completitud del propio descanso de nuestro sueño, exactamente de la misma manera como nuestras mayores frialdades lógicas pueden llegar a convertirse en las más desoladoras de nuestras peores catástrofes de la vida despiertos: soñar para crear no es mentir, pero soñar para creer sólo es sufrir.

Es curiosa la manera como los hombres deciden ir renunciando a sus máscaras mientras las entropías del mundo modelan lentamente sobre sus rostros los dibujos de su propio envejecimiento; y es curiosa también la manera como nuestros sueños desenmascaran todos nuestros disfraces mediante las furtivas agonías de sus fantasmagorías de la noche: dejamos de ser en las noches para abandonarnos a los inauditos caprichos de un mundo cuyas leyes violan a cada segundo nuestra propia concepción de la realidad de nuestro mundo despiertos, entregándonos nosotros frágilmente a la azulada tibieza de sus tinieblas con la única esperanza de no naufragar en la oscura tinta de alguna pesadilla escabrosa o de alguna acedía del ensueño; dormimos para descansar mientras dejamos de ser, mientras palpitamos con los ritmos de un infrauniverso que parece dilatarse con cada uno de nuestros nuevos suspiros mientras florece para nosotros como la flor misma del caos y de la incertidumbre. A donde vamos en la noche no podemos tener ninguna clase de máscaras, puesto que nunca como en aquellos instantes nos encontramos más completamente desnudos y más completamente solitarios y a merced de nuestros propios espejismos sublimados. Perderse en una calle cualquiera mientras las últimas luces del crepúsculo nos vigilan desde el cielo nunca podrá llegar a ser tan aterrador como terminar extraviándose lejos, irrevocablemente perdidos al interior de todos esos laberintos que se extienden como una onda explosiva tras las puertas del umbral.

Es para mí éste umbral el sitio y el momento exactos en que hemos sido ya vencidos por el letargo del ensueño, aunque permaneciendo nosotros lo suficientemente conscientes aún como para poder saberlo y disfrutarlo mientras todo lo demás se extingue a nuestro alrededor como si fuese la humilde flama de un candil asediado con furia por la brisa: son sólo los efímeros latidos de unos brevísimos instantes cargados de una cierta lucidez onírica imaginada por Morfeo para la mejor concatenación de nuestros mundos paralelos, instantes estos después de los cuales no nos queda más que la derrota de la consciencia y el alumbramiento de los universos desfigurados de nuestras sombras de la inconsciencia. Extraviarme tras el umbral nunca había llegado a ser para mí una experiencia tan amarga como cuando tuve que dejar partir todo rastro de la divina presencia de mi musa, para después atesorar en mis recuerdos solitarios la frágil e imborrable memoria de la propia volatilidad de su perfume inabarcable. Soñar sin su presencia es para mí ahora nada más que un aciago delirio sublimado donde la muerte se complace en atormentarme mientras se filtra a través de todos los intersticios que se dibujan en el fantasma de su ausencia.

Era mi musa para mí mucho más que una promesa: era más bien como, quizás, una misteriosa certeza alucinada, o tal vez como el futuro soñado por los arcángeles de esas miradas suyas que solían perderse a veces entre las mías: el brillo deslumbrante de sus ojos muchas veces me impedía conciliar el sueño mientras se refundían en mi mente, como nubes en el crepúsculo del Apocalipsis, todas sus memorias que se paseaban lirondas entre los jirones tornasolados de los poemas inconcebibles que me había obsequiado ella con tan sólo posar la dulzura de sus miradas sobre el tímido y asustado pálpito de mis pestañas: su luz cegaba entonces el negro cristal orbicular de mis pupilas, extraviándose posteriormente mi camino mientras comenzaba a troncharse en los laberintos de otras sendas.

Desentendiendo en aquel momento la naturaleza inequívoca de sus emblemas, mi ceguera la fue convirtiendo entonces a ella en el bálsamo soñado de una promesa, en la loca agonía de un romance conspirado ciegamente por mí a imagen y semejanza de mi estampa: tal era la luz de su alma; hube entonces de comenzar a soñar el sueño de los creyentes, extraviando mi rumbo en medio de la pura promesa de una suerte de inabarcables certidumbres inciertas: y hubo de ser bajo la penumbra de mis ojos cuando entonces la amé, mientras que la oscuridad de las tinieblas que se desbordaba ahora entre mis párpados me hizo después náufrago entre los náufragos y ciego entre los ciegos; su luz ya no me dejaba verla más: sólo su recuerdo se volvió entonces apto para la oscuridad de mis ensueños. Y mi amor se convirtió después en un sueño celoso de su propio objeto: mis ojos fatigados no pudieron ya continuar asistiendo al espectáculo de sus miradas luminosas: ahora sólo me bastaba con las promesas de mi sueño; soñé entonces sin cesar, sin poder darme cuenta de cómo se iba extinguiendo su luz ante mis ojos ciegos.

