jueves, 13 de marzo de 2008

LAS ONÍRICAS METAFÍSICAS DE LO SOBRENATURAL EN UN ENSUEÑO MÍSTICO DE ANDREI TARKOVSKI

(Simbología onírica de un sacrificio)

De modo que toda convicción profunda va acompañada

De cierta desesperación: es tan enorme la fe que el hacerla

Andar se toma mucho tiempo.

GEORGE KEITH CHESTERTON, Ortodoxia.

Nuestra inteligencia, en el estricto sentido de la palabra,

Está destinada a asegurar la perfecta adaptación de

Nuestro cuerpo al medio que lo rodea, a representar las

Relaciones entre las cosas exteriores, en suma, a pensar

La materia.

HENRI BERGSON, La evolución creadora.


Los filósofos, extraviados en el intenso, aunque imaginario universo de los sistemas y las falaces verdades objetivas, manteniéndose sin embargo perseverantes en su andar a través de la infinitud que dibujan las interminables geografías de nuestro mundo, deberían practicar ese hipnotismo mágico que sobre el hombre curioso han ejercido todas las ciencias de lo sobrenatural: los inexplicables rumbos de las más abstractas metafísicas podrían liberar en sus mentes las oníricas utopías de unas sabidurías acaso tan antiguas como Hermes Trismegisto, quizá más antiguas aún; solamente los enigmáticos arcanos de la realidad codificados en el pretérito culto a la maternalmente primordial diosa Isis, podrían agregarle a la insípida voracidad de nuestras existencias más conocimiento sobre el devenir de los sucesos del cosmos que cualquiera de los tratados ontológicos de la filosofía occidental. ¿Qué podría revelarnos Kant que antes no nos hubiera dicho ya toda la progenie de alquimistas que hubieron de poblar el mundo desde mucho antes que el inventor del criticismo idealista? ¡Hay más verdad en las genialidades más líricas del Fausto de Goethe que en toda la Crítica de la Razón Pura!

En este tórrido mundo nuestro, donde rigen infamias como las guerras de NAPALM o como la miserable pobreza de los pueblos sometidos al diezmo de los Imperios, las mayores sabidurías siempre han estado de parte de los más herméticos misticismos del ocultismo o de los más incandescentes ardores de los pensadores viscerales: un San Agustín, o un Kierkegaard, o un Nietzsche, no tienen nada que envidiar a las mayores lucubraciones de los místicos y los teósofos; están al mismo nivel en cuanto a las agudezas de sus pensamientos, los unos entregados a las metafísicas de lo sobrenatural, y los otros entregados a las metafísicas de lo racional. El mundo del misterio se erguirá siempre sobre nosotros rebasando todos y cada uno de nuestros silogismos, todas y cada una de las ociosidades de nuestro más haragán instinto de reflexión: todas nuestras filosofías no habrían de ser nada más que el sueño desquiciado de todas esas sofisticadas invenciones que las amarguras de la existencia nos obligan a conspirar en el abandono de nuestro tiempo libre; mirad quienes profesaban el oficio de la filosofía entre los pueblos griegos, y encontrareis a toda una sarta de completos inútiles que hacían las veces de portadores del conocimiento mientras que sus esclavos mantenían el orden dentro de sus dominios, rompiéndose ellos la espalda en nombre de una democracia que sólo conocían sus amos, los hombres libres que podían perder el tiempo ejerciendo el privilegio de su ciudadanía, y a veces, también, de su homosexualidad, en todas esas inútiles discusiones filosóficas que ardían al interior de sus ágoras o de sus academias.

Pero ciertamente más verdad había en los arrebatos extáticos de las pitonisas de Apolo o de las coribantes de Eleusis que en toda esa jerga que Aristóteles y Platón se encargarían de sofisticar después, pregonando con sus sistemas el advenimiento de toda la posterior y decadente cultura occidental. Desde los presocráticos, incluyendo a todos los sofistas, todos los filósofos han sucumbido al flagrante y craso error de querer entrar en detalles para dedicarse a soñar mejor todos sus alucinados sistemas sobre los delirios del mundo; he ahí el abismo que impide a los filósofos llegar a ser verdaderos poetas, y que habrá de negarles esa frescura y esa profunda sencillez que sólo poseen los místicos y los poetas verdaderamente inspirados. Pero, como bien habría de exponer Johannes Pfeiffer en su librito sobre la poesía, el lenguaje de la filosofía no puede, ni debe, explorar por esos oscuros y acaso herméticos territorios de las retóricas de la lírica, puesto que su lenguaje busca, ante todo, la exactitud en la exposición de los razonamientos y la precisión en la postulación de sus argumentos, mientras que el lenguaje poético habría de regodearse siempre en esas furtivas vaguedades del verbo, buscando ella la conmoción en lugar de la convicción, la imagen en lugar del silogismo. La jerga filosófica vendría a ser, por tanto, nada más que el enmascarado y subrepticio verdugo de todos nuestros mayores instintos líricos, y habría de ser por eso que cada uno de los silogismos que hemos conspirado con nuestro lóbulo cerebral izquierdo no vendría siendo otra cosa más que el abortivo de algún irrepetible paseo lírico de alto vuelo que hemos asesinado nosotros con infamia sobre los horizontes de nuestro lóbulo cerebral derecho.

Pensemos ahora, si el Tiempo no ha de traicionarnos antes de que culminemos con éxito nuestras ineptas reflexiones, en la inteligente manera en la que habrían de coexistir, con una sabiduría acaso milenaria, estas dos tendencias del pensamiento, el hermetismo y la filosofía, en la hábil y sofisticada cinematografía de Andrei Tarkovski, una cinematografía que tendría para nosotros, sutilmente, tanto de introspectivamente filosófico y racional como de misteriosamente lírico y hermético. Ya habíamos hablado en alguna otra página de lo que hay de lúdico en las estéticas de Tarkovski, entendiendo la estética de la lúdica en el mismo sentido que tenía para el poeta Schiller, acaso el primero de todos los clásicos alemanes que hubo de plantear la búsqueda artística como si fuese el más sublime de todos nuestros juegos: una equilibrada coexistencia del impulso irracional de la inspiración con las directrices racionales de una técnica disciplinada que le permita al artista cristalizar sus ideas, entendiendo cada artista el oficio de su arte como un juego en el que las reglas no le impidan disfrutar del divertimento. Ahora bien, las estéticas de la lúdica también permiten la existencia de un equilibrio en el campo de las reflexiones que hayan de nutrir todo el arsenal de nuestras ficciones más elaboradas, incluso también de las más inverosímiles; Tarkovski supo combinar en sus películas, con irrevocable maestría, no solamente los impulsos de sus dos lóbulos cerebrales, sino además, las dos tendencias filosóficas más importantes de toda nuestra Historia Universal: en los ensueños de la cinematografía de Andrei Tarkovski las especulaciones de las metafísicas más platónicamente idealistas se combinan hábilmente con las disertaciones de los dogmatismos más aristotélicamente materialistas; cada una de sus películas es una especie de, si nuestro filosófico oximorón es tolerable, entelequia arquetípica que habría de reflejar tanto las problemáticas más inmediatas de nuestro mundo exterior, así como también las más profundas interioridades de nuestros más insondables abismos espirituales.

Todo lo que habría de haber de sobrenatural en la reducida cinematografía de Tarkovski, procedería sin lugar a dudas del ensueño penetrante y recóndito de unas reflexiones profundas sobre la condición del hombre en el Universo, y por supuesto también de un profundo conocimiento de los instrumentos lingüísticos de la lírica y de la filosofía, puesto que toda poética y toda filosofía no habrían de ser otra cosa diferente a las infinitas reverberaciones sintácticas de las simbólicas fantasías del lenguaje, reverberaciones estas que habrían de refugiarse vertiginosas al inclemente interior de nuestros atareados cerebros de durmientes entelequias de carne y hueso; para citar a propósito una idea sublime que hubo de concebir el pretérito filólogo decimonónico Wilhelm von Humboldt, nuestro lenguaje no habría de ser otra cosa más que el uso infinito de medios finitos, siendo cada una de nuestras más elaboradas páginas, incluso cada una de nuestras frases más sólidas, la victoria misma que habrá de socorrernos del atroz naufragio de la monotonía estertórea de nuestros días y nuestras horas, elevándonos ella sobre la gracia marginal y transitoria de nuestra propia mortalidad mientras que, mediante la sublime perfección de todas nuestras retóricas, habríamos de hacer un guiño irónico a los ángeles de la Muerte mientras sobrevivimos a la letalidad de su hálito mediante la infinita inmortalidad de nuestras palabras; repetiremos algo que ya hemos expresado en alguna otra página: nuestra literatura no vendría siendo nada más que el guiño sutil que los hombres hacemos al vacío de la eternidad del instante, instante que habrá de sobrevivirnos cuando hayamos arribado al horizonte de todas nuestras horas mientras habrá él de permanecer incólume durante el continuo y voluptuoso alumbramiento de la Historia Universal en medio del tórrido fervor de sus minutos.

Por supuesto, el lenguaje del arte habría de poseer el mismo espíritu tramposo con el que intentamos evadirnos de los crepúsculos del Tiempo mientras conspiramos el sueño de nuestras alucinadas líricas del ensueño; y dentro de los lenguajes del arte, acaso el lenguaje del cine haya de representar la mayor sofisticación de todas nuestras invenciones retóricas, pudiendo entonces entenderse el lenguaje cinematográfico de Andrei Tarkovski como una especie de dialéctica fusión entre las más exasperadas verbosidades de la filosofía y los más perspicaces tropos literarios de la ciencia lírica. Ya lo había sentenciado el inmejorable poeta granadino Federico García Lorca en una de sus conferencias que vería la luz por el pretérito año de 1927:

La hija directa de la imaginación es la “metáfora”, nacida a veces al golpe rápido de la intuición, alumbrada por la lenta angustia del presentimiento. Pero la imaginación está limitada por la realidad: no se puede imaginar lo que no existe; necesita de objetos, de paisajes, números, planetas y se hacen precisas las relaciones entre ellos dentro de la lógica más pura. No se puede saltar al abismo ni prescindir de los términos reales. La imaginación tiene horizontes, quiere dibujar y concretar todo lo que abarca[1].

El cine de Andrei Tarkovski rebosa de esas juiciosas metáforas que sólo habrían de ser el patrimonio de las mentes más avezadas que profesan el oficio de la poesía, pero cuyas imágenes literarias habrían de revelarnos todo el subrepticio universo de sus más recónditas reflexiones metafísicas. Una buena metáfora refresca el entendimiento[2], sentenciaba Wittgenstein en uno de sus aforismos, y, precisamente, las metáforas de Tarkovski no sólo podrían refrescar nuestro entendimiento sino que, además, podrían llegar a ensancharla en toda la dilatación de sus densas posibilidades filosóficas.

Una interesante reflexión en los labios el propio Tarkovski podrían iluminar mejor este punto de lo que acaso pudieran hacerlo nuestras torpes argumentaciones:

Como cualquier otro arte, también el cine posee su sentido poético específico, su determinación especial, su destino propio. Nació para reflejar una parte concreta de la vida, una dimensión del mundo aún no comprendida, que ninguna de las otras artes ha podido expresar. Como ya dijimos en otro lugar: cuando surge un arte nuevo siempre es el resultado de una necesidad espiritual; y, como tal, siempre juega un papel especial en la expresión de problemas profundos, que se plantean en nuestro tiempo[3].

Estos problemas profundos acaso pudieren ser aquellos que reflejasen mejor el agitado decurso de nuestro último siglo: la atroz pérdida de la personalidad individual de los hombres, quienes finalmente habrían de haber sucumbido ante la lenta, pero implacable estandarización de los sujetos al interior de la industriosa sociedad de los mercados, y que habrían de haber extraviado todos los rastros de la verdadera comunicación que alguna vez existió entre los individuos. Reflexiona Tarkovski en su libro Esculpir en el Tiempo, que cuando el individuo fenece ante una dependencia directa de su artificial, pero lucrativo destino social, y cuando la estandarización del hombre, extraviado él en los opresivos rigores de la cultura de las masas, se convierte en un peligro altamente real, habrían entonces de surgir el cine como arte y como oficio de los poetas de la imagen en movimiento[4].

Quizá haya de ser su película El Sacrificio, considerada por algunos como el imponderable testamento de su pensamiento audiovisual e ideológico, la que refleje mejor esta cruda y atroz sintomatología del siglo XX, una sintomatología que expresa muy bien ese viscoso y mercenario malestar cultural que algunos pensadores no han dudado en bautizar como la patología de la normalidad: todos nuestros acostumbrados rituales de consumo, todas nuestras imposturas corporativas, todas nuestras habituales máscaras de sociedad vendrían nada más que a reflejar el cruel y anémico padecimiento cultural que vendría a estar reflejándose continuamente durante el epiléptico decurso de nuestra Historia Universal a la manera de una enfermiza estandarización de nuestras existencias, estandarización esta que no sólo habría de encontrarse amenazando a la auténtica libertad de nuestras vidas, sino también a la auténtica afirmación de nuestros destinos y dentro de ellos al más insignificante y anodino detalle que habrá de participar en la sólida construcción de la individualidad de millones de personas anónimamente productivas y sórdidamente alejadas las unas de las otras, por completo abandonadas ellas en el intenso rigor de todas esas penitencias que hemos inventado para sobrevivir en este Purgatorio Incógnito que hemos hecho de la Tierra.

Y es precisamente eso, un Purgatorio, lo que tendrá que vivir Alexander, protagonista de El Sacrificio, para salvar el mundo de los hombres del inminente acabose de una guerra nuclear: metáfora esta del beligerante mundo los hombres, abandonados al cruento canibalismo de la voraz y posmoderna cultura occidental, quizá abandonados ellos por su Dios, pero nunca por el hombre mismo:

Sólo Dios tiene el privilegio de abandonarnos. Los hombres sólo pueden fallarnos[5],

sentenciaba Cioran en alguna de sus páginas. ¡Terrible infamia de nuestras soledades más extremas; las peores bufonadas de payasos sanguinarios como Nerón no se comparan con el terrible desprecio de unos dioses que habrían de hallarse tolerando y que, quizás, excitando nuestra propia autodestrucción! El stalker ahora ya no debe guiar, sino enmendar; enmendar todos los pecados de esta especie innoble que se arrastra sobre los viscosos desperdicios de sus propias podredumbres: el falaz progreso del hombre podría ser medido perfectamente por la dimensión de todas sus conquistas bélicas; la mayor sofisticación de nuestras armas habría de erguirse entonces ante nuestra civilización como la peor de todas nuestras más deletéreas paradojas: tal vez no haya de ser casualidad que nuestras inteligencias más notables, durante el disciplinado ejercicio de sus facultades, hayan inventado las armas que tarde o temprano habrán de desatar el colapso de una guerra bacteriológica o nuclear, una guerra que tal vez termine por acabar con las disparatadas agonías de nuestra frágil humanidad desquiciada, colocándonos entonces en el lugar del mamífero advenedizo más estúpido sobre la entera completitud de la Tierra: el animal que dirige todos los esfuerzos de sus instintos de superación en el progreso de su propia autodestrucción.

Desde luego, la atormentada acción que Alexander, protagonista de El Sacrificio, deberá consumar para salvar al mundo de su propia imbecilidad, sólo podrá llegar a cumplirse cabalmente a través de los senderos de una extraña y onírica metafísica sobrenatural: deberá intimar sexualmente con María, su ama de llaves, quien supuestamente habría de ser, además, una bruja poderosa quien tendría en su haber mágico y prodigioso la posible salvación del mundo entero. La supuesta sobrenaturalidad de este personaje habría de antojársenos en cierto momento como una mentira, como una ficción del alma enfermizamente lúdica, quizás mitómana, del cartero amigo de Alexander, cartero éste quien le ha comunicado a su amigo, en medio del secreto claroscuro de la íntima voz baja, que deberá se él, Alexander, y por gracia del poder de María, quien habrá de salvar al mundo a través de su sacrificio:

El hombre feliz no cree en milagros: sólo en la desgracia se aprende que el dedo de Dios dirige a los buenos hacia el bien[6],

afirmaba Goethe con tino en una de sus páginas; pero María es una bruja verdadera, y es la mujer que habrá de posibilitar mediante el sutil ejercicio de sus artes mágicas el milagro de nuestra salvación: los milagros sólo pueden ser posibles en la medida en que, derrotados por las desgracias que nos han traído los parásitos de nuestras propias infamias, a los hombres únicamente nos haya de quedar la infinitud de su fe proyectada en el verde y frondoso silencio de sus esperanzas; de ser lo contrario, el milagro habrá entonces de ser visto por nosotros como otro más de los insípidos sucesos de nuestro consuetudinario devenir: con la posibilidad de la existencia de los milagros en medio de nuestras infinitesimales amarguras, habrá triunfado pues el poder de nuestra subjetividad sobre las supuestas realidades objetivas del cosmos; naturalmente, nuestra subjetividad entendida como el vehículo idóneo para la manifestación de todo aquello que haya de parecernos como una revelación de lo sobrenatural, puesto que nuestra entera experiencia del Universo, y por extensión, de todos los mundos posibles que habría éste de contener, habría de ser de índole total e irrevocablemente subjetiva.

Ahora bien, previamente, antes de recibir el mundo la fría y desesperanzadora noticia de que se encontraba ahora en la guerra soñada por todas nuestras infamias más inicuas, nuestro protagonista se hallaba disponiéndose entonces a celebrar con sus familiares y amigos más íntimos -entre los cuales habría de encontrarse nuestro buen amigo el cartero hierofante de los sueños- una pequeña reunión festejada en el festivo nombre de su cumpleaños. El simbólico presente que aparatosamente ha traído para Alexander nuestro cartero profeta -inmejorable arquetipo él, que habría de simbolizar para nosotros al mensajero dios Hermes, el antiguo portador de las buenas y las malas noticias y encargado también de conducir las almas de los difuntos hasta el Tártaro, el reino de los muertos-, ayudándose torpemente este funcionario de correos de su laboriosa bicicleta, habría de constituir en verdad un extraño aunque profético símbolo sibilino: se trataría entonces este presente de un mapa antiguo del orbe, proyectado éste al mejor estilo de los antiguos cartógrafos, maestros ellos de las visuales topografías en dos dimensiones: ¿será acaso este mapa una extraña metáfora profética del vertiginoso movimiento que habría de hallarse alejando a toda la humanidad de la profunda sabiduría de todos sus valores más elementales, representados aquí por la antigua topografía de aquella vieja carta geográfica de un mundo que habría ahora de hallarse en guerra? Y como si fuese el símbolo de todos los rasgos presentes de nuestro mundo que prontamente habrán de desvanecerse en la difusa atmósfera de los instantes mientras se alejan de nosotros y de nuestros recuerdos con la velocidad inconmensurable de un aerolito cósmico, el viejo mapa habría entonces de estar siendo transportado por la férrea entelequia de una bicicleta que exiguamente se esfuerza por poder soportarlo: poética y dinámica metáfora esta de la aparente fortaleza de un mundo sometido a las vicisitudes de la fragilidad de los tiempos.

Entretanto, otro de los allegados de nuestro protagonista le ha obsequiado un grueso libro que habría de contener reproducciones de la antigua iconografía rusa de carácter religioso, iconografía esta que indudablemente habrá de simbolizar para nosotros la consciencia que tenemos los hombres de los mundos superiores, aunque abismales, de nuestras más profundas y recónditas espiritualidades; símbolo también del cariz sobrenatural que habría de teñir siempre nuestras reflexiones más metafísicas sobre el origen y la condición del hombre en el universo. No obstante, un mayor símbolo previo nos ha mostrado el carácter espiritual de nuestro protagonista; para hablar de él quizá debamos mencionar otra interesante reflexión que nos hubo de proponer el poeta García Lorca en la citada conferencia:

La imaginación es el primer escalón y la base de toda poesía…[7];

la imaginación es, quizá, la facultad psíquica que mejor habrá de comunicarnos por siempre con las realidades trascendentes, y acaso sobrenaturales, de nuestro espíritu; todas nuestras invenciones, todas nuestras palabras y todo el universo de nuestros objetos artificiales fueron antes una imaginativa ficción en la mente de alguien, el platónico arquetipo que reposaba oculto en las realidades de nuestra inconsciencia y que nuestra imaginación ha traído a la luz del mundo, primero como idea y, después, como entelequia de nuestro mundo material; y es precisamente mediante la imaginación poética que habrían de estar construidos todos y cada uno de los símbolos de esta película: y acaso el principal símbolo, el principal escalón y base de toda la poesía espiritual de esta historia haya de ser tal vez el árbol marchito que Alexander y su hijo siembran al principio de la película cerca de la orilla del lago cercano a su vivienda; un árbol que habrá de convertirse después en el símbolo espiritual de todas nuestras esperanzas, pero también en el símbolo de todos los sacrificios que deberemos consumar para mantener a salvo el mundo que nos hubo de ser entregado en los remotos tiempos inaugurales del Paleolítico, y que quizá los dioses hubieron de crear por un distraído descuido de su imaginación.

Ahora bien, habría de simbolizar también una pequeña y antigua fábula, la fábula aquella que nos enseña que el exiguo, aunque significativo sacrificio de regar con agua todos los días el despojo vegetal de nuestro árbol marchito, podría, sin más, hacerlo florecer y traerlo nuevamente a la vida; es una fábula que vendría resultando ser la inmejorable metáfora de todos los ideales y todos los valores por los que verdaderamente valdría la pena luchar a través del trabajo duro y disciplinado, unos ideales que habrían de representar también nuestras más profundas esperanzas en un mundo que, con la ciega torpeza de nuestras ansiedades más desesperadas, destruimos a cada uno de nuestros pasos mientras intentamos sobreponernos al universo de todas nuestras incertidumbres. Este pequeño y marchito árbol habría de simbolizar además la más disciplinada de todas las tradiciones de la alquimia, la tradición del trabajo constante en la Gran Obra, obra esta que vendría siendo entonces la constante búsqueda del sí mismo para lograr el conocimiento de lo universal, inquiriéndolo a través de un oficio que intenta convertir los más vulgares metales, como el plomo, en el oro furtivo que habrá de convertirse después en el fruto de la Piedra Filosofal, en el símbolo de la perseverante constancia que podría ayudarnos eficazmente a transformar las tenaces arquitecturas mundo a través del Tiempo, o cuando menos, las inefables arquitecturas de nuestro mundo en particular.

Y de nuevo García Lorca:

La luz del poeta es la contradicción[8];

podríamos agregar nosotros aquí que en realidad es la luz oscura que irradia a toda la humanidad, incluso al universo entero. La contradicción, para el poeta granadino, era la fuerza que permitía a su poesía renovarse con el paso de los tiempos, cambiando de opiniones el poeta a cada momento, flirteando a cada instante con estéticas que en unas ocasiones execra y que en otras adora. Asimismo, el inenarrable decurso de nuestra existencia histórica como infinitesimales marionetas del Tiempo habría de cumplirse turbiamente en las maneras más contradictorias y paradójicas, como si fuese este el juego perverso de un dios matemático que se complacería siempre en inferir aporías de los axiomas de sustentan a todo su divertimento, unas aporías que más tarde habrán de convertirse en las leyes de nuestro mundo. De esta manera, como uno de los perversos frutos de la contradicción como partogénesis de la Historia Universal, Alexander y su familia se encontrarían asistiendo entonces a la cruda revelación mediática de la noticia atroz de que el mundo estaba ahora en guerra, quizá la última de todas nuestras guerras, la definitiva y exterminadora guerra letal que habrá de terminar con la Historia en las torpes manos de nuestras mayores iniquidades políticas y culturales: pareciera avecinarse entonces el irrevocable final de los tiempos del hombre, tiempos de los que tal vez sólo hayan de sobrevivir después los amargamente expresivos esqueletos de nuestras máquinas y de nuestras arquitecturas desmanteladas, como si acaso hubieren ellos de ser los silenciosos despojos de una civilización que brillaba otrora en medio de todas sus ignominias y sus primaverales imposturas.

La crisis en aquel momento no se hace esperar; la esposa de Alexander estalla pues en lágrimas mientras en el mundo cesa el fluido eléctrico y sobrevuelan después el firmamento los ruidosos aviones de combate de nuestros ejecutores. Entretanto, el hijo de Alexander, el enmudecido retoño de sus esperanzas, quien simbólicamente ha perdido la voz luego de una intervención quirúrgica obrada en su garganta para extirparle las amígdalas (nefandas obstaculizadoras del Verbo), duerme tranquilamente en su habitación mientras que, abajo, en la estancia, su familia concibe los postreros pensamientos de su fin. En sus momentos de solitario descanso en medio de la crisis, Alexander experimenta una serie de sueños que ahora habrían de antojársenos como premonitorios: en uno de ellos, cientos de personas consumidas por el pánico se hallarían corriendo desesperada y caóticamente a través de la reducida topografía de un callejón urbano; la imagen se desvanece cuando comenzamos a contemplar posteriormente un delgado hilillo de sangre que habría de correr sobre un extraño cristal apostado sobre el callejón. En otra ocasión Alexander soñaría con su hija mayor, desnuda, mientras su delirio la imagina ahuyentando de las habitaciones a una bandada de inmaculadas palmípedas, como si fuese éste el símbolo surrealista de su despertar a lo milagroso y lo sobrenatural, a lo mágicamente inesperado.

Después, Alexander volvería a soñar ulteriormente con aquella turba agitada que acaso huía con desespero de sus propias incertidumbres autodestructivas; en esta ocasión, cuando vislumbramos de nuevo el frágil hilillo de sangre, podemos contemplar su inocente origen, que resultaría ser, ni más ni menos, el pequeño vástago impúber de Alexander quien habría de encontrarse durmiendo, quizás, en el oscuro sueño de la Muerte. Estas extrañas visiones habrán de arrojar después a nuestro protagonista, en el momento de volver con vida del delirio de sus sueños, hacia las más aciagas reflexiones que en seguida habrán de culmina con la férrea decisión indefectible de aceptar el sacrificio que podría terminar salvando al mundo: yacer amatoriamente en el lecho de su ama de llaves, la bruja María, la única mujer que podría devolverle al mundo su habitual equilibrio, la mujer arquetípica que habría de encarnar a la madre primigenia de todos los hombres, siendo ella el génesis de toda la progenie de Adán, quien hubo de ser el Primer Hombre y habría de haber encarnado en la persona de Alexander, quien a su vez vendría siendo el último de todos ellos, el último de todos los varones que morirán con él si no yace en amor con la madre primigenia, con esta Isis de los últimos tiempos y matrona del Infinito en las postrimerías de la Tierra.

De manera conveniente, la mujer vive en las cercanías del chalet de nuestro último primer hombre, en una vetusta casona casi desmantelada frente a la cual se pasean las innumerables ovejas de un rebaño que habita cerca de allí como su acaso hubieren de ser los símbolos, quizás, de nuestra extraviada inocencia; Alexander, quien furtivamente ha escapado de su casa huyendo por la ventana mientras porta en sus manos un huevo facilitado por el cartero hierofante y que nuestro portagonista no deberá romper, ha logrado en aquel momento arribar hasta el domicilio de María en la bicicleta que también le habría de haber prestado su amigo el cartero, abriéndose entonces paso con desesperada torpeza a través del fango; con anterioridad, antes de la partida de María desde la casa de Alexander hasta el frío silencio de su morada, los dos habían charlado sobre una pequeña maqueta que reproducía en miniatura las dimensiones de la vivienda campestre de éste, aparecida insólitamente sobre el fango de un lodazal de otoño que había quedado contiguo a la casa como la oscura y húmeda cicatriz de una profética tormenta. Se trataba de una maqueta obrada por el pequeño hijo de Alexander, explica ella, para entretenerse él durante sus juegos; esta pequeña y simbólica reproducción encerraba, también, otra extraña premonición sobre los últimos instantes de nuestro protagonista en el mundo de la consciencia ordinaria. De vuelta en la casa de María, el Último Hombre logra abrirse paso hasta la puerta en medio de la gélida neblina de una madrugada otoñal, quizás, su última madrugada sobre la Tierra.

La bruja aparece entonces en la puerta, sorprendida por tan inesperada visita, permitiendo después, desde luego, que su visitante penetre en su morada. ¿Cómo explicar a una mujer que en sus manos está la salvación de todo un planeta, cuando se sabe que ella, al igual que nosotros, ignora por completo el por qué? Torpes y atropelladas palabras son proferidas por Alexander para intentar explicar las intenciones de su imprevista visita; naturalmente, la mujer comprende solamente a medias, creyendo que su atormentado visitante sólo la desea carnalmente: evidentemente, ella desconoce sus propios poderes y su importante papel en el vastamente infinito drama cósmico; todo podría ser nada más que la acalorada fantasía del cartero, a la que Alexander ha sucumbido prisionero de sus mayores y más inenarrables incertidumbres. Pero, cuando al fin yacen juntos en el lecho de la inopinada bruja, sus cuerpos se elevan sobre los aires, cubiertos exclusivamente por la impoluta albura de las sábanas de María, como si estuviesen en una especie de tránsito a través del cual se hallaran recorriendo las astrales grietas del Tiempo, en busca de una redención que quizá los hombres no merezcamos, o que quizá tan sólo signifique para nosotros unos cuantos días más sobre la Tierra.

La noche lentamente se ha desvanecido y con las primeras luces de la aurora la Tierra respira nuevamente en el nacimiento de un nuevo día, un nuevo día que es el mismo día repetido infinitesimalmente por el transcurso de nuestras órbitas planetarias; el ahora Primer Hombre despierta de sus furiosas pesadillas en el sofá de su estudio, como si el mundo nunca hubiese estado en guerra, como si nunca hubiese pernoctado él bajo las sábanas de la bruja, como si sólo hubiesen transcurrido unos cuantos minutos desde que hubo de recostarse en el blando sofá de su gabinete para ulteriormente tener sus sueños premonitorios: con confusión, con terror, con alivio comprobaría después que su sacrificio había rendido el anhelado fruto. La casa, en esos instantes, se hallaba vacía: su hijo había salido temprano en la mañana para ir a regar su árbol marchito mientras que el resto de su familia departía fuera de la cabaña en un frugal desayuno campestre; después, ellos habrán de decidir tomar un paseo por el campo, mientras que Alexander alegaría no sé qué motivos para quedarse solo en casa: había llegado la hora de consumar la parte final del sacrificio. Todo sacrificio comporta la existencia de dos partes esenciales: primero, la ablución que habrá de purificarnos para acometer el rito, y después, las libaciones que habrán de consumarlo; la bruja María, la encarnación de la Primera Mujer, la Isis de las postrimerías y los crepúsculos del Tiempo, ha sido para Alexander el vehículo de sus abluciones; y ahora, en un ejercicio de infinita soledad, deberá cumplir con el ritual de las libaciones para consumar su sacrificio. Pero estas libaciones le exigen el abandono total, porque implican la gran renuncia al mundo que hacen los hombres sabios para abandonarse a las realidades de su espíritu en la soledad de la Naturaleza, tal como hubo de acontecer con el sabio Lao-Tse, el de Orejas Largas, hace cientos de años y quien hubo de retirarse en completo ascetismo a la inmaculada soledad de los bosques sureños del Imperio Chino, mientras que Buda y Confucio reflexionaban todavía sobre la condición del hombre en las mutaciones del Universo.

Para Alexander, las libaciones de su sacrificio, que lo introducirán a esa suerte de ascetismo que comporta la renuncia, estarán teñidas de un cierto matiz dramático de dimensiones sobrenaturales, puesto que habrá de acceder él a un estado superior de consciencia, acaso incomprensible para los demás, quienes posiblemente teman haber perdido a uno de los suyos viéndolo extraviarse por los oscuros senderos del misterio y la agonía; y en verdad habrá de resultar una completa agonía para Alexander renunciar a su mundo y, quizás, a su cultura de hombre civilizado que ha sido criado en los rigores materialistas del mundo occidental, pero que ha buscado respuestas para sus incertidumbres en las Humanidades y en las Artes: Alexander deberá ahora abandonar todo eso y más; deberá renunciar a sí mismo para lograr el conocimiento de lo universal a través del acto supremo de abandonar su propio yo y todo el universo de deseos que ese yo implica:

No existe para nosotros otra realidad que el hambre, ni hay otra cosa más sagrada que nuestros deseos… Todos los altares han ido cayendo uno tras otro a nuestra vista; uno sólo continúa inamovible; aquél en el que quemamos incienso a nuestro ídolo supremo: nosotros mismos[9],

comentaría el considerado por muchos como un clásico menor dentro de la literatura japonesa Kakuzo Okakura en su pequeña obrita sobre el culto oriental al té; y, precisamente, Alexander ha decidido renunciar a él mismo como ídolo de su propia realidad a través de la simbólica ablución ofrecida por él en el lecho de María, y ahora se ha liberado de todas y cada una de sus máscaras.

Pero, volviendo sobre las simbólicas libaciones que deberá cumplir todavía nuestro Primer Hombre, deberemos mencionar aquí que se trata de otro ritual simbólico de antiquísimo abolengo: el ritual de la purificación simbólica a través del fuego; Alexander decide entonces que su casa entera deberá arder, como si fuese el símbolo de su renunciación y de su entrada a las realidades trascendentes de un estadio espiritual más elevado. Unas palabras de Borges podrían ayudarnos a iluminar este oscuro pasaje en el mundo de los símbolos rituales:

La tiniebla y la luz habían coexistido siempre, ignorándose, y cuando se vieron al fin, la luz apenas miró y se dio vuelta, pero la enamorada oscuridad se apoderó de su reflejo o recuerdo, y ese fue el principio del hombre[10];

la sumatoria total de todas nuestras interioridades podría dibujar entonces el secreto y oscuro mapa que acaso pudiere llegar a describir la inenarrable topografía espiritual que se todavía agazapa en nuestras profundidades existenciales, y que es, quizá, un reflejo de ese primigenio encuentro entre la oscuridad y la luz del que nos habla Borges, y que en tiempos remotos hubo de dar origen al Primer Hombre, siendo además en sí mismo este primordial encuentro el originario ritual de sacrificio que hubo de engendrar a la posterior progenie humana al interior del Cosmos: la tiniebla hubo de sacrificar una parte de su oscuridad para que en ella habitase su memoria del efímero instante en que la luz hubo de mirarla directamente a su rostro, creando de esta manera, mediante su recuerdo, la luz que habría de alumbrar sus oscuras interioridades en la forma de la Especie Humana. Asimismo, el inopinado encuentro de las tinieblas y la luz en el lecho de la bruja María ha hecho resurgir al Primer Hombre en la persona de Alexander, pariéndolo en un mundo todavía amenazado por la Guerra Fría de entonces, colocándolo sin embargo en la posición de un solitario Adán de los horizontes postreros del mundo; pero un Adán que es, asimismo y de manera acaso insólita, origen y redentor de su misma progenie.

Repetiremos ahora algo que ya hemos escrito en alguna otra página: nuestro efímero paso sobre la tierra podría llegar a reducirse a tan sólo una cosa: la sumatoria total de todos los motivos que consuetudinariamente hemos inventado para el simple hecho de existir, y que al final habrá deconvertirse en la sumatoria de todos nuestros estragos. Precisamente, Alexander, mediante el acto supremo de prender fuego a su terruño, ha renunciado a esa sumatoria total de efímeras naderías y ha vaciado su mente y su corazón en una renunciación que se nos antoja más poderosa y trascendental que el mismo suicidio: si Alexander hubiese sucumbido a sus instintos de muerte voluntaria, habría despojado a la Historia Universal de todos sus posibles futuros y de todas sus posibles configuraciones; habría privado también a su hijo del privilegio de poder morir por sus ideales y habría fulminado a la entera humanidad a través del acto, ínfimo y cobarde, de un inopinado suicida:

El que mata a un hombre mata a un hombre. Y el que se suicida mata a los hombres; en la medida de sus fuerzas, aniquila al mundo. Simbólicamente considerada, su acción es peor que cualquier violación o atentado dinamitero; porque acaba con todos los edificios e injuria a la vez a todas las mujeres[11].

Ahora bien, un estado mental de inefable libertad como al que se ha sometido nuestro Primer Hombre a través de la suprema renunciación, quizá sólo podría ser equiparado con justicia a la aparente indiferencia del hombre sabio; pero, trágicamente, sus allegados no pueden entender la naturaleza de esta renuncia y, con la injusticia propia de la ignorancia, condenan entonces a su redentor al ostracismo habitual al que son sometidos los enfermos mentales: una ambulancia se ha aparecido por allí para conducir al pobre Alexander a la fría y aséptica salubridad de un sanatorio mental: una vez más, la humanidad se encargará de martirizar a sus redentores, ahogándoles en una artificiosidad que no les ha pertenecido a los santos más que para execrarla. Probablemente la sumatoria de todos nuestros estragos haya nublado nuestra capacidad de buen juicio, prohibiéndonos no sólo el acceso a la sabiduría, sino, además, al reconocimiento de ella en los ojos del otro, y tal vez esos mismos estragos nos hagan perecer antes de poder contemplar cómo el árbol marchito de nuestras vidas hubiese florecido de nuevo si hubiésemos cumplido a tiempo con nuestras abluciones y nuestras libaciones. Al final, sólo quedará la imagen de este árbol marchito, aguardando por los silenciosos y disciplinados trabajos de nuestro sacrificio.



[1] FEDERICO GARCÍA LORCA, Imaginación, Inspiración, Evasión, conferencia aparecida en Obras Completas, pp.1543-1544, AGUILAR, Madrid, 1955.

[2] LUDWIG WITTGENSTEIN, Aforismos, 4, p. 10. COLECCIÓN AUSTRAL, 1996.

[3] ANDREI TARKOVSKI, Esculpir en el Tiempo, p. 105.

[4] TARKOVSKI, Op. Cit., p. 107.

[5] E. M. CIORAN, Del Inconveniente de Haber Nacido, II, p. 41. TAURUS, Madrid, 1995.

[6] JOHANN WOLFGANG GOETHE, Hermann y Dorotea, II, obra contenida en Obras Selectas de Goethe, p. 485. EL ATENEO, Buenos Aires, 1965.

[7] GARCÍA LORCA, Op. Cit., p. 1544.

[8] GARCÍA LORCA, Ibidem, p. 1548.

[9] KAKUZO OKAKURA, El Libro del Té, VI, p. 200. EDICOMUNICACIÓN, 1999.

[10] JORGE LUÍS BORGES, Una Vindicación del Falso Basílides, ensayo aparecido en Discusión, contenido en Obras Completas de Jorge Luís Borges, p 214. EMECÉ, Buenos Aires, 1974.

[11] G. K. CHESTERTON, Ortodoxia, V, p. 142. CASA EDITORIAL CALLEJA, Madrid, 1917.

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