lunes, 17 de marzo de 2008

FICTICIOS ARBOTANTES DE UNA CATEDRAL FURTIVA

(Onírica propuesta para la construcción de un laberinto)

¿Qué es el insomnio sino la obstinación
Maníaca de nuestra inteligencia en fabricar
Pensamientos, razonamientos, silogismos,
Y definiciones que le pertenezcan plenamente,
Qué es sino su negativa de abdicar a favor
De la divina estupidez de los ojos cerrados
O de la sabia locura de los ensueños?

MARGUERITE YOURCENAR, Memorias de Adriano.

Nosotros no inventamos nada, no creamos nada.
Todo está en todo. Nuestro microcosmos no es
Más que una partícula ínfima, animada, pensante,
Más o menos imperfecta, del macrocosmos. Lo que
Creemos descubrir por el solo esfuerzo de nuestra
Inteligencia existe ya en alguna parte. La fe nos
Hace presentir lo que es; la revelación nos da de ello
La prueba absoluta.

FULCANELLI, El misterio de las catedrales.

Pero un edificio gótico no es sólo un sistema
Dinámico en sí, sino que además moviliza al
Espectador y transforma el acto del disfrute
Del arte en un proceso que tiene una dirección
Determinada y un desarrollo gradual. Un edificio
De este tipo no se deja abarcar en ningún aspecto
De una sola ojeada, ni ofrece desde parte alguna
Una visión perfecta y satisfactoria que abarque
La estructura del conjunto, sino que obliga al
Espectador a cambiar de posición, y sólo en forma
De movimiento, de acto, de una reconstrucción,
Le permite hacerse una idea de la obra total.

ARNOLD HAUSER, Historia social del arte y la literatura.


¿Habrá posiblemente una delectación mayor que sucumbir con dulce tranquilidad ante la eflorescencia carnívora y noctámbula de todos esos mitos nuestros de la noche que prosperan cuando la oscuridad nos arrincona bajo la tibieza pura y noctívaga de nuestras sábanas? ¡Qué derroche de energías durante nuestras rutinas diarias para poder extinguirse después bajo los suspiros de ese cansancio que habrá de llevarnos ulteriormente al paraíso soñado de nuestras propias incertidumbres de la inconsciencia!; ¡y qué fatuo despilfarro de energías nocturnas para verle después expirar finalmente con el último sollozo de nuestros ensueños! Una cadavérica intimidad es lo que nos traen las ficciones del ensueño: es el polvo de nuestras propias carroñas mortuorias lo que contemplamos durante el espectáculo virtual de nuestros reposos soñados por el ángel de la muerte, pues sabemos los hombres morir de tanto en tanto cada vez que las cenizas de Morfeo acaparan la orbicularidad de nuestras pupilas para hacernos naufragar después en el océano etéreo de todos nuestros fantasmas; el frío de la noche se convierte entonces, a través de unas idílicas teogonías encubiertas de poesía bajo los mantos del delirio y las ficciones alucinadas, en el frío metafísico de nuestras propias intimidades con la muerte.

¿Podría acaso existir un arte de los fenómenos más puro y musical que la sombra oculta de todas esas cenizas fantasmagóricas que escanciamos en las noches sobre la tumba de los instantes a la mayor gloria del no ser? Tal vez el arte de mi sueño perfecto pudiese hallarlo sólo durmiendo en el principesco sepulcro de Hamlet, o quizá tan sólo pernoctando furtivo sobre los fríos adoquines de aquella calle solitaria donde Nerval se ahorcó, o acaso reposando mi ensueño eremita sobre las lozas impasibles del cementerio donde fue sepultada Marie Rogêt; posiblemente la mismísima tumba infame de todos esos poetas asesinados envidiosamente por la iniquidad recelosa de Nerón pudiera ser la única capaz de trasportarme cándidamente sobre las melifluas eufonías espectrales del fantasmagórico arte poético de las propias enjundias de mis onirismos más delirantes: ¿habéis podido alguna vez llegar a imaginar la infinita magnitud de la pureza que se alza sobre vuestras cabezas durante las crueles agonías del efímero decurso de una pesadilla?; ¿habéis podido en algún momento discernir la inabarcable complejidad que se extiende lironda por la penumbra de todos esos valles sombríos de la noche que se dibujan cuando soñáis con el preciso instante en el que se desarrollan los postreros sucesos de vuestra muerte irremediable? Quizás no hubiere de haber en toda la extensión del Cosmos nada tan inigualable como el hecho de poder transformarnos, a través del ensueño, de oscuras personificaciones rutinarias del intelecto soñadas por nuestra vanidosa voluntad de poder, en las confusas y ubicuas entelequias de las alucinadas fantasías del delirio soñadas por nuestra secreta vocación por el absurdo.

¿No sería entonces ésta secreta vocación por las paradojas nuestra mejor armadura para enfrentarnos a los fantasmas de todo ese horror que nos inspira clandestinamente el vertiginoso vacío de nuestra propia libertad? ¿No habría de ser en realidad el ejercicio de nuestros sueños la mejor fuente de inspiración para todas esas manías nuestras del entendimiento que después habremos de transformar los actos de nuestra vida despiertos?: quizá la mejor de nuestras poesías fenomenológicas pudiere surgir entonces de lo más recóndito de nuestras simbologías de pesadilla, o quizá de nuestros mayores oscurantismos líricos del gemido de nuestros sueños, para terminar convirtiéndose después, quizá, en algún suceso fallido de nuestra propia demencia libertaria que nuestra memoria ya no quiere abandonar. Ya no habríamos de seguir retrocediendo entonces ante el ejercicio de nuestras verdaderas posibilidades frente a la libertad del mundo, puesto que gracias a la poesía de nuestros sueños se habrían desvanecido a la sazón todas nuestras incertidumbres sobre la validez de todos nuestros actos. No obstante, no debemos perdernos en las falsas certidumbres de una fe ciega por la desenfrenada lírica caótica de nuestros propios poemas nocturnos; cuidado: aquello también podría terminar convirtiéndose en una prodigiosa trampa mortal de incalculables proporciones; recordadlo siempre: en todos los rincones milagrosos de vuestra propia libertad, habrían de encontrarse acechando también la locura y la muerte.

Concebid entonces el mapa de vuestros propios ensueños a la manera de una descomunal catedral gótica en la que acaso pudierais llegar a perderos si desconocierais las insólitas simbologías del laberinto de sus arquitecturas: tendréis entonces una furtiva rapsodia arquitectónica para eludir a la muerte mientras buscáis la luz en vuestras propias incertidumbres. Pero para la mejor estructuración de esta catedral deberéis proyectar primeramente en vuestros interiores noctámbulos el furtivo rompecabezas laberíntico sobre el que habréis de levantar después las bóvedas de crucería que os protegerán entonces de la inefable oscuridad de vuestras propias sombras: habréis de sublimar pues para tal menester todos vuestros fantasmas convirtiéndolos en la enigmática construcción de un laberinto, el laberinto de todos vuestros delirios y todos vuestros deseos truncados por el Tiempo dibujado ahora sobre el suelo a la bizantina manera de un mosaico de cerámicas esmaltadas. Luego habrá de ser necesario que pongáis especial atención a vuestras propias tinieblas, tinieblas estas con las que posteriormente habréis de formular los cristalinos decorados de las vidrieras. Acaso pudiera ser que quisiereis que vuestros vitrales llegasen a expresar para vosotros tan sólo el dulce hálito de los sueños más tibios y confortables; pero, creedme, es mejor que tampoco perdáis nunca de vista las oscuridades más inefables y recónditas de vuestros espíritus, porque de lo contrario sólo habríais de terminar mintiéndoos mientras os regocijáis en vano por vuestros efímeros logros y vuestras mediocres felicidades. Dejad la tibieza exclusivamente para la cromática concordia del colorido de los cristales y para el mosaico que habrá de dibujar el cerámico dédalo abstracto de los suelos, para de esta manera poder permitiros diseñar vuestras imágenes sin ningún tipo de escrúpulos o de falsas certidumbres: limitaros a ser para poder concebirlas sin ningún espécimen de ataduras, mientras vuestro intelecto sólo duerme en el sueño de los demiurgos y vuestra imaginación delira entonces en el sueño de los poetas.

Deberéis recordar, sin embargo, que los arcos ojivales que habrán de sostener las fuerzas que mantendrán alzadas las bóvedas de todo el edificio se encuentran apuntando siempre hacia las insondables alturas del infinito, y que asimismo constituyen ellas el agraciado símbolo de nuestros impulsos por disolvernos en las inmensidades inabarcables de los cielos; por lo tanto, vuestras imágenes oníricas habrán de adolecer de un cierto equilibrio que os permita conjugar en el laberíntico palacio de vuestras quimeras más paganas, absolutamente todas las infamias y todas las imprecaciones de las que habríais sido capaces en vuestras vidas despiertos junto con absolutamente todos vuestros actos notables y todos vuestros recuerdos inofensivos. Y por supuesto, no habrá nunca de ser necesario que vuestras imágenes reposen solamente en los cromáticos rompecabezas de las vidrieras; desde luego podríais también, además, embellecer los capiteles de las columnas fasciculadas que sostienen los arcos ojivales con hermosas alegorías de vuestras tinieblas más espectrales, así como también con preciosas alegorías de vuestras felicidades más eufónicas. Podréis asimismo acomodar donde os plazca (quizá bajo la luminosa presencia de las vidrieras) las diversas evocaciones escultóricas de vuestras propias alquimias de la existencia o de vuestras propias ficciones de la noche; podéis también pensar en tallar sublimes frisos para los arquitrabes, frisos estos llenos de magnificentes altorrelieves esculpidos sobre la inmortalidad de los mármoles de todas vuestras memorias, altorrelieves estos que quizá debieren de expresar para vosotros los iconos de todas esas parábolas que formuláis para justificar vuestros disfraces de la vida despiertos. De la misma manera, deberéis también conspirar una metonímica simbología para la ficción de las imágenes notables sobre la alquimia de vuestras pasiones, imágenes estas que habrán de decorar los tímpanos del pórtico y los estilóbatos de sus contrafuertes; así también deberéis conspirar una simbología obrada a base de sinécdoques para las agraciadas imágenes del coro y el deambulatorio, imágenes estas que podrían versar sobre la furtiva concepción onírica de vuestro propio Apocalipsis, esto es, la amarga corazonada de vuestra propia muerte; y finalmente, deberéis imaginar una simbología de metáforas para decorar icónicamente las circunvoluciones radiales del ábside, en las cuales habréis de verter el espíritu de todo lo que esperáis encontrar cuando busquéis vuestra propia libertad verdadera.

Ahora bien, el dédalo fraguado por el mosaico de cerámica esmaltada deberá entonces constituir para vosotros la proyección cartográfica que habrá de serviros como modelo para la proyección arquitectónica de todo el laberinto de vuestro edificio; primeramente, deberéis saber que por razones de un mejor desarrollo simbólico de las arquitecturas de vuestra catedral, habrá de ser necesario que imaginéis el espacio del laberinto, ya no contenido dentro de una cruz latina, sino quizás al interior del dominio de un cuadrado de cuyas cuatro fronteras habrán de desprenderse las cuatro semicircunferencias correspondientes a los medios mandalas que proyecta el hemiciclo de los coros y sus respectivos deambulatorios y ábsides, formando entonces el simétrico crisol de una cruz trebolada de pétalos innumerables; imaginad además que las ojivas del pórtico habrán de alzarse en el ábside occidental, para que pueda este ser iluminado por los rayos del sol crepuscular, exactamente de la misma manera en que el lugar de la principal vidriera oriental, donde deberéis ubicar después el sitio del presbiterio de vuestro santuario, habrá de recibir toda la luz del sol temprano luego de haber sido profetizado por los rosáceos dedos de la aurora: saldréis entonces de las tinieblas entrando por el Occidente para refugiaros en la luz encaminándoos hacia el Oriente. De esta manera deberéis continuar por imaginar que los infaltables y eflorescentes rosetones de vitral habrán de decorar la principal de las capillas radiales de los cuatro ábsides, y desde luego, el mayor de todos estos rosetones habrá de acicalar el pórtico con el cromatismo cristalino de sus matizadas luces; en los demás absidiolos podréis regocijaros en acomodar la entera completitud de las vidrieras en la cantidad que más os plazca, pero teniendo siempre la prudente precaución de agruparlas en unos muy pitagóricos conjuntos de tres.

Los rosetones habrán, quizá, de proyectar para vosotros el símbolo geométrico de una flor estrellada de color rojo cuyo corazón deberá adolecer de seis pétalos, para multiplicarse después, en una circunferencia concéntrica exterior a este mismo corazón, en otra de dieciséis; esta flor acaso habrá de representar para vosotros el emblema mismo de la divinidad del fuego sagrado del sol, la estrella luminosa por excelencia; la sempiterna sacralizad de este fuego sagrado habrá de protegeros milimétricamente durante todas vuestras locuras del día, para después descender y venir posteriormente a reposar luminosamente en los latidos de vuestros corazones mientras soñáis, como los demiurgos, con las metafísicas líricas infinitesimales que habrán de dibujar entonces todos vuestros laberintos de la noche. Tendremos entonces que el mapa trazado por el dédalo cerámico del suelo habrá de serviros en aquel momento para proyectar la distribución de todas esas pesadillas de vuestra existencia, pesadillas estas que habréis de verter entonces entre las arcadas ojivales y los trifolios del interior, poderosamente sostenidas estas por la tensegridad de unas vigorosas columnas fasciculadas; aquellas arcadas luminosamente enérgicas habrán asimismo de sostener las innumerables claves de las nervaduras cruzadas de las bóvedas que protegerán la entera completitud del dominio cuadrado de aquel espacio que habréis vosotros de recorrer después, siguiendo entonces los senderos demarcados por el laberinto circular que debisteis haber dibujado primeramente mediante vuestro mosaico de cerámica, utilizando para tal menester los colores negro, blanco, amarillo, rojo y azul; naturalmente, en el centro de este laberinto circular habréis de diseñar la mayor de vuestras imágenes simbólicas, esto es, una que represente para vosotros la finalidad última de vuestra propia Gran Obra, es decir, el sentido mismo de vuestras propias existencias. No obstante, los senderos de vuestro dédalo no solamente habrán de desembocar en el centro de este arcano, sino que deberán también, además, poder conduciros después hacia las místicas evocaciones narrativas emplazadas en los ábsides y en los deambulatorios; para tal menester, podéis ahora imaginar que a cada una de las piezuelas de este mosáico habrá de corresponderle, a la sazón, la imagen de alguno de todos vuestros pensamientos y la de alguno de todos vuestros sueños: por tanto, para poder acceder a las imágenes reveladoras de cada uno de los ábsides de los cuatro deambulatorios y, principalmente, a las revelaciones del presbiterio de vuestro santuario, habréis de tener que recorrer vuestro laberinto como quien se ejercita disciplinadamente en el adiestramiento de sus técnicas de exégesis hermenéutica: “¡Cuántas maravillas, cuantas cosas insospechadas no descubriríamos si supiésemos disecar las palabras, quebrar su corteza y liberar su espíritu, la divina luz que encierran!” [1]. Entonces deberéis tener en cuenta que las imágenes narrativas que habréis de tallar en los capiteles de las columnas del interior tendrían que arrojaros alguna luz para la mejor dilucidación de vuestro laberinto, así como también deberéis proyectar con prudente cautela las imágenes de las vidrieras que os iluminarán en vuestros sueños.

Cada uno de los absidiolos del hemiciclo habrá entonces de hallarse separado de los demás por medio de la tensegridad arquitectónica de unos robustos contrafuertes, contrafuertes estos que tal vez podrían ir culminados por la valentía vertical de un pináculo que habréis de embellecer con el florón flamígero que simbolice la flor que más os guste, y que habrá de representar para vosotros el lirio dormido de todos vuestros deseos. Podríais llegar a decorar bellamente cada contrafuerte con la inclusión de un pequeño trifolio engalanado con un emblemático tríptico de vitral, donde quizá pudiereis representar alegorías de vuestras propias concepciones metafísicas sobre el envejecimiento y los movimientos temporales del Universo. En la parte exterior de los contrafuertes, y justo debajo de los trifolios de vitral, podríais tal vez acomodar las gárgolas del desagüe por donde habrán de circular las aguas diferidas de vuestras sombras, y que depositaréis después en el acueducto de los laberínticos espacios de una anular cripta subterránea, el sitio donde habrán de dormir después todos vuestros secretos más oscuros para rendir a continuación el posterior culto a vuestros fantasmas, auspiciado quizás por una bella imagen obrada en bronce a la maternal y universal diosa Isis, cuya esplendente inagotabilidad de sus senos y radiante luminosidad de sus ojos podrá acaso ayudaros en el mejor ejercicio de la resurrección de vuestros propios misterios olvidados; ahora bien, posiblemente habréis de desear la utilización de una figura mitológica para aquel menester del desagüe: para ello podría quizás resultar inmejorable que llegaseis a esculpir esfinges en la firme roca de unos agraciados bloques de granito negro, esfinges estas que habrían de remitiros entonces al mito de Edipo y su arcana relación con los enigmas. Y, por último, desprendiéndose entonces de los contrafuertes, una sucesiva secuencia de arbotantes habrá de socorreros en el sostenimiento de todas esas ojivas que se alcen después como el sustento exterior de las paredes que soportarán las altas bóvedas de crucería; podría llegar a ser simbólica y arquitectónicamente significativo y conveniente que a cada contrafuerte le correspondiese un juego de tres arbotantes, arbotantes que acaso pudieren ir engalanados con la presencia de triglifos y de escultóricas metopas sobre vuestras mitologías de la vida cotidiana.

En último lugar, habrá entonces de ser necesario en este punto repetir nuestros comentario de que se debe poner mucha atención en el tipo de imágenes que se utilicen para proyectar las vidrieras con las que habréis de aderezar las ojivas y los trifolios de las paredes sostenidas por vuestros ficticios arbotantes de melancólicas alucinaciones nocturnas; recordadlo siempre: deberán ser estas unas imágenes que conjuguen en el rompecabezas de sus cristales lo más pagano de todas vuestras tinieblas con lo más luminoso de todas vuestras felicidades. Finalmente, cuando hayáis completado entonces las labores arquitectónicas en la construcción de vuestra propia catedral onírica, a la sazón tendréis suficiente tiempo para abordar después todas sus simbologías en la búsqueda del conocimiento pleno de vosotros mismos y de la verdadera naturaleza de todas vuestras acciones en la vida despiertos, para de esta manera llegar a continuación a acceder al indudable conocimiento de la auténtica libertad, un conocimiento que habrá de enseñaros a no retroceder y a no excederse nunca, en ninguno de todos esos pliegues del Tiempo que modelan segundo a segundo cada uno de los rincones del orbe mientras se agitan ellos epilépticamente durante el convulsivo decurso de su existencia, ante el ejercicio de la verdadera independencia. En aquel momento sólo habrá de ser necesario aprender a no extraviarse bajo las nervaduras cruzadas de vuestras propias bóvedas, mientras descubrís por vosotros mismos la significación de todos vuestros símbolos cuando os halléis buscando la manera de no extraviaros en los verdaderos senderos de la libertad.

Marzo 9 de 2005, 2: 44 a. m.

[1] FULCANELLI, El misterio de las catedrales, III, p. 53, editorial AMÉRICA IBÉRICA S. A., 1994.

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