Comenzó después a faltarme el sonido de su voz: sufrí hasta el martirio cada uno de sus infinitesimales silencios, cada una de sus llamadas postergadas y acometidas desde una distancia inabarcable: un océano de tierra nos separaba y sólo tuvimos entonces las melodías de nuestras voces para entendernos en el espacio y en el tiempo. Mi amor se había convertido ya en una idea inimaginable que difícilmente la torpeza de mi cabeza podía abarcar ahora; entretanto, al otro lado del océano su vida se desprendía de la mía: sus ojos lentamente se cansaban de aguardar por mis palabras verdaderas mientras iluminaban la ineptitud de un soñador ciego infinitamente perdido en las ficciones obsequiadas por la blancura de su musa. Pero hasta en los sueños resulta imposible esconderse del tiempo y nadie puede tampoco escapar de sus propios silencios y de sus propias palabras: durante los plácidos minutos de nuestras charlas a distancia guardaba yo silencio torpemente cuando debía entonces confesar, y profesaba mis palabras sin escrúpulos cuando debía entonces callar. Las palabras de mis sueños comenzaron después a perder lentamente para ella el valor de toda su significación, y habría de ser entonces cuando mi musa quedamente comenzó a alejarse de todos mis senderos, hasta encontrar después en alguna otra ribera otras miradas que alumbrar. El sueño de mi amor hubo de convertirse prontamente en una mansa especie de fuego fatuo que se dedicaba ahora a alumbrar sin sentido en medio de la noche, quieta y silenciosamente perdido en medio de las propias tinieblas de su oscura ceguera, para venir a extinguirse después con el sonoro despertar de los hálitos del olvido y el desengaño.

Sólo entonces vine a naufragar en el propio mapa de mi umbral, la topografía recóndita de un lento soñar acumulado con los años y completamente extraviado en las negruras amargas de mi alma: este es el mapa que dibuja ahora toda mi soledad, pensé cuando lo vi. Todos los lugares recursivos de la sumatoria total de mis sueños yacían ahora frente a mí mientras intentaba yo arrebatarle a la agonía del insomnio algunos furtivos minutos de ensueño y descanso para mis lágrimas. Sin embargo, no me fue permitido cruzar más allá del umbral; sólo debía ver y contemplar toda la ansiosa arquitectura de mi mapa interior: éste soy yo mientras sueño no soñar sin darme cuenta de que el sueño de la muerte me ha mantenido cautivo de su propia ensoñación.

Todos mis lugares estaban allí, unos junto a los otros esperando nuevamente que me extraviase forasteramente en los alrededores histéricos de sus arquitecturas de siniestra fantasía: los cementerios olvidados donde siempre termino por extraviarme en las noches al salir del infierno laberíntico de los barrios de mi infancia, me daban ahora la bienvenida; a unos cuantos metros se alzaba también por allí la tumba siniestra de un magistrado donde suelen ocurrir ante mis ojos vendados cosas que se oyen abominables, ubicada justo al lado de la puerta prohibida tras la que, en nombre de los manes del magistrado, se ocultan los oscuros conspiradores de la muerte que siempre callan cuando ando desorientado por allí; después venían las altas fábricas abandonadas con sus chimeneas humeantes de esos perversos hollines fantasmales que me asfixian sin llegar nunca a exterminar por completo mis últimos instantes, dedicándose sólo a asfixiarme con sus partículas mientras descubro con horror que la única manera de salir de allí es despertando en medio de la noche, retorciéndome con furia mediante un amargo y repentino estremecimiento de los huesos y con mis carnes completamente empapadas por el sudor de mis propias angustias; y justo frente las fábricas, se alzaban imponentes las lomas donde se elevan las ruinas coloniales de adobe casi desmanteladas de aquella casa con trampas cuyos pasillos sin iluminación podrían hacerme desembocar en el mismísimo infierno, si es que no me he extraviado antes en medio de sus innumerables habitaciones plagadas de espejos; frente a la casa con trampas se alzaban kilómetros y kilómetros de avenidas solitarias empedradas de noctívagos edificios abandonados por donde acostumbran pasearse infinidades inabarcables de corredores que trotan mientras me arrastran en una huída que jamás comprendo, y que al final me deja siempre solitario en medio del laberinto de todos esos barrios que conozco como la palma de mi mano, pero que no puedo recordar cómo sortear y cuya única salida se halla entre las tumbas de los cementerios.

Mi único rincón favorito, donde suelo esconderme invariablemente cuando presiento que una muerte inevitable se aproxima, resultó estar ubicado a varios kilómetros al sur de las lomas donde se alzaba la casa con trampas: con horror, con furia, con resignación descubrí que para poder llegar hasta allí se hacía completamente ineluctable tener que pasar primero por todo lo demás; sólo entonces lo comprendí: jamás había necesitado hacer el recorrido completo cuando mi musa soñaba para mí todos sus obsequios. Ahora, en cambio, respirando yo en medio de su ausencia tenía entre mis latidos únicamente la ilusión de su amor, y tarde o temprano tendría que sortear la entera completitud del mapa para saber si se hallará ella tal vez esperándome allí, en un rincón que entonces habrá de ser, quizás, tan sólo para los dos.

No hay comentarios